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Viéndolas venir

Desde Rusia con terror: la maldad a cuentagotas

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Álvaro Romero @aromerobernal1
02 mar 2022 / 08:05 h - Actualizado: 02 mar 2022 / 08:07 h.
"Viéndolas venir"
  • Vladimir Putin. / EFE
    Vladimir Putin. / EFE

Putin está haciendo su guerra gota a gota porque así no se termina de dar por aludido el resto del mundo. Es siempre una cosa que les pasa a los demás, a los otros, los lejanos, los raros, los ucranianos, esa gente del otro lado del globo. Lo terrible es que, gota a gota, se llena el vaso. Y a lo mejor cuando vayamos a vaciarlo ya es tarde. Quiero decir que ya habrá demasiados muertos. Lo terriblemente terrible será que a todos esos muertos, sean cuantos fueren, los llamarán efectos colaterales. Y tal vez a todos nos suenen como muertos un poco menos muertos porque se habrá logrado crear la distancia que todo lo deshumaniza: muertos lejanos y lo más distantes posibles unos de otros.

Si Putin quisiera, lanzaría ahora mismo una bomba definitiva que hiciese evidente su victoria. Pero no quiere, porque el negocio de la guerra es siempre su continuidad, estirar el chicle, el día a día y cuanto peor, mejor pero poco a poco. También el negocio de la guerra se mide en emociones, que valen en su transcurso tanto como los rublos, los dólares, la materia prima bien valorada.

Anoche destruyó Rusia la principal antena de televisión ucraniana y todas las teles del país se fueron a negro. La metáfora no ha podido ser más potente. Los ucranianos se han quedado sin ventanas al mundo exterior, salvo por sus móviles, que son ventanas pequeñitas, como ojos de cerraduras por las que siguen mirando, impacientes, al resto del mundo, que sigue con su vida, con sus negociaciones, con sus estrategias para asfixiar a ese gigante que siempre tiene sobradas reservas de aire y sonríe para sí mientras mide sus respuestas.

En el resto del mundo contamos la guerra ajena por semanas. Apenas lleva una, decimos. Allí, en la Ucrania devastada, se cuenta por horas, a veces por minutos. Ayer mismo, en la destrucción de la antena televisiva, murieron además cinco personas. Y ya no son personas, sino efectos colaterales. El mundo y Rusia podrían aguantar así hasta el infinito, porque la maldad a cuentagotas siempre parece menos mala.


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