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Los medios y los días

Discotecas para bailar pegados

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30 dic 2021 / 04:00 h - Actualizado: 30 dic 2021 / 04:00 h.
"Los medios y los días"
  • Una discoteca. / EFE
    Una discoteca. / EFE

Leo que las entradas que tenía algún personal para pasarse la Nochevieja en una discoteca están puestas a la reventa en la Red por sus propietarios y a precios inferiores a los de su adquisición. Hay quien ha comprendido el peligro del apretujamiento. Mientras más cerca, más virus. Es lo que decía ayer en esta misma sección: cuando la cosa era más grave la ciudadanía se arrimaba más, pero como ahora tenemos al microbio silbando en nuestras orejas las precauciones se han desbordado.

Hubo un tiempo en el que bailar pegados, como cantaba Sergio Dalma, tenía un valor. Mis alumnos en la universidad me hablan de discotecas y cuando hace años les pregunté que dónde estaban en Sevilla las discotecas de bailar lento y juntos, pusieron caras extrañas: eso ya no existía. Pues basta de tanto jaleo, vale en Nochevieja pero todo el año termina por ser un granero de clientes para los otorrinolaringólogos y un negocio para las pastillas contra la ansiedad. Si a ello se le une empinar tanto el codo y las diversas drogas hoy en vigor y en uso, la cuestión se convierte en una selva a la que hay que ir con un machete y siete ojos pero con tanto ruido y tanta movida acaba uno por caer rendido y colocado.

Cuando yo era joven había discotecas para bailar a lo loco y otras destinadas a bailar agarrados y bien pegados o, mejor dicho, primero agarrados y luego progresivamente procedía uno a pegarse. Mi ruta preferida era en Los Remedios, zona pija, entre las calles Monte Carmelo y Juan Sebastián Elcano. Creo que se llamaba La Colina de las Fresas mi discoteca preferida para bailar pegados. Me permito recordar en esta nueva batallita del abuelo Cebolleta cómo era el ritual de apareamiento, no muy distinto al de ahora y al de los documentales de La 2 cuando tratan de los animalitos. El fin es el mismo, ya se sabe que los hombres todos vamos buscando lo mismo... Y la mujer también pero está feo decirlo aunque imagino que ya menos, ¿verdad?

Primero se salía en tropel, en pandilla, como veo ahora a niños de entre 12 y 13 años y algo menos incluso. De las pandillas iban surgiendo las parejitas y con el tiempo -o con los años- esas parejitas ya no querían tanto bullicio. Era el momento de bailar arrimados. He estado en discotecas con pistas pequeñas y en considerable penumbra donde la música era un “duelo” entre lo más lento de Julio Iglesias y el pausado Roberto Carlos, nada de El gato que está triste y azul que al lado de otras muchas canciones del brasileño es una pifia. Ahora, además, los progres la condenarían porque el gato es azul en lugar de rojo y en la letra se dice que Roberto Carlos cuando era chico jugaba a la guerra “noche y día” en lugar de a la solidaridad.

Cuando uno penetraba con su pareja en alguna de aquellas discotecas sevillanas para bailar agarrados, se introducía en la oscuridad. A veces se buscaba sitio en aquella penumbra y sólo se descubrían los lugares que ya estaban ocupados porque las chupadas de los cigarrillos encendían esa candelita del objeto del vicio a la nicotina. Como el que busca encuentra hallabas el hueco adecuado. Comprendo que todo tiene su tiempo, incluido el follón discotequero. Pero aquellos momentos de las discotecas lentas para mis recuerdos placenteros se quedan. Luego ya empezó el mogollón de decibelios por ejemplo con la discoteca RRío (con dos erres) en la calle Betis. Allí me di cuenta, una noche de juerga con otros colegas de la canalla periodística, que no me iba el ruido, me estaba haciendo mayor. Y hasta ahora. Esas discotecas folloneras se las dejo a los clientes de los otorrinos. Descansen en paz las discos de bailar pegados y hasta los viejos pubs donde uno miraba de frente los ojos de la amada, en mi caso, mientras nos rodeaba la luz y la música justas.


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