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El Ficus y la confusión religiosa

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20 ago 2022 / 20:56 h - Actualizado: 20 ago 2022 / 20:57 h.
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  • El Ficus y la confusión religiosa

Ya salió.

Ya salió la reacción. Y la reacción cuando es reacción aparece de forma inopinada, fuera de lugar, en este caso para colocarse frente a la lógica y al deseo mayoritario del barrio y de toda Sevilla y defender el crimen de talar al árbol. Menos mal que, estando como está en poder de la orden dominica, se han limitado a defender la tala plena y no han pedido su “purificación” mediante el fuego, el sacrificio del árbol que, declarado o no, es un bien de interés ecológico y por lo tanto cultural. Ya aquello de “las personas son más importantes que los pajaritos” quedó obsoleto. Obsoleto, muestra de incultura supina y ataque frontal a la vida animal y humana, porque, no se olvide, salvar la naturaleza es salvar al ser humano.

Las asociaciones y hermandades de Triana que se han manifestado a favor de la tala total del ficus no deben haber pensado, no han sido capaces de valorar que los árboles cambian el CO2 por oxígeno, con lo cual las plantas nos permiten respirar y su ausencia nos priva de una atmósfera limpia y nos deja al socaire de enfermedades respiratorias y otros graves males. Quien se opone a la existencia de árboles, ya sea por incendios intencionados o talas injustificadas, se está haciendo responsable de una parte de los males más perniciosos que afectan ya a la humanidad de forma grave. Esto es lo primero que debería tener en cuenta quien quiera ser justo y respetuoso con el derecho de todos los seres vivos a respirar, primera necesidad de animales y plantas, seres humanos incluidos. Esas asociaciones y esas hermandades se han manifestado en contra de unas ramas y hojas que protegen el suelo cuando la lluvia es muy fuerte. Sin embargo el ficus, antes de su intento de asesinato y después si conseguimos recuperarlo, es más sensato y generoso que muchos seres humanos, porque igual que protegió del sol a los policías que fueron con todo su celo a impedir que se le pudiera proteger, seguirá produciendo oxígeno para que respiremos todos, incluidos quienes claman por su desaparición seguirá sujetando el suelo e impidiendo que la lluvia torrencial arrastre la tierra o cause daños graves en el pavimento.

Si sus raíces pudieran haber infligido algún daño a la iglesia, no será suya la culpa, sino de quienes, teniendo el deber y el compromiso de cuidarlo y conducirlo de forma adecuada, lo han dejado abandonado durante años y décadas. Con lo cual los defensores de su desaparición echan una doble, o quizás triple falta a sus espaldas: porque a la falta de cuidados que toda planta vegetal necesita, ahora en vez de asumir su culpa sólo tienen mente para intentar la muerte de quien existe para ayudarnos.

Algo ha tenido de no negativo el posicionamiento de esas asociaciones y hermandades, menos mal: al parecer no han lamentado ningún ataque a las verdades inconmovibles de la fe. Porque no es cuestión de fe sino una realidad tangible e indiscutible que un árbol es un bien para la ciudad y para la humanidad, es cuestión de lógica, de inteligencia racional y razonable. Nadie ha faltado el respeto ni a la Iglesia, ni a la orden dominica, ni al párroco de la Parroquia de San Jacinto. La defensa de un bien común como es un árbol centenario no es un ataque a ninguna institución, sino una defensa de los derechos más elementales de la especie humana. Ponerse en contra de esos derechos sí constituye un verdadero problema y es una grave responsabilidad asumida voluntariamente por quien se pone en contra. Por quien no respeta el derecho a respirar y otros beneficios para el ser humano, bastante castigado ya con la deriva consecuencia de las acciones todas desgraciadas y la mayoría punibles contra la naturaleza, cuya consecuencia más inmediata es el brutal ataque a la salud. Y no se diga que si “queremos culpar de todos los males a quitar un árbol”, porque ese árbol es una más de las acciones que están degradando la salud del planeta, que es la salud de todos nosotros.


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