viernes, 20 septiembre 2019
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El cante como consuelo del alma

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
30 ago 2019 / 08:02 h - Actualizado: 30 ago 2019 / 08:05 h.
  • El cantaor Juan Valderrama junto a su esposa, Dolores Abril en Sevilla. / Efe
    El cantaor Juan Valderrama junto a su esposa, Dolores Abril en Sevilla. / Efe

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Alguna vez he escrito sobre el cante jondo como terapia. He dicho cante jondo, no folclore o flamenquito. Un día me dijo Tío Borrico de Jerez, cuando le dieron el homenaje en el Lope de Vega de Sevilla, que para él cantar había sido siempre una manera de sanar las heridas de la vida. Aquel hombre, gitano y pobre, cantaba con tal profundidad que daba vértigo escucharlo. Miguel Poveda me preguntó una vez en casa de Pepe Peregil, que qué era la profundidad en el cante y creo recordar que le dije que escuchara a este cantaor y a otros que a lo mejor no tuvieron grandes voces desde el punto de vista técnico, pero que sacaban el cante del fondo del pozo de lo jondo. Tío Gregorio, Juan Talega, Antonio Mairena, El Chaqueta, Rancapino..., son ejemplos válidos para crear toda una teoría sobre la profundidad en el cante.

He nombrado a cantaores gitanos de referencia, pero también los ha habido en la otra escuela. En determinados cantes, Marchena, Vallejo o Valderrama tuvieron una enorme profundidad. No eran meros malabaristas de la voz, sino genios que eran capaces de meterte el cante en la habitación más escondida del alma. Juan Valderrama, con quien hablé mucho de cante en su casa o viajando, en un coche, estaba a veces sin ganas de mirarse al espejo y cuando le hablabas de Chacón, Pastora o Tomás, se le abrían los ojillos y revivía como los pollitos chicos cuando les das una pimienta para que reaccionen.

Hace muchos años estuve dando charlas por Andalucía con el maestro de Torredelcampo, como cantaor. A veces salíamos de Sevilla en dirección a Almería, por ejemplo, y Juan iba muy mal en el coche, cansado, fatigado y sin ganas de hablar. Le hablaba de Vallejo o de Marchena y se venía arriba de una manera increíble. Y cuándo subíamos al escenario cantaba doce o trece palos como si fuera un chaval de veinte años. Sin aliviarse, por derecho, y no canciones sino seguiriyas, soleares, malagueñas, tarantas o fandangos. Para rematar, algunas noches hacía la debla de Tomás o un martinete de Juan Pelao.

Tenía más de ochenta años, problemas de salud y de otra índole, y cuando cantaba se le olvidaba todo. Una tarde en Martos (Jaén), levantó a tres o cuatro mil personas mayores con el macho de Manuel Molina en unos tonos que ni Vallejo en sus mejores tiempos. Le decía que el cante era para él una terapia, y no me lo negaba. Pero una vez apostilló: “Más bien, un consuelo para el alma”.

En esas ando yo desde hace algún tiempo. Utilizo el cante como consuelo del alma.

Cada mañana, al despertarme,

siempre hay un pájaro triste

que canta para alegrarme.


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