sábado, 21 septiembre 2019
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Doñana, parque temático

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
12 sep 2019 / 08:04 h - Actualizado: 12 sep 2019 / 08:07 h.
  • Parque Nacional de Doñana. / EFE
    Parque Nacional de Doñana. / EFE

Unamuno, que era tan suyo y un provocador -como todo filósofo debe serlo-, replicó a aquellos intentos europeizantes de principios del pasado siglo que lo que hacía falta, en todo caso, era españolizar Europa. Me he acordado de don Miguel ahora que, veinte años después, la Junta de Andalucía, pintada de otro color, vuelve sobre el recurrente proyecto de unir Cádiz y Huelva por autovía con el argumento adolescente de que son las dos únicas provincias costeras de Europa sin conectar por carretera. Es que ya nadie tiene hora, mamá. Pues eso.

Hace veinte años, los socialistas de la Junta también lo intentaron, pero los minolles de aquella época y la presión ecologista hicieron descarrilar su discurso. De modo que luego pudieron utilizarlo cual calcetín sudoroso contra el reintento de la derecha desde la oposición. Ahora que la derecha por fin manda en Andalucía, tenía que sacar el tema que, además, ostentaba en su programa electoral. De modo que el globo sonda ya está en el aire, con empresarios de aquí y de allá frotándose las manos, curados de espanto y de críticas y asegurando que lo primordial no es hacer la autovía bordeando el Parque Nacional de Doñana, sino sobre todo la exquisita protección medioambiental. Empecemos por el argumento enemigo para defender el nuestro. Lo que quiere ahora la Junta, al hacer una autovía entre Cádiz y Huelva, es proteger el medioambiente. Sobre todo, eso. Lo de la presión empresarial es otro tema, por supuesto...

Al mundo salvaje de Doñana lo reservaron hace medio siglo para protegerlo de la civilización. Pero ello no ha impedido que se siga estirando la espiral de su propio círculo, que se sigan exprimiendo los pozos de su propia agua, que se sigan sucediendo los incendios de su propio fuego, que se sigan produciendo los accidentes de su propio infortunio, los vertidos de lodos ajenos, los intentos de acumular gases en sus mismas entrañas, de cargárnosla entre todos sin que nadie la mate.

Un cinturón de hormigón y asfalto, cuando se consiga -porque todo se andará-, terminará de aislar el último pulmón de la Europa meridional y entonces, tal vez, algunos empresarios que hayan empujado por la causa se desquiten cobrándoles una entrada a los chiquillos para ver los linces de mentira, el paisaje de cartón piedra que les dejemos, si dejamos algo. Y entonces, en vez de poder presumir de una reserva real, de las que Europa no tiene, nuestros nietos nos preguntarán por qué. Pero nadie se acordará de la respuesta. Y mucho menos de Unamuno, tan antipático.


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