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La Tostá

El amor acumulado

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
22 jun 2022 / 07:58 h - Actualizado: 22 jun 2022 / 07:59 h.
"La Tostá"
  • El amor acumulado

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Hay quienes dicen que los seres humanos nos podemos enamorar solo una vez en la vida, y no creo en eso. De niño me enamoraba todas las semanas y porque en Palomares del Río había pocas niñas de mi misma edad. Era agotador, pero me miraba a los ojos una niña y flotaba por encima de los olivos de Mampela. De no haber emigrado a Sevilla con 15 años, la edad del amor, me hubiera casado en la Parroquia de la Estrella en vez de delante de la Esperanza de Triana. Las niñas de las que me enamoré en el pueblo son ya abuelas jóvenes y guapas a las que suelo ver en La Truja o El Portugués con sus panzudos y menguados maridos. Cuando una mujer entra en el corazón de un hombre no se va nunca del todo, aunque se separen o pierdan el contacto. Por tanto, si vivimos muchos años, y aunque el corazón tiene un límite, al final acabamos llenándolo de amor. Como los recuerdos, el amor también se acumula y a veces he intentado poner orden en ese almacén del corazón donde vamos guardando las miradas más lascivas, los besos más ardientes y las caricias más tiernas, sin conseguirlo. Hay quienes un día hacen limpieza y tiran lo que creen que es inservible, pero jamás lo he hecho. Conservo emociones de hace sesenta años, besos que en su momento me dejaron sin resuello y miradas que siguen teniendo el brillo de la primavera. Cada mujer que ha habido en mi vida, que han sido unas cuantas, dejó algo en mi corazón, aunque fuera un cabello, sudor de las manos o restos de perfume capaces aún de embriagar. No entiendo que haya quienes se arrancan del corazón un viejo amor como si se arrancaran una postilla. Dicen los sabios antiguos que el amor, si es de verdad, vive siempre en el corazón del que amó con pasión. Qué amor es ese que se va al mínimo desengaño, que desprecia lo vivido, esos momentos sublimes que solo se dan cuando un hombre y una mujer se aman locamente. Si mañana me dijeran que iba a durar solo un mes, por alguna perra enfermedad, ese mismo día comenzaría a buscar a cada una de las mujeres de mi vida para darles las gracias por los momentos vividos, los ratos de felicidad. Le regalaría a cada una un ramo de rosas recién cortadas de mi propio jardín y le cantaría una soleá, aunque fuese susurrada al oído, porque me quedaría menos aliento que a una gallina pisada. Cuando nos vamos lo dejamos todo aquí salvo lo que llevamos en el corazón, donde solo guardamos los sentimientos. Si viéramos por dentro el corazón de una persona recién muerta que hubiera amado mucho y de verdad no encontraríamos en sus habitaciones nada más que flores frescas y pájaros entrando y saliendo por las ventanas. Incluso en el corazón de una mujer asesinada por un hombre que un día la amó seguramente más que a su vida. Un hombre, por decir algo.


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