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Educación a la carta

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19 ene 2020 / 15:52 h - Actualizado: 19 ene 2020 / 16:05 h.
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  • Educación a la carta

En 1925 el profesor de secundaria John Scopes se enfrentó a un juicio en Tennessee por vulnerar la Ley Butler que prohibía la enseñanza de teorías evolucionistas de Darwin. Posteriormente llevado al teatro y cine, el llamado juicio del mono ponía en evidencia la sinrazón de una sociedad aferrada al relato bíblico del Génesis y a una fe ligada al nacimiento de una nación en el mismo grado que la famosa Segunda Enmienda y la National Rifle Association. En la actualidad estas teorías se edulcoran e imparten como neo-creacionismo pseudocientífico con el concepto intelligent design o justificación de una entidad superior sobrenatural. Si añadimos otros ingredientes y una pizca de mesianismo a la fórmula del espíritu norteamericano que nace en su heartland, no es difícil explicar personajes y tendencias como el señor Trump.

De hecho, todo régimen social conoce la importancia de la transmisión de valores canalizados mediante sistemas de aprendizajes tempranos, o -llegado el caso- de acentuado adoctrinamiento. Me puedo saltar el nacionalsocialismo, el fascismo, el maoísmo o el estalinismo por la obviedad de sistemas donde el control y fidelización del individuo era básico, incluyendo los medios más expeditivos. Más recientemente al bestialismo del DAESH en sus campañas en Siria e Irak se añadía un programa de material educativo para los más pequeños, donde según su concepción hasta las matemáticas incorporaban alusiones y representación de armas y acciones de barbarie. Determinadas Monarquías del Golfo Pérsico con buenas relaciones occidentales no distan mucho de estos menesteres.

El llamado pin parental de VOX, implantando en Murcia y pendiente de hacerlo en Madrid y Andalucía, se ha convertido en la revitalización de un concepto de educación entendida como arma de adoctrinamiento y como propiedad de los hijos hacia sus progenitores-tutores, dinamitando una ya inviable situación polarizada de ideologías donde el espacio común es ausente. Este contexto de confrontación irresoluble augura una mayor fractura social, aunque realmente no es nada novedoso en el discurrir de nuestra historia de choques, si bien se añade una aceleración actual que tiene su explicación al consolidarse en nuestro país vertientes políticas muy preocupantes de todo prisma cromático.

Aunque el eje del conflicto es la particular cruzada del partido ultraderechista y sectores ultracatólicos respecto a la formación en la diversidad y la perspectiva afectiva-sexual, no es más que uno de los previsibles frentes de batalla que una derecha unificada en la radicalización, abrirá en contraposición a un gobierno de izquierdas inmiscible y bastante contradictorio en sus tendencias, al que añadir el chantajismo de los nacionalismos periféricos que asumen y ejercen su poder de extorsión en la coyuntura presente.

Si se adivina una legislatura inviable o convulsa, el necesario consenso será imposible en múltiples aspectos, pero especialmente en el necesario plano educativo, en el que toda ideología deposita sus esperanzas iniciales de afección y encarrilamiento de la ciudadanía. No hay nada más falsario aunque habitual al oído, que pretender una enseñanza como un sistema neutro en valores. No hay entelequia más evidente que llegar a un acuerdo sobre la equidad educativa. La primera corriente de asepsia es bastante incierta en cuanto a que cualquier disciplina académica suele tener una casuística con un juicio ético marcado. La línea globalizadora es el ideal de las confluencias diversas, pero salta a la mínima en cuanto se tocan puntos cercanos y particulares, en especial los conectados a los encuadres familiares.

Sin caer en el escepticismo profundo que me embriaga, recopilo en los últimos años prohibiciones y procesos inquisitoriales a diestra y siniestra, llegando a la conclusión de que ello apagará la llama de los derechos sociales, enconando el diálogo hacia quebradas abruptas. Como docente y profesor en una Facultad de Educación siempre he tenido la “mala costumbre” de indicar a mi alumnado que lean -hoy el hábito de lectura ya es una gesta- y consulten todas las tendencias, autores e ideologías sobre cualquier tema, sin exclusiones. A partir de ahí y en base a los valores de igualdad y libertad, las argumentaciones confrontadas debieran ser capaces de aportar un veredicto conjunto donde nos convenzamos de una única visión que a priori no estuviera basada en dogmas inamovibles. Esta sería la clave de una sociedad civilizada y un pensamiento crítico y constructivo, pero es evidente que un porcentaje amplio de la humanidad parece tener una gigantesca disfunción para dichos procesos.

Las mareas de lo censurable y cuestionador, de lo prioritario o ejemplarizante han llegado desde los primeros estadios educacionales hasta los universitarios, desde la conversación de calle a los medios de comunicación. Nuestro suelo dialéctico se torna movedizo. La caricatura, el sarcasmo o la sátira pueden llevarte al secuestro judicial de una edición como El Jueves o al asesinato fanático de Charlie Hebdo. Mientras dudamos si sacar a un dictador de su tumba pomposa, el espacio patrimonial del Born de Barcelona se convierte en la zona cero de la supuesta epopeya separatista. A la par que declaramos la tauromaquia bien de interés cultural, adjuntamos la caza como materia escolar. Por razones que dejo al entendimiento del lector, se plantea jaque educativo a Quevedo, Machado, Twain, Kant, Rousseau, Neruda, Sabina, o John Ford.

Quizás la pregunta es si somos capaces de establecer criterios unívocos y educativos sobre neoliberalismo, protección social, cambio climático, energía nuclear, consumismo, digitalización, aborto, gestación subrogada, eutanasia, inmigración, fronteras, fuerzas armadas, identidad nacional, memoria histórica, multiculturalismo, y un largo etc.

Probablemente la respuesta sea negativa y acabemos dilapidando una encomienda universal, de manera que cada partido, etnia, religión, gueto o grupúsculo establezca sus propios valores perpetuados en su prole. Si hablamos de una educación a la carta, todos y todas las tendencias e ideologías tendremos derecho a eliminar la parte del currículum con el que no estemos de acuerdo, lo cual además de aberrante es inoperativo. ¿Se imaginan al profesorado al principio de cada una de las clases nombrando los alumnos que se tienen que ausentar por motivos de objeción? Los límites de esta quimera los marca el absurdo de su propia propuesta.


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