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El capital o la vida

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Pepa Violeta Pepavioleta
15 dic 2019 / 11:01 h - Actualizado: 15 dic 2019 / 11:01 h.
"Podemos","Televisión","Música","Cine","Producción","Consumo","Cambio climático","Circo","Feminismo","Estadísticas"
  • El capital o la vida

Algo tan cotidiano y simple como salir a disfrutar de un café mañanero, no siempre termina como una espera. Podría haber dejado las gafas de género en casa y ahorrarme algún que otro disgusto, pero es imposible dejar de ser feminista por una horas o hacer como que no va contigo las conversaciones de barra. Esas en las que confieso, se aprende mucho de cómo respira la gente.

Estaba a punto de pagar mi cuenta y marcharme, justo cuando aparecían en televisión las imágenes de la activista sueca Greta Thunberg llegando a Lisboa. Un señor que estaba a mi lado de repente soltó: lo de esa niña se está convirtiendo en un circo, lo que debería hacer es estar en el colegio aprendiendo cosas útiles. En cuestión de segundos ese iluminado consiguió los apoyos necesarios en el bar, con los que avalar un discurso que hacia aguas por todos lados.

Me planteé si esos señoros sabrían algo de ecofeminismo y si serían conscientes de que su discurso reduccionista no aportaba gran cosa. Supongo que el choque generacional y que fuera precisamente una niña la que estuviera exigiendo a los adultos, una apuesta por un modelo sostenible para el planeta, era más de lo que podían soportar en una mañana. Una mujer queriendo enseñar al patriarcado como gestionar los recursos de forma sostenible ¡hasta ahí podríamos llegar!

Resulta curioso que cuando aparecen en los medios niñas profesionales del cine o la música, el discurso pro-educación presencial no se hace tan incisivo. Pero con Greta es distinto, ella es otra de esas mujeres molestas. Las que movilizan, despiertan actitud crítica... hacen temblar los resortes de un sistema lucrativo que beneficia a quién ostenta el poder. Por eso, se orquesta toda una campaña de desprestigio, para ridiculizar su mensaje y presionarla. Haciendo referencia a ella como una niña mentalmente inestable, mesías perturbada, sin tener en cuenta las consecuencias emocionales de este linchamiento mediático.

Me estaba terminando la ultima gota de café y vi en los ojos de esa niña el mismo agotamiento al que llegamos muchas mujeres, cuando llevamos demasiado tiempo remando a contracorriente. Me hubiera gustado estar entre esa masa de periodistas yonkis del papel couché y populacho hambriento de sensacionalismo, para decirle al oído: No estas sola, sigue luchando por lo que crees. Este mundo te necesita.

Jane Fonda, también es otra de esas mujeres molestas que como Greta, incomoda al capitalismo. El pasado mes de octubre, esta conocida actriz abandonó su residencia en Los Ángeles para mudarse a Washington, con el objetivo de poner en marcha una serie de protestas semanales. Una forma de concienciar al público de la necesidad de luchar contra el cambio climático. Después de haber pasado ya tres veces por la cárcel, tiene todas las papeletas de celebrar este 21 de diciembre sus 82 cumpleaños entre rejas.

Incorporar el ecologismo al feminismo no es un ejercicio de acaparamiento injustificado, no consiste en incrementar luchas inconexas, como muchos detractores ya vienen acusando. Se convierte en un ejercicio de sincronía perfecto. Ejemplo real de que el feminismo abarca mucho más que la lucha por la igualdad real o el cese de la violencia hacia las mujeres. El ataque al planeta, legitimado por un sistema capitalista, androcéntrico y patriarcal, está también afectando a la vida de las mujeres e interfiere negativamente en su manera de relacionarse con el entorno. Los grandes desastres climáticos de las últimas décadas, el hecho de que sean precisamente las mujeres las que trabajan la tierra para que la masa disfrute de estos recursos, gracias a un capitalismo que se empeña en hacer ricos a unos pocos a costa del esfuerzo de una minoría subyugada y precarizada, ha motivado que el activismo se convierta en la única herramienta para salir de este sistema de producción injusto e invasivo.

Hemos llegado al punto de tener que declarar la emergencia climática, el ecofeminismo llega no para concienciar de que es importante reciclar, comprar bombillas de bajo consumo, reforestar o montar excursiones para sacar plásticos y basura del mar y de paso limpiar también nuestra conciencia. El deterioro que este sistema de producción ha provocado en la naturaleza es irreparable y ya estamos pagando las consecuencias. Desde el ecofeminismo se apuesta por un cambio radical del sistema, abandonar la estructura en la que el capital está gestando beneficios sobreexplotando para ello los recursos naturales y humanos.

Hasta que un alimento, una prenda de ropa o cualquier objeto llega a nuestras manos ha pasado por todo un proceso, en el que la persona encargada de obtener la materia prima ha sido la peor remunerada. Mano de obra barata, precaria, que ejecuta población vulnerable (mujeres y niños/as) y que jamás tendrá acceso al producto final. El capital se encarga de cebar económicamente un proceso en el que el consumidor final es el que paga por un bien o servicio que ha sido articulado desde este circuito salvaje de explotación brutal. En los últimos 20 años, 300.000 campesinas y campesinos indios se han suicidado por las deudas, de acuerdo con la Oficina Nacional de Estadísticas del Crimen de India; y, según la OMS, 200.000 personas en el mundo mueren envenenadas por pesticidas cada año.

Después de 45 años desde que se habló por primera vez de ecofeminismo, los informativos abren con la cara de Greta o Jane, para recordarnos que las mujeres seguimos abonadas a la lucha pacífica, al activismo social. Existe una conexión real entre la degradación del entorno y la subordinación de la mujeres. No podemos perder de vista que seguir alimentando a la bestia acabará con cualquier resquicio de humanidad. Que esa imagen que ya nos ofrecía Rubens en 1636 de Saturno devorando a su hijo, deberíamos traerla más veces a la memoria. Para no perder de vista quién engulle a quién.


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