Los medios y los días

El fascismo catalán

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24 jun 2022 / 04:00 h - Actualizado: 24 jun 2022 / 04:00 h.
"Los medios y los días"
  • El fascismo catalán

Hay un fascismo en Cataluña y no es Vox. Es el nacionalismo de la Generalitat y de los partidos independentistas radicales, los que en nombre de la supuesta identidad catalana obligan a los niños a estudiar bajo la metodología del odio y a ellos y a la gente a hablar como no les hace falta o a llevar un pin o símbolos que no desean y humillan y agreden a quienes portan otros. En las pasadas Navidades me visitaron unos familiares catalanes y me insistían para que viajara de nuevo allí. Les dije que a menos que fuera muy necesario no iría porque no me gusta ese ambiente fascista que a primera vista no se ve, incluso se ve otro distinto, pero que sufren en los colegios y en la universidad, sin ir más lejos.

Hablaba hace poco con una madre sevillana que ha regresado a su tierra desde Cataluña. Me decía que su hija está ahora muy contenta en el colegio “porque como lo había pasado tan mal en Gerona...” y eso, añadía, que “Gerona es muy bonita”. Le pregunté como es lógico la causa de que lo hubiera pasado mal y me contó lo de España contra Cataluña, los profesores adoctrinando, la niña, que ya es adolescente, llegando a casa cuando era pequeña y diciéndoles a sus padres que abajo España, y les mostraba con su puño el signo con el dedo gordo hacia abajo, el mismo signo que, según las películas, empleaban las autoridades de la Roma clásica para mandar a la muerte a cualquier gladiador que estaba ya con la punta del arma del vencedor en la garganta.

Había que portar el lacito amarillo de la amnistía para los condenados por la justicia a causa de la rebelión independentista y, por supuesto, quienes se atrevieran a colocarse un distintivo con la bandera española, aunque fuera pequeño, que se atuvieran a las consecuencias. Qué mal rollo, no hablo nunca con mi familia catalana sobre este asunto y aun así en una ocasión sufrí, allí, en Cataluña, algunos insultos procedentes de los sujetos peores, de los andaluces conversos e ignorantes que se arriman al sol que más calienta. A mí eso no me importa porque no insulta quien quiere sino quien puede y aquel desgraciado no tenía ni media bofetada cultural. Lo que me afecta es lo de la niña, su madre es de toda confianza y credibilidad, durante su estancia en Cataluña con su hija y su marido, aprendió catalán como se ve obligado mucho personal. Ahora trabaja en Sevilla, aquí seremos todo lo ombliguistas que queramos y tenemos bastantes defectos, pero no estamos cegados por ese mal que domina al humano y lo sumerge más aún en su miedo y en su egoísmo innato: el nacionalismo.

He respirado profundamente y con satisfacción cuando he visto los resultados electorales de los nacionalistas andaluces, esas formaciones de pitiminí, cuatro gatos que se supone que desean una Andalucía libre, ¿de qué? ¿De los propios andaluces? Ese nacionalismo lo manipula todo empezando por la Historia y acaba obligándonos a tragar con la bandera verdiblanca, el himno y Blas Infante hasta en la sopa, cuando todo eso es interesante pero históricamente secundario.

Antes era obligarte a poner el brazo extendido y cantar el Cara al sol, ahora la parafernalia catalana; antes la estrella para distinguir a los judíos de quienes no lo eran, ahora los lacitos para que se sepa quiénes son de raza superior y quienes son españoles o catalano-españoles. El nacionalismo radical es la expresión máxima de la cobardía ante el mundo, el retrotraimiento hacia señas de identidad por lo general inventadas para así refugiarse del frío que les da la solidaridad entre las culturas. A los cobardes ante la vida les es necesario adoctrinar a una niña para salvarse ellos, se refugian bajo las faldas de una pequeña porque son simplemente niños a los que también han adoctrinado desde las alturas de los intereses político-económicos con los que se disfraza el nacionalismo excluyente.


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