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La Tostá

El Mani a la luz de la candela

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
04 nov 2020 / 20:31 h - Actualizado: 04 nov 2020 / 20:41 h.
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  • El Mani.
    El Mani.

Mi primer recuerdo de José Manuel Rodríguez Olivares El Mani, es de cuando yo cantaba sevillanas y a veces lo veía por la Plaza de España, los domingos, cantando cosas de Los Hermanos Reyes, Los Amigos de Gines o Los Romeros, con una voz redonda y potente que hacía bailar al Giraldillo. Era un chaval lleno de vida que luego, en poco tiempo, saltaría a la fama con el pelotazo de Candela, candela, del desaparecido Tate Montoya (1988), con el que obtuvo un disco de platino. Aquel fue el éxito de su carrera y su lanzamiento definitivo como artista ya consolidado y en plena fiebre de las sevillanas. Es curioso que si buscas en Google algo de información de estas sevillanas las cataloguen como canción pop, siendo una de las piezas más flamencas del género. La sevillana no es un palo del flamenco, se pongan como se pongan algunos estudiosos, pero muchas de las grandes figuras del cante, tanto cantaores como cantaoras, las han cantado desde hace más de un siglo y en algunos casos con un baño de oro flamenco que han quedado como joyas. Podemos poner como ejemplos algunas de las grabadas por la Niña de los Peines, Paco Toronjo, Camarón o Paco Taranto. El Mani tenía una voz muy flamenca, de cantaor de tabanco, potente y bien timbrada, que le servía también para cantar fandangos de Huelva o una zambra caracolera. Valderrama le dijo un día, en mi presencia y ante Ángel Peralta y Enrique Montoya, que era el Centeno de las sevillanas, y se lo agradeció con una anchurosa sonrisa aljarafeña. Esa sonrisa de El Mani que espantaba las penas y abría las ventanas de la felicidad. Estos días he sufrido mucho viendo cómo lo enterraban cada día en las redes sociales, aún con vida. Se lo ha puesto difícil a La Pálida, aunque llevaba tiempo queriéndoselo llevar a su planeta de turrón. José Manuel ha vivido a su aire, como le ha dado la gana, comiendo lo que le apetecía y disfrutando libremente de todos los demás placeres de la vida. Se ha ido joven, demasiado, pero que le quiten lo bailado y lo reído. Ahí ha quedado eso, maestro, una obra musical marcada por una personalidad única dentro de un género donde no era fácil dejar huella, porque ha dado a muchos genios.


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