La Tostá

El fresquito en Palomares del Río

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
02 ago 2022 / 09:54 h - Actualizado: 02 ago 2022 / 09:56 h.
"La Tostá"
  • Una vecina pasea por una calle de Palomares del Río.
    Una vecina pasea por una calle de Palomares del Río.

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Alguna vez conté que de niño, viviendo en Palomares del Río, combatía el calor metiéndome en las alcantarillas de la carretera de Almensilla, los tubos que evitaban que los olivares se anegaran en invierno, que llovía bastante más que ahora. Vivíamos en una casita con techo de uralita y en verano era imposible dormir después del almuerzo. Recuerdo verme en aquellas alcantarillas que atravesaban la carretera disfrutando del fresquito junto a conejos, culebras y lagartos jadeantes. No obstante, en aquellos años, los sesenta, se hablaba poco del calor porque era algo natural, como lo era que en invierno se crearan lagunas en Mampela y el Cucadero, de tanto como llovía, y que hiciera mucho frío debajo de la uralita, en una vivienda con las paredes muy endebles y sin ningún aislamiento. Nuestra casa no era de adobe, sino de ladrillos, así que en invierno se podían curar jamones. Lo curioso es que jamás entró un jamón en aquella casa. Alguna vez, un hueso del Molino con el que mi madre hacía unos caldos que nos ayudaban a combatir el frío. Los veranos eran duros, pero en el campo hay muchas maneras de refrescarse. Además de las alcantarillas se buscaban mucho la sombra de los olivos o los árboles frutales de las huertas, las albercas y los caños de agua. Se bebía el agua en búcaro, sacada del cántaro o el pozo. O sea, era todo más natural que ahora, que abusamos del aire acondicionado y el agua casi congelada del frigorífico. Pero además, en Palomares había matos de sandías y en verano solía haberlas siempre en casa, unas veces compradas y otras rebuscadas en el mato de Guillén. Nunca robadas, porque el Cabo Benito no dormía jamás la siesta y andaba de noche por el campo como un fantasma con capa y tricornio. Los niños buscábamos el carro de la nieve, que llevaba unas barras a las tabernas como tablas de andamio. Aprovechaba que entraban en un bar con la barra al hombro y me llevaba los cachos de nieve que se caían al suelo, que eran como polos, pero sin sabor alguno. Ni azúcar. No todos los niños de Palomares nos podíamos permitir el lujo de comprar aquellos napolitanos del vendedor ambulante de polos que solía ir en verano al pueblo. Entonces, el carro o camión de la nieve era nuestra salvación. Y así pasábamos los veranos, buscando el fresco en las alcantarillas, asaltando el mato de Guillén o el camión de la nieve, bebiendo en el búcaro y, sobre todo, no hablando del calor. La mejor manera de combatirlo es no hablar de él sino de cualquier otra cosa. ¿Han visto alguna vez a dos pingüinos hablando del frío por la mañana al levantarse? Piensen en ello.


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