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Coronavirus

El asesinato de los viejos

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17 abr 2020 / 08:00 h - Actualizado: 17 abr 2020 / 08:02 h.
"Coronavirus"
  • El asesinato de los viejos

La lista de víctimas que define la epidemia que padecemos, es cada vez más extensa, hasta convertir cada columna en un Obituario.

Me gustaría remarcar, antes de cualquier otro juicio, que, detrás de cada una de ellas, hay un dolor o un recuerdo lacerante, unos padres o unos hijos o incluso la ausencia irreparable de alguien...

Y es que por encima de la pandemia, me sigue sobrecogiendo la maldición de la soledad, en la que se intuyen cuerpos y se sospechan almas.

Hoy la despedida se contrae al escritor chileno Luis Sepúlveda, cuya azarosa vida nos descubre que quienes la observamos con envidia o inquietud intelectual, nos hemos hecho viejos de repente.

Su existencia pasa por la sierra boliviana donde fue cazado el médico argentino Che Guevara; nos hace visitar los orificios de las balas del Palacio de la Moneda, en el que sirvió (no se sirve a personas, sino a causas) a Salvador Allende; y desde las alamedas de la libertad, a la lucha con el frente sandinista en Nicaragua, donde hasta el poeta Ernesto Cardenal ha ahogado su voz en el emponzoñado laberinto hacia la nada.

Luis Sepulveda ha muerto en Oviedo, un lugar raramente compatible con un paraíso revolucionario, dejando el rastro imperdurable de lo que fue su tortura y la de su esposa, violada y sojuzgada por el tránsito de Pinochet, que como todo lo temporal sigue siendo definitivo.

En su última novela, Sepúlveda nos condujo a Trotsky, tan literario como el comunista Mercader, en una realidad tan fantástica que superó, nada menos que con un piolet, la ficción de otra revolución bolchevique posible.

La pandemia está haciendo desaparecer la memoria, a la que confina en reductos. Nos somete a la censura del gobierno, desencriptando nuestros mensajes y hasta pensamientos gratuitos.

La primera lección sigue siendo huir de lo que no tiene coste. Pasa con la captación de las sectas; el proselitismo de las becas de colegios mayores y hasta academias de insignes deportistas sin patria. Y finaliza con la somatización del individuo que pretende ignorar que la correspondencia ha de tener un precio y díganselos a los funcionarios de Correos que pagan con su vida las nuestras postreras misivas.

Sepúlveda se refirió a los ancianos. No en vano aún asoma en más de sesenta idiomas la historia de uno de ellos, que, abandonado en un medio hostil, todavía leía cuentos de amor.

Y es que esta maldición que ha caído sobre nuestra sociedad, merecería una historia. Porque aunque afecta a todos, es a ellos con quienes se ensaña.

La lucha por la vida, no siempre contiene relatos épicos; ni en ella triunfan ni el amor, ni la bondad. No, no es justa.

La evocación de una vida legendaria tiene el contrapeso de una muerte como todas. La elección de un arma frente a un botiquín, nos demuestra que son más seguras las selvas donde asías un arma, que las UVIS donde no hay espacio para un retrato al que aferrarse.

Sin embargo, algo me hace creer que, morir es un descanso, especialmente para esos viejos que fueron abandonados mucho antes de todo esto; a los que dejamos desvalidos, huérfanos de abrazos y domingos de cumplido.

Sepulveda es la excepción y la regla y bien está que así sea; y que aún las cancelas liberen alguna princesa devorando un dragón.


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