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El agotamiento psíquico derivado de la pandemia

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12 abr 2021 / 04:00 h - Actualizado: 12 abr 2021 / 04:00 h.
"Tribuna"
  • El agotamiento psíquico derivado de la pandemia

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Es irracional y a la vez irresponsable por parte de algunos que no se resignan a admitir el carácter eminentemente letal del covid-19, y que se saltan a la torera las consignas y recomendaciones expresas, formuladas por las autoridades sanitarias competentes, para frenar la expansión de la plaga, pero es también innegable que la pandemia ha hecho mella en la mente de un gran número de personas que necesitan una válvula de escape que les ayude a hacer más llevadera esta complicada coyuntura. No pretendo, ni mucho menos, justificar este tipo de comportamientos que califico de atrevidos, inaceptables y hasta excéntricos, pero todo el mundo está cansado de esta situación que dura ya más de un año, mayormente los jóvenes, acostumbrados gran número de ellos al bullicio y a las mundanas diversiones ruidosas, como por ejemplo los botellones, y lo que es peor no se vislumbra en el horizonte, hasta la actualidad, el final o fecha de caducidad de este fenómeno. He oído opiniones de lo más diversas referentes al covid-19, pero casi todas tienen un denominador común y responden a esta pregunta: ¿cuándo, por fin, nos libraremos de este mal? Lo que refleja el estado de ánimo y el intenso hartazgo que emanan de este contexto.

La noticia oficial de la aparición del covid-19 a nivel mundial tuvo un brutal impacto y cogió desprevenidos a todos los países, menos quizás a China, donde se originó el virus y el gobierno empezó enseguida a tomar drásticas medidas para controlarlo y evitar su expansión, seguido por las potencias occidentales que tuvieron que improvisar urgentes disposiciones, debido al carácter imprevisible y a la excepcionalidad de la incipiente plaga, a causa de su virulencia y de la mortandad que producía. Un hecho que llamó la atención es el suicidio en los Estados Unidos de la doctora Lorna Breen, quien fue médica de urgencias del New York Presbyterian Allen Hospital de Manhattan y que, abrumada por la descomunal sucesión de muertes a las cuales tuvo que enfrentarse en su cometido en el inicio de la pandemia, decidió poner fin a su vida el 26 de abril del año pasado, prueba palmaria del agobio al que se sintió sometida y del dolor sufrido; trágico comportamiento que presagiaba los meses y, tal vez, los años venideros dominados por esta plaga.

Mucha gente pensaba que la administración de las vacunas sería un salvoconducto que nos ahorraría ser contagiados, y por consiguiente poder abstenernos de observar ya las medidas precautorias, pero la decepción en algunos es grande y provoca una gran preocupación e inseguridad que los habita y los sumerge en un profundo desamparo. El covid-19 ha alterado seriamente las normas de relación social, tanto a nivel individual y familiar como colectivo; ha perturbado planes, proyectos y esquemas. Varias actividades lúdicas, como acontecimientos deportivos, recitales de música, reuniones familiares, algunas bodas y acontecimientos religiosos como procesiones etc., han sido suspendidos, o en el mejor de los casos aplazados; a nivel económico el cierre de muchos hoteles, de restaurantes, de bares, de pequeños negocios a causa de las duras medidas de restricción ha arruinado a muchos empresarios y familias. Las limitaciones y los confinamientos, pese a no ser en la actualidad tan rigurosos como el estado de alarma declarado por el gobierno nacional en el mes de marzo del año pasado, no dejan, sin embargo, siendo necesarios, de ser muy molestos, incómodos, liberticidas, es decir coartan nuestro movimiento, impidiéndonos actuar a nuestro libre albedrío. Es una verdad de perogrullo.

Toda esta situación no solo ha generado una seria merma de la economía y el garrafal empobrecimiento de muchos, sino también un enorme agotamiento psíquico y emocional. Si estar diagnosticado de una patología notable conlleva en general una gran angustia cuando nos paramos a pensar en ella, en su desarrollo o evolución, es decir en nuestro futuro vital, el miedo a ser contagiado, la afefobia, a pesar de las medidas de bioseguridad observadas, resulta horrible. El espanto que nos invade cuando nos enteramos de que un familiar o un amigo ha sido infectado enciende el umbral de nuestra desesperanza y nos surgen un sinfín de preguntas de lo más inquietantes y sobrecogedoras que nos cuesta, a veces, procesar y digerir: ¿cuándo lo vimos por última vez?, ¿está ingresado?, ¿está en la UCI? Este cúmulo de interrogantes proviene de la inseguridad y del miedo que ha desencadenado este mal.

