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El martirio de los haitianos

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29 sep 2021 / 06:34 h - Actualizado: 29 sep 2021 / 07:55 h.
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  • Foto: EFE
    Foto: EFE

Las repugnantes imágenes de guardias fronterizos estadounidenses, montados a caballo, repeliendo sin piedad a unos migrantes haitianos que estuvieron detenidos y apilados durante varios días debajo de un puente de la localidad de Del Río en Texas, lugar limítrofe con México, han dado la vuelta al mundo y provocado la renuncia voluntaria, el pasado 22 de septiembre, mediante una carta dirigida al Secretario de Estado, Antony Blinken, del enviado especial en Haití de la Administración norteamericana, Daniel Foote. Foote ha dimitido mostrándose contrario a apoyar las expulsiones masivas e inhumanas de estos millares de refugiados, alegando además el incierto futuro que depara a estos a su llegada a Haití. Mucha gente se pregunta cómo una nación que se vanagloria de ser la primera democracia del mundo puede abrigar en su seno a unos policías con estos comportamientos que recuerdan cuando los negros eran tratados como cabezas de ganado. “Esto es peor de lo que vimos en los días de la esclavitud: cowboys azotando con sus riendas a negros que sólo intentan huir de la violencia en su país”, dijo la congresista demócrata Maxine Waters, quien terminó aseverando: “no estoy contenta con el Gobierno”. La decisión tomada por la Administración estadounidense de devolver de forma escalonada a Haití a estos haitianos genera pavor, debido a la situación de inseguridad creciente y ante la falta de expectativas que presenta el país y que obliga a muchos de sus ciudadanos a escoger el camino del exilio.

La tesitura de estos migrantes es, sin duda, extremadamente complicada y es el producto del dramático día a día que vive su tierra de origen desde hace varios decenios, pasando por las catástrofes naturales, como el terremoto del año 2010, que se saldó con el balance de 300.000 muertos, los huracanes y el seísmo del pasado mes de agosto, aliadas a la endémica e inestable política del país, caracterizada por la mala administración, la incuria y la insolente corrupción de sus dirigentes. Esta situación está agudizada por el fenómeno de la “gangocracia”, proliferación de bandas civiles armadas bien organizadas que imperan en Haití, planeando impunemente extorsiones,violaciones sexuales, secuestros y atroces crímenes, fundamentalmente en Puerto Príncipe, la capital, y por el reciente asesinato del Presidente Jovenel Moïse, en su residencia privada, por un comando el último 7 de julio. El regreso forzado a Haití de estos refugiados representa un serio problema, no tanto para el gobierno haitiano, que parece gobernar de espaldas a los intereses y al bienestar del pueblo, sino más bien para el propio grupo de deportados, angustiado y extremadamente preocupado por su suerte tras su obligado regreso al país. Es importante señalar la impotencia y la enorme frustración de estos ciudadanos que han recorrido miles de kilómetros desde Brasil o Chile, atravesando en duras condiciones distintas naciones para alcanzar la frontera de los EE.UU., viendo con una profunda amargura fracasar, en un abrir y cerrar de ojos, su aventura al no poder materializar este tan acariciado sueño. Sin embargo, pese al fiasco de sus compatriotas, hay un importante número de haitianos asentados en la ciudad colombiana de Necoclí que no pierden el aliento y se muestran firmemente decididos a probar su propia suerte, lo que evidencia la enorme desesperación que los habita.

La República de Haití tiene