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La Tostá

El abuelo Franco

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
17 sep 2020 / 08:18 h - Actualizado: 17 sep 2020 / 08:19 h.
"La Tostá"
  • El abuelo Franco

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Cuando yo era solo un niño, Franco era un señor muy serio vestido de militar que me miraba desde una fotografía colgada en la pared del aula del colegio de Palomares del Río donde estudiaba. No tenía ni idea de quién era ese señor que, cincuenta años después, y cuarenta y cinco de muerto y enterrado, sigue estando ahí porque a los políticos actuales de uno y otro bando -o banda-, les interesa. Creo que en mi casa no hay nada de Franco, salvo en algún libro donde analizan su vida y obra. Tampoco había nada de él en nuestra casa de Cuatro Vientos, porque mi abuelo Manuel era totalmente apolítico y solo leía novelas de vaqueros, aquellas famosas de Marcial Lafuente Estefanía. Cuando mi madre suspiraba, algo que hacía varias veces al día, siempre decía: “¡Ay, Dios mío!”, y no ¡Ay, Excelentísimo! Nadie me dijo nunca que el señor del cuadro lleno de cagadas de moscas fuera un fascista criminal. Para asustarnos, a los niños nos decían: “¡Cuidado, que viene un pobre!”, y nunca, ¡Cuidado, que viene Franco! Jamás vino al pueblo para nada, que yo sepa. A Palomares solo iban curas y obispos con la cara y las manos muy blancas de no coger algodón o rebuscar maíz en El Majano. Cantábamos Cara el sol a la entrada del colegio, pero como si cantáramos una canción patriótica de Manolo Escobar o de Juanito Valderrama. Yo la metía por bulerías porque, como la cantábamos cada día, se ponía muy pesada. Me encantaba la parte que decía: “Si te dicen que caí, me fui al puesto que tengo allí”. El Chaqueta hubiera hecho un trabalenguas por bulerías increíble con esta poesía tan sublime, el himno de Fe de la JONS, abreviatura de JONDO. Cuando ya tuvimos televisión en casa, comprado a plazos en Coria del Río, Franco se creía que nuestro hogar era el suyo, que todo el monte era orégano, y entraba y salía por donde le daba la gana, unas veces vestido de militar y otras con truchas en una canasta y una gorra blanca de visera. Entonces ya empecé a tomar conciencia de que ese señor era alguien importante de Madrid. Ya era el abuelo Franco y lo cierto es que le cogimos cariño en casa y en el colegio. Un día, en clase, le dije a don Miguel que conocía a ese señor y me miró con una mirada rara, como si yo fuera un niño republicano, malo, que eran sus enemigos. Ya viviendo en Sevilla, el abuelo Franco murió y, como pasó a mejor vida, se acabó cualquier recuerdo hacia él. Claro, cuando empecé a leer libros e iba sabiendo que había sido un abuelo malo ya no pensaba nada en el Caudillo, que era su remoquete. Hasta que llegó Zapatero, el ex presidente del Gobierno, y comenzó a refrescarnos el recuerdo del abuelo Franco. Tanto empeño puso en resucitarlo que Sánchez, el actual presidente, lo desenterró para meternos miedo con él, ahora sí. “¡Qué viene Franco!”. Y estoy acojonado, porque Carmen Calvo, la de Cabra, que tiene más mala cara que un chino con fatigas, me puede meter en la cárcel. Si nos vamos a poner así, paso del abuelo Franco.


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