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Tribuna

El cortijo andaluz de los terratenientes socialistas

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20 nov 2019 / 11:11 h - Actualizado: 20 nov 2019 / 11:15 h.
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  • El cortijo andaluz de los terratenientes socialistas

Como ejemplo de una buena familia adinerada, las generaciones de los socialdemócratas andaluces fueron heredando riqueza, privilegios y un cortijo de numerosas hectáreas de terreno y otras muchas propiedades. La señorial Junta de Andalucía socialista, vendida siempre como casa de trabajadores ha sido sin lugar a dudas una mansión de 40 años de obras millonarias para el buen vivir de sus inquilinos.

Las primeras reformas parecían sembrar en sus grandes jardines muchos rosales con perfume obrero que saldrían para entrar por las ventanas de todos los hogares andaluces y traer de nuevo un renacer y una ilusión obsoleta para el sur de España. Desde que amanecía, la casa era un no parar de idas y venidas de los llamados a la salvación de todos aquellos que los habían puesto a vivir ahí. Qué libres éramos e íbamos a ser.

El primer inquilino ignoraba, o tal vez no, que sus compañeros de viaje (sus trabajadores) iban a ser los mismos, incluso serían más y los que él siempre quisiera para seguir haciendo a ese pueblo cada vez más libre. Todo empezó y todo se fraguó de una sutil, pero a la vez inteligente forma para que nadie dudara de que pudiera haber alguna vez “listas negras”.

“Andalucía es una de las regiones con mayor capacidad de prosperar”, decían a viva voz por las ventanas del cortijo. Esas palabras llegaban a los oídos de todo el pueblo. El pueblo creyó y siguió mejorando sin saberlo, la gran fortuna de los autodenominados salvadores de la clase proletaria.

Pasaron los años y el cortijo comienza a ser mansión. Todo favorece a los entresijos del partido único. El que se había conseguido el afecto y la estima de los andaluces más mayores. Aquéllos que habían perdido todo, incluso a sus familiares por el camino. Con ello, consiguieron la libertad y hasta se sentían orgullosos de hablar andaluz cuando una televisión bajaba para entretener a los señores de la meseta. Esos señores estudiados que se divertían con el analfabeto andaluz de campo, ya no nos importaba. Nosotros estábamos salvados. Éramos los de antes, ya no teníamos el yugo de la derecha. Nos veían de otra manera. Teníamos una autonomía que habíamos elegido y nos hacía iguales a ellos.

Aquellos hombres de pana, entraban y salían de la mansión con aires de más confianza y altivez. Porque la pana, parecía convertirse en terciopelo de alta costura. El tinglado iba a mejor y cada vez con más trabajadores. En realidad, eran fantasmas y organizaban cursos de formación a los que la gente, tal y como llegaba se iba, porque allí no aparecía nadie. No importaba. El apoyo lo seguían teniendo y el cortijo tenía que seguir creciendo.

Todo el viento parecía ir a favor hasta que con el desgaste del tiempo, ya no se las prometían tan felices. El pueblo parecía despertar asqueado de tener que pagar tantos viajes, tanta servidumbre enchufada. Más de 24.000, con un coste de 6.000 millones al año. Y para no decir, las oficinas de la casa. 243.000 funcionarios, familiares en paro de los inquilinos (a dedo en la jerga coloquial) que se podían seguir manteniendo con los votos de los trabajadores del campo y el famoso PER que era los que los había hecho dignos. Ser reconocidos, gracias a los patrones del cortijo.

La casa ha tenido varios dueños, varias generaciones de la misma familia. Pero todos con la misma idiosincrasia, con la misma fachada humilde, pero con la misma alma de ricos. Los terratenientes de siempre disfrazados de salvadores de la patria. Qué lástima de mi Andalucía, de la nuestra, de las tierras donde se construyeron la mansión aquellos desaliñados, pero inteligentes dirigentes.

Chaves, el abuelo. Griñán, el nieto que, por aquello del feminismo como oleada de la época, tuvo la decencia de dejar a una hija: la Señorita Díaz. El cortijo va con los tiempos. Son ellos, los socialistas, los igualitarios, los feministas, los progres. Da igual que no pudiéramos tener los medicamentos que necesitábamos. Ellos sabían cuales eran mejores para todos nosotros. Al final gracias a ellos fuimos libres y volvimos a ser los que fuimos.

Cara de póker. O mejor dicho y en andaluz: “Cara de chufla” se nos ha quedado a todos. Se le ha quedado a mi pueblo, a mi gente. Vaya vida de ricos a costa de nosotros. Los terratenientes que un día creímos desterrar, volvieron a gobernarnos 40 años más. Y nosotros sin saberlo. O sin querer verlo.

María Camúñez Ruiz es periodista.


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