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Tribuna

Dos meses del magnicidio de Jovenel Moïse

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06 sep 2021 / 09:30 h - Actualizado: 06 sep 2021 / 09:31 h.
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  • Dos meses del magnicidio de Jovenel Moïse

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La nación haitiana acaba de perder a uno de los hombres más paradójicos del panorama político del país: el presidente Jovenel Moïse ha sido asesinado, en su residencia privada, por un comando, el 7 de julio pasado. Su muerte, consecuencia de motivos oscuros y rodeada de circunstancias poco claras, ha provocado una inmensa ola de indignación y de repulsión, tanto por parte de sus numerosos detractores como de sus simpatizantes, y del pueblo en general. El suelo de Haití ha sido mancillado por unos mercenarios extranjeros de nacionalidad colombiana; unos hombres de raza blanca, a quienes había sido confiado el objetivo de liquidar al presidente, misión que ha sido plenamente cumplida. Los presuntos ejecutores de esta sórdida tarea pronto han sido arrestados, y el país no se despierta aún de este horrible crimen y no deja de interrogarse sobre los autores intelectuales y las implicaciones internacionales. Los funerales oficiales del presidente han sido celebrados y las investigaciones continúan. Si Haití era completamente ignorado por la prensa internacional desde hace más de dos años, el magnicidio de Moïse y sus repercusiones han ocupado los titulares de los principales diarios a nivel mundial y son objeto de múltiples comentarios.

No pretendo de ninguna manera elucidar las múltiples versiones que circulan acerca del asesinato del presidente, sería una locura por mi parte. Evidentemente eso supera mi competencia, puesto que no soy un politólogo, y menos aún el especialista de un servicio de inteligencia, pero me atrevo modestamente a expresar mi opinión sobre este funesto acontecimiento, porque no llego a permanecer indiferente ante la muerte prematura y odiosa de este hombre, por el que no profesaba una especial simpatía, pero, a pesar de ello, no le hubiera deseado una suerte tan brutal.

Elegido en 2016 bajo la bandera de PHTK, el partido que compartía con su mentor y predecesor a la presidencia, Michel Martelly, implicado en la malversación de fondos Petro Caribe, préstamo de cuatro mil millones de dólares otorgados por el gobierno bolivariano a Haití, Moïse no gozaba de popularidad cuando accedió al poder y se hizo aún menos popular durante los primeros años de su mandato a causa de su flirteo con la potente clase económica, formada por la oligarquía sirio-libanesa y la burguesía mulata. La gente más informada, algunos intelectuales de renombre y perspicaces, afirman sin rodeos que él gobernó el país como un autócrata durante más de un año, mediante decretos-ley, en violación de los principios constitucionales, y contribuyó a debilitar las instituciones con la complicidad flagrante e incluso con el consentimiento de la comunidad internacional. Su mandato presidencial acabó el 7 de febrero último, pero se quedó agarrado al poder. Es importante señalar que la fecha de expiración de la presidencia de Moïse dio lugar a nutridas discusiones. Él concurrió a las elecciones de diciembre del año 2015, las ganó y debería haberse estrenado como jefe de Estado el 7 de febrero del año 2016, acabando su jefatura a finales del año 2020, siendo constitucionalmente de 5 años el mandato del gobernante. Pero se detectaron unas anomalías en el proceso electoral y se repitieron los comicios en noviembre del año 2016, los volvió a ganar y oficialmente asumió su cargo el 7 de febrero de 2017. Cronológicamente su mandato tendría que acabar el 7 de febrero del año próximo (2022), pero un polémico artículo de la Carta Magna le reconoce como vencedor desde finales del 2015, de ahí el embrollo engendrado.

Los numerosos y discutidos crímenes cometidos durante su presidencia no han sido investigados, y su proyecto de referéndum, no previsto en la constitución haitiana, generó sospechas y una gran desconfianza hacia su persona. La “gangocracia”, un término puesto recientemente de moda y que se refiere a la proliferación de gangs con intereses antagónicos que dividen Puerto Príncipe, la capital política, económica y administrativa del país, transformándola en zonas de influencia al estilo de la mafia e imponiendo sus leyes mediante intimidaciones, secuestros, crímenes diversos, etc..., con el fin de fomentar la angustia y de crear y mantener el miedo, forma parte de la vida cotidiana de los ciudadanos. Se acusa a Moïse de utilizar a alguna de estas bandas para aterrorizar a la población.

