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El laberinto palestino

Abbas ha esperado su momento para recuperar el poder en Gaza, buscando con ahínco el favor de la Casa Blanca como un hombre fuerte dispuesto a confrontar a Hamas, que permanece en las listas negras de organizaciones terroristas de las instituciones occidentales

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29 sep 2017 / 22:30 h - Actualizado: 29 sep 2017 / 22:30 h.
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Hace pocos días, Hamas se comprometió a disolver el comité administrativo que dirige la Franja de Gaza y expresó su voluntad de celebrar elecciones generales en un intento de reconciliarse con su partido político rival de Fatah en Cisjordania ocupada. Aunque su disolución se ha presentado como un paso hacia la reconciliación, hay voces que dicen que no ha sido más que un truco de relaciones públicas en la lucha de poder entre las dos partes.

La medida, en todo caso, es el resultado de la campaña emprendida desde Ramala por el octogenario presidente Mahmoud Abbas para derrocar a Hamas, a quien el movimiento islamista derrotó como candidato de Fatah en elecciones democráticas en 2006. Apoyado por Estados Unidos y la comunidad internacional, y alentado por Tel Aviv, Abbas entonces dio por nulos los resultados, instigó el enfrentamiento civil y se propuso acabar con sus rivales por la fuerza. El intento de golpe fue aplastado, dejando a Hamas en completo control de la Franja.

Desde entonces, Abbas ha esperado su momento para recuperar el poder en Gaza, buscando con ahínco el favor de la Casa Blanca como un hombre fuerte dispuesto a confrontar a Hamas, un movimiento que permanece en todas las listas negras de organizaciones terroristas de las instituciones occidentales.

Para Abbas, las condiciones desesperadas en Gaza parecen ofrecer un escenario idóneo en el que poder socavar la estabilidad del régimen de Hamas. A lo largo de una década de sofocante bloqueo, guerras periódicas y disminución de la calidad de vida, la situación de los dos millones de habitantes de la Franja nunca ha sido peor. Arrinconada y con las arcas vacías, Hamas ya no puede confiar en la ayuda de países como Qatar, que ahora tiene que afrontar nada menos que el embargo por parte de Arabia Saudí. En la medida de que sus ingresos dependen ahora de la capacidad de recaudar impuestos, el gobierno islámico ha optado por elevar de forma abrupta los impuestos y tasas poniendo en una situación límite la economía de una población exhausta.

Con el objetivo de intensificar la crisis y desencadenar una protesta masiva, Abbas redujo los salarios hasta un 70% para los funcionarios públicos, detuvo la transferencia de los ingresos del IVA de las mercancías que entran en la Franja y el suministro de combustible diésel para las centrales eléctricas y oficialmente pidió a Israel que dejara de transmitir electricidad a través de sus líneas. Desde abril, los apagones se han vuelto crónicos, con cortes que se prolongan por veinte horas al día o más, Y con efectos en cadena que impiden el suministro de agua potable y paralizan el funcionamiento de plantas de tratamiento de aguas residuales. Cada día, 90 millones de litros de residuos sin tratar desembocan en el Mediterráneo y contaminan todo el litoral, incluido el israelí.

Desde que la política de castigo colectivo de Abbas entró en vigor, más de la mitad de los pacientes que requieren atención de urgencia fuera de Gaza han visto sus permisos denegados o retrasados, no ya (sólo) por Israel, sino por la Autoridad Palestina. Las estadísticas de junio de la Organización Mundial de la Salud indican un 80% de reducción en los permisos, aunque la Autoridad Nacional Palestina niegue tener ninguna responsabilidad en ello.

En marzo, Hamas estableció un comité administrativo para dirigir los asuntos en Gaza y tratar de hacer frente a las medidas impuestas por Ramallah en la Franja, pero eso no ha evitado que Hamas se tambalee en el abismo, la desesperación de su situación marcada por las conversaciones en curso con Mohammed Dahlan, quien como jefe de inteligencia de la Autoridad Palestina en Gaza encabezó un campaña contra los islamistas durante la década de 1990, con escuadrones de la muerte y tortura. Los enemigos, una vez mortales, han comenzado a explorar una alianza táctica basada en una convergencia de intereses.

Las conversaciones con los representantes de Hamas han explorado un posible acuerdo: la apertura del paso fronterizo de Rafah a Egipto, que ha sido sellado herméticamente durante el período consecutivo más largo desde que comenzó el bloqueo; la financiación de los Emiratos Árabes Unidos para una nueva central eléctrica; y la asunción de las responsabilidades administrativas por los enviados de Dahlan. Tal escenario permitiría a Dahlan presentarse como hombre bueno, benefactor del pueblo de Gaza, y deshacerse de la imagen de tipo brutal, amén de corrupto, ampliando así su base de apoyo, limpiando su imagen los medios de comunicación, y situando el escenario para heredar la corona de Abbas como un líder capaz de controlar tanto Gaza como Cisjordania simultáneamente.

Queda la duda de si Hamas y su antiguo enemigo podrán al final forjar una colaboración antagónica, que produzca por lo menos un respiro a la agonía de Gaza. Lo cierto es que Hamas no puede sobrevivir en esta situación y que la renuncia al control de Gaza supondría su fin como movimiento político y militar. Es un movimiento con raíces profundas en la sociedad, y preservar esa base significa satisfacer las necesidades a corto plazo de la población. Frustrado y encerrado, Hamas está llegando a un punto en el que la escalada de la violencia con Israel podría ser vista como la única forma de crear una nueva dinámica que le saque del atolladero.

Desprovisto de una visión estratégica coherente a largo plazo, el enfoque de Israel hacia Hamas se basa en que el conflicto no puede ser resuelto, pero que basta con periódicamente destruir su capacidad militar para condicionar su poder. Al mismo tiempo, se ha cuidado de hacer colapsar el régimen de Hamas por temor a que enemigos más radicales pudieran llenar el vacío.

En este contexto, la apuesta política de Abbas es a todo o nada: Está llevando a la población gazatí a una situación humanitaria muy complicada, en aras de que Hamas acepte la reconciliación. Si ésta se produjera, la hoja de ruta llevaría a la incorporación de Hamas a la OLP y luego a las elecciones presidenciales en Cisjordania y Gaza, creando las precondiciones necesarias para forzar a Israel a entablar negociaciones de Paz y dejar el acuerdo con Israel como su legado perdurable. Si por el contrario, Hamas se resistiese a ceder el control de la Franja, la política de Abbas podría tornarse en el desencadenante definitivo del desastre humanitario de una nueva campaña israelí en la Franja de Gaza, cuyas consecuencias políticas serían difícilmente predecibles.


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