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La Tostá

El cante de taberna

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
16 abr 2021 / 08:16 h - Actualizado: 16 abr 2021 / 08:18 h.
"La Tostá"
  • El cante de taberna

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Hay ya algunos cantaores, de corte clásico, que en vista de cómo van las cosas desean que vuelvan las fiestas de señoritos aficionados. Recalco lo de “señoritos aficionados” porque muchas veces se refieren en tono despectivo a aquellos señores de buena posición económica que iban a la Alameda de Hércules de Sevilla a meterse con cantaores en algún reservado de La Europa para disfrutar del pellizco flamenco. O a la célebre Venta Vega, en la carretera de Cádiz, en la que alguna vez estuve con el Niño de Arahal, el Gordito de Triana o el guitarrista Antonio Sanlúcar, que se buscaban allí la vida. Quienes iban a estos locales a escuchar cante, con mucho dinero o no, es porque eran aficionados. Solían ser empresarios, toreros, artistas, mafiosos o políticos. Cantaores geniales como Manuel Torres, Tomás Pavón, Juanito Mojama o el Niño Gloria solían ir a la Alameda en las dos primeras décadas del pasado siglo para poder comer, porque no a todos los artistas del cante se les daba bien eso de subirse a un escenario. Por ejemplo a Tomás Pavón, el hermano de la Niña de los Peines. Sin hijos y con el amparo económico de su hermana, solo acudía a una fiesta si el señorito que la pagaba era de su agrado. Y si no había mujeres. “Si hay mujeres, no voy”, solía decir. No es que tuviera nada en contra de las mujeres: es que no solían ser las esposas de los señoritos, sino sus amantes, y Tomasito era del grupo de los cantaores raros. Muchas familias flamencas comían de las reuniones y algunos criaron muy bien a sus hijos. Por tanto, no creo que haya que hablar mal de ellas, porque para los artistas era un trabajo como otro cualquiera. De hecho, aún existen, aunque ya hay menos porque los artistas flamencos hacen festivales y teatros y no tiene la necesidad de ir a cantar a un tabanco por sesenta euros. Y como ahora, por la pandemia, la cosa está cortita con sifón, con los tablaos cerrados, algunos cantaores andan pidiendo que vuelvan las reuniones y el cante de taberna. No creo que regresen aquellos tiempos, pero si volvieran, les aseguro que miles de aficionados lo celebrarían porque siguen pensando que donde se canta y se escucha bien es en un cuarto. El que sepa, claro, que esa es otra. Cantar y saber escuchar, dos artes. Como la Junta de Andalucía le está cerrando el grifo a los flamencos, a lo mejor hay que ir pensando en abrir de nuevo La Europa o la Vinícola para que los raros del cante de ahora puedan poner la olla un día sí y otro no.


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