La Tostá

El Aula de la Experiencia

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
22 sep 2022 / 08:51 h - Actualizado: 22 sep 2022 / 11:48 h.
"La Tostá"
  • El Aula de la Experiencia

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En 1970, con solo 12 años, decidí dejar los estudios para ayudar a mi madre y busqué trabajo de panadero en Coria del Río. Estaba en el Colegio de El Cerro, de esta localidad sevillana, y cuando le dije al director que me iba y le pedí que me diera el certificado de estudios primarios para demostrar que había estudiado algo y poder defenderme en la vida, me dijo: “No te lo puedo dar hasta que no cumplas los 14 años. Y te digo una cosa: serás toda tu vida un desgraciado”. Seguramente, el buen hombre quiso decir un pobre. Cincuenta y dos años después regreso a este pueblo como profesor del Aula de la Experiencia, de la Universidad de Sevilla, en la asignatura de Flamenco. Un curso de dos meses con unos sesenta alumnos. Pondré en este curso académico todo lo que he aprendido en cuarenta años de crítico e investigador de flamenco, además de uno de los archivos más importantes del mundo de documentación sobre este arte.

Es la primera vez que el Ayuntamiento de Coria del Río introduce la asignatura de Flamenco en el Aula de la Experiencia, gracias a la propuesta del presidente de la Peña Cultural Flamenca Paco Mazaco, el gran aficionado Pepe Esquivel. A lo mejor no son conscientes de lo importante que esto es para mí, que he dedicado toda mi vida al estudio del flamenco como algo más que un arte andaluz para la diversión. El flamenco es un hecho diferenciador muy importante de la rica cultura andaluza, que ha conquistado el mundo y que trae cada año a cientos de miles de personas de los cinco continentes. A muchas criaturas del planeta Tierra les cambió la vida cuando descubrieron este arte escuchando una soleá en una voz o en una guitarra, o viendo una bata de cola sobre el escenario de un teatro o un café.

Lamentablemente, el Estado español tardó demasiado tiempo en ocuparse del flamenco en serio. Por fortuna, este arte ha contado siempre con personas que lo han amado y que han luchado por él desde distintos colectivos sociales: las peñas, los medios de comunicación, los ayuntamientos o los colegios. Si hoy es un arte reconocido y amado hasta en el último rincón de la tierra, es gracias a los aficionados. Recuerdo ahora cuando Ricardo Rodríguez Cosano, un maestro de escuela de Casariche, les hablaba de flamenco a sus alumnos de Lebrija, donde estuvo destinado durante años. Puso un altavoz en el patio del colegio para que los alumnos salieran al recreo escuchando bulerías romanceadas, al golpe, de Lebrija. Uno de aquellos niños, Luis de la Chimenea, es hoy cantaor.

También recuerdo cuando Marchena, la Niña de los Peines o Antonio Mairena entraron en la Universidad de Sevilla para hablar de flamenco, cantar o simplemente estar allí. Hoy los recuerdo y les doy mil gracias por todo. Sin ellos, sin los que han amado y aman este arte más que a sus propias vidas, el flamenco no estaría vivo y aquel niño de Arahal criado en Palomares del Río que soñaba con el compás, seguramente no sería hoy una de las personas más felices sobre la tierra.


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