Es conocido que la campaña electoral de Jovenel ha sido financiada por esta clase, detentora de todas las riquezas del país desde hace más de un siglo, y que el jefe de Estado nadaba en la corrupción o era por lo menos conocedor de las prácticas mafiosas de rigor en el país y prefería hacer la vista gorda. Se le considera también uno de los sospechosos de la desviación de fondos de Petro Caribe.

Si bien los patrocinadores de Moïse se sitúan en la oligarquía sirio-libanesa y en una franja de la burguesía haitiana, principales defensores del statu quo obsoleto e inicuo, ¿cuáles son las causas mayores de la “súbita toma de conciencia social” del mandatario que provocó su enfrentamiento con los poderosos, de su “impulso de patriotismo”, parafraseando al Dr. Fils-Aimé?

No existe un sistema o unas normas establecidas que nos permitan medir o evaluar, numéricamente hablando, la evolución del pensamiento de un individuo, puesto que este proceso está subordinado a diferentes variables, tales como la inteligencia, la educación, el medio ambiente, las experiencias vividas, los sentimientos, etc..., conjunto de características que componen la personalidad. Lo que quiere decir que ignoro cuándo, cómo y dónde se gestó en su espíritu esta actitud reivindicativa y provocadora, es decir, el punto de partida de este repentino modo de actuar, hasta el punto de pronunciar unos discursos incendiarios, denunciando de manera impetuosa los perpetuos abusos, las irregularidades continuas, los enriquecimientos ilícitos, productos de contratos jugosos y fabulosos, de favoritismos, no respetados por algunos de los miembros de esta oligarquía, con la cual Jovenel mantenía estrechas relaciones y llevaba a cabo sin pestañear sus dictados.

Su comportamiento en sus últimas apariciones públicas era cada vez más incontrolable y se aproximaba al de un iluminado, al de un exaltado, amenazando a las potentes familias que administran desde hace tiempo, a su antojo, la economía del país y se muestran celosas de sus diversos privilegios. ¿Cómo pensaba él continuar ejerciendo su poder y salir indemne de esta situación, después de haber realizado esta peligrosa pirueta? Se había convertido en el objetivo a abatir. Su giro, entre otras cosas, sin lugar a dudas, le costó la vida, pero pensaba que no era algo posible, puesto que representaba “una espina en la garganta” de sus oponentes, según sus propias palabras. No es arriesgado decir que por su ingenuidad había perdido el contacto con la realidad, que vivía su propia realidad. Las razones de su “súbita toma de conciencia” pueden ser diversas: desde una toma de conciencia real, auténtica, fruto de una profunda y laboriosa metamorfosis espiritual, de la cual enérgicamente dudo, pasando por un deseo ardiente de ganar una cierta popularidad, por ejemplo, queriendo jugar la carta del nacionalismo, o de haber sufrido una herida emocional, derivada de una falta de entendimiento o de un serio desacuerdo, de una decepción o de una humillación cualquiera de parte de sus financiadores, lo que alimentaría en él un espíritu de asco e incluso de venganza hacia ellos. Brevemente, una toma de conciencia puramente circunstancial en los dos últimos casos. Son evidentemente unas elucubraciones, unas hipótesis, puesto que, no habiendo vivido en el entorno del jefe del Estado, no dispongo honradamente de datos suficientes y fiables a fin de poderme pronunciar de manera perentoria sobre el tema. Cualesquiera que sean las conjeturas esgrimidas, verdaderas o falsas, un hecho cierto es que Moïse terminó por ser asesinado, porque, inobjetablemente, tuvo la valentía de poner en la picota y de cuestionar a sus antiguos benefactores.

Adorado por algunos que alaban sus supuesto logros y denostado por otros que se niegan a reconocérselos, el presidente se convirtió en un líder ampliamente controvertido.

País de vanguardia en la lucha contra la esclavitud y en favor de los derechos humanos, Haití se asemeja cada día más a Somalia, donde unos señores de la guerra se disputan a fuego y sangre el control del territorio; es incontestablemente un país fallido. Los políticos deshonestos, de diferentes tendencias ideológicas, al día siguiente del asesinato del presidente, continúan destrozándose, reclamando el poder, mientras que el pueblo, centrado en su propia supervivencia, gime bajo el peso de la miseria, de la manifiesta indiferencia y de la corrupción endémica de los dirigentes. Junto al azote de la política, la naturaleza parece estar obrando en contra del país que ha sufrido dos seísmos en un espacio de 11 años, lo que enreda aún más la complicada coyuntura. ¿Para cuándo el despertar de mi país?

Alix Coicou es médico- psiquiatra.


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