domingo, 24 mayo 2020
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El cuento de los perros

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
24 mar 2020 / 01:59 h - Actualizado: 24 mar 2020 / 02:03 h.
"Salud pública"
  • El cuento de los perros

En cuanto al presidente del Gobierno se le escapó, en su anuncio del estado de alarma, lo de pasear al perrito, tuve la convicción de que aquello iba a provocar cierto cachondeo. Me equivoqué, porque como hay tanta gente que nunca entiende nada o que se especializa en no querer entender, enseguida se tomaron a mejor guasa lo de las peluquerías. De modo que lo del perrito no provocó una furibunda broma contra Pedro Sánchez, sino un vergonzante chiste interno, una cómplice cascada de bromas en torno al alquiler de perritos con la excusa de dar una vuelta, como si todo esto fuera un enorme juego en el que buscarles las vueltas a las autoridades para reírnos a espaldas de no sé quiénes, probablemente de nosotros mismos.

El caso es que el presidente, después de que le insistieran tanto en las excepciones, se salvó de ciertas críticas animalistas en un país donde existen bastantes más perros que niños, pero nadie se ha acordado hasta ahora de la infancia. Y lo cierto es que tenemos como a diez millones de niños encerrados en este país, a cal y canto, haciendo más deberes incluso que cuando asistían a clase, mientras a los dueños de ciertas mascotas no les falta el paseo tres veces cada día, como las comidas. A los dueños de ciertas mascotas, supongo, no se les puede tener confinados tanto tiempo en casa. A los niños, sí. También lo supongo. Porque no me atrevo ya a afirmar nada en un país de gente tan entendida, tan experta, tan sabia, tan capitanes a posteriori por doquier.

En solo unos días no solo han proliferado los políticos caseros, los científicos caseros, los médicos caseros y los estadistas internacionales caseros, sino una horda de investigadores privadores por cuenta propia, con mucho oficio, pero sin beneficio aparente, permanentemente implicados en el descubrimiento de algún caso de infectado en su barrio, en su municipio o en su comarca. Pero si tanta gente como se preocupa por saber si hay o no -olfateando, olfateando como si le fuera la vida en ello- un caso de coronavirus aquí o allá, se preocupara más por no darle tanto paseo al perrito como nunca le dio y otras licencias inexplicables en los tiempos que corren, a todos nos iría mucho mejor, en casa, que es donde nos tenemos que quedar de una puñetera vez.

Porque si alguien tiene el virus, está aislado en el hospital, bajo el cuidado de unos héroes que ponen en peligro su vida cada día no para que les montemos el espectáculo de los aplausos cada tarde -que también por ahí se cuelan las indisciplinas insolidarias-, sino para que los respetemos precisamente quedándonos en casa y así evitar que a los hospitales lleguen más casos aún de los que van a llegar.

De nosotros, en fin, debería depender que también estén donde tienen que estar la intimidad y el honor de quienes lo pasan mal y sus familias. Demasiadas veces el saber estar y el respeto se demuestran mucho más con el silencio que con palabras de más.


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