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El Azorín de la copla flamenca

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
01 sep 2019 / 10:27 h - Actualizado: 01 sep 2019 / 10:31 h.
  • El Azorín de la copla flamenca

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Alcalá de Guadaíra ha dado un buen número de artistas flamencos, y de intérpretes que sin ser grandes artistas tuvieron un sitio en el cante, como Manolito el de María o el Platero. Anteriormente, el célebre gitano Joaquín el de la Paula, tío paterno de Juan Talega y rey de la soleá alcalareña. Y más atrás aún, José Ordóñez Juraco, de la época de Silverio Franconeti, que cantaba en las academias sevillanas de baile de mediados del XIX y que competía en las reuniones privadas con el Fillo hijo y su primo hermano Tomás el Nitri.

Pero si hubo un cantaor en Alcalá que llegó a ser una gran figura, ese fue Bernardo el de los Lobitos, alcalareño de cuna, de los Curraga, aunque de muy niño ya vivió en Sevilla y cuando se hizo artista acabó afincado en Madrid, donde tuvo un sitio importante como cantaor y llegó a codearse con artistas del género tan señeros como Antonio Chacón, Manuel Escacena, José Cepero o Juan Mojama. En Madrid murió, el 30 de noviembre de 1969, cuatro días después de la Niña de los Peines. O sea, que este año conmemoramos el cincuentenario de su muerte, aunque se esté conmemorando bien poco.

José Bernardo Álvarez Pérez, que así se llamaba, cantó en el famoso Salón Novedades de Sevilla, que estuvo abierto hasta 1923 y que fue el café que recogió el testigo de otros locales sevillanos, como los de El Burrero y Silverio. Vivía ya en Sevilla con toda su familia, no en casa de una de sus hermanas, como alguna vez se ha dicho. Nacido en 1887, la familia se traslada al completo a la capital cuando él tendría unos cinco años y su primer trabajo fue en una fábrica de seda. Pronto sintió la llamada del cante, en la adolescencia, y en 1903 es cuando aparece ya cantando en el Novedades y anunciado como el Niño de Alcalá, para más tarde comenzar a ser llamado Bernardo el de los Lobitos, por unas bulerías de Teresita España que se hicieron muy famosas, Anoche soñaba yo/ que los lobitos me comían.

Cuando entraron en crisis los cafés en Sevilla y los artistas se estorbaban entre ellos, de tantos como había, es cuando decidió poner su cuartel general en Madrid, en la misma época que Chacón, Pepe el de la Matrona, Cepero, Manuel Escacena, el Macareno o Fernando el Herrero. Todo fue llegar y ganarse a los madrileños. Se lo rifaban los cafés, llegando a trabajar en el de la Marina o la Magdalena y a ser fijo en las fiestas de Fornos, Villa Rosa y los Gabrieles. Llegó a tener tal prestigio que fue estrella de la Ópera flamenca, llegando a estar en el cartel de Vedrines de 1928, con Chacón, la Niña de los Peines, Cepero, Carmen Vargas y otros célebres artistas. Y ya no paró de trabajar en estos espectáculos hasta la contienda civil de 1936.

Tras la Guerra Civil, Bernardo siguió en Madrid viviendo fundamentalmente de las fiestas y de estar en algunos espectáculos de Pepe Marchena. Ya en los cincuenta, le llegó una gran oportunidad, la de participar en la primera gran Antología del Flamenco de Hispavox, de 1954, que lo consagró en uno de los grandes y en referencia para nuevos intérpretes del cante como, por citar solo a dos, Enrique Morente y Carmen Linares. Eran ya los tiempos de Zambra, uno de los mejores tablaos de la historia del flamenco.

El alcalareño universal tuvo una vejez tranquila. Su única hija, Maruja, murió con 18 años, la que tuvo con su esposa Modesta Senra. Sus restos descansan en un cementerio de Madrid, con los de su hija y su esposa. En un panteón que compró con el dinero que le tocó en la Lotería, en la República, y que gastó pronto por si el dinero republicano perdía su valor.

Dejó una buena obra discográfica en su larga carrera como cantaor y hoy es un artista muy olvidado tanto en Alcalá como en Sevilla. En su pueblo recibió un homenaje, en los sesenta, pero en Sevilla, donde se crió, nunca se ha hecho nada en su honor, que sepamos. Pese al olvido, nada ni nadie podrán lograr que la voz de Bernardo se apague del todo, porque fue una voz de seda, de las más bonitas de la historia del cante. El Azorín de la copla flamenca, como lo llamó Manuel Ríos Ruiz.


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