La abundancia de informaciones, tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales, en principio necesarias pero contradictorias algunas de ellas, sobre el supuesto origen del virus y su posible trayectoria, resulta, en varios aspectos, perjudicial para el equilibrio de la salud mental de muchos, e incluso para personas con criterios bien definidos, dado el hecho de que algunas de ellas ayudan a crear confusiones. La incidencia de los contagios, el colapso de los hospitales, el número creciente de los fallecimientos, los duelos no elaborados, las repetidas olas, la aparición de nuevas cepas y los efectos secundarios de las vacunas, en especial la polémica que rodea la AstraZeneca por los trombos registrados asociados a ella, propician el desasosiego y aumentan en gran medida el desconcierto y la desorientación, generando a la vez ansiedad, estrés, cansancio, insomnio, y en algunos casos depresión, lo que la OMS define como la fatiga pandémica y que ha desarrollado de manera excelente el profesor Antonio Cano, catedrático de psicología de la Universidad Complutense de Madrid. “Cuanto más fatiga hay, más cansancio, agotamiento y emociones negativas o desagradables se sienten” asegura el experto.

El diputado de Más Madrid, Iñigo Errejón, en el reciente control parlamentario, puso el acento sobre un problema que nos atañe a todos nosotros: la debida atención a la salud mental, entre otras razones, por el nocivo dominio de este mal sobre nuestra psique. El covid-19 ha fomentado el comienzo o desarrollo de algunos trastornos de índole psicológica y afecciones psiquiátricas y una agudización o recrudecimiento de estos en pacientes con desarreglos emocionales previos, derivados de la incertidumbre propia de la época que estamos viviendo. Pese a no ser un trastorno psicológico nuevo, cobra notoriedad y singular importancia el doomscrolling que es la obsesión o la adicción por consumir malas noticias. Dentro de este apartado, quiero incidir sobre el cuidado que se debe dispensar a la población infanto-juvenil, principalmente a los del periodo etario comprendido entre los 6 y los 16 años de edad, y sobre todo a los más pequeños que pueden experimentar serias dificultades para articular o expresar sus inquietudes, sus preocupaciones y angustias y conviene escudriñar sus comportamientos, sus silencios, temores y miedos, a fin de acertar en el diagnóstico y aplicar la terapia adecuada. Porque vivimos una situación excepcional, sin antecedentes conocidos desde hace múltiples años y puede generar en ellos estrés, ansiedad y en algunos casos sintomatología depresiva. Tenemos que acordar una primordial importancia a este grupo de edad, puesto que representa el futuro de la sociedad. La estrecha colaboración entre la psiquiatría y la psicología, de manera más incisiva en este punto, se revela muy necesaria. Estos jóvenes son los llamados a tomar el relevo de la actual generación y hay que armarlos para las vicisitudes que conlleva la existencia. Impera la prevención. “La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud, en ella depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras manos la bandera” dijo el carismático guerrillero argentino Ernesto Che Guevara.

El covid-19 pone a prueba nuestra resiliencia, puesto que estamos conviviendo con él, y nos tenemos invariablemente que adaptar a su vigencia e influencia.

Hay que poner de manifiesto la presión, la ansiedad y la tristeza que son los principales sentimientos que acompañan a los profesionales de la salud que se encuentran en el primer plano de la lucha contra el covid-19 arriesgando sus vidas al provecho de otras y de las obligaciones que conlleva estar al servicio de la mayoría.

Quiero, para terminar, romper una lanza a favor del personal de enfermería (auxiliares y enfermeros/as) cuyos miembros son fieles testigos de la calamidad ocasionada por el virus y que, pese a la tensión que genera la situación, ofrecen un trato cálido y humano al paciente, dando lo mejor de ellos/as, empatizan con él y soportan en algunas ocasiones, en el mejor sentido de las palabras, los malos humores o modos de algunos que se dejan llevar por sus primarios impulsos, presos de la angustia generada por este mal, o simplemente desbordados o abrumados por este contexto adverso y hostil, consecuencia de la pandemia. En definitiva, el colectivo de enfermería representa los olvidados de este cruel proceso; conviene poner el acento sobre el valioso y eficiente papel que desempeña, a la vez que agradecerle y rendirle un merecido tributo.

Alix Coicou es médico-psiquiatra.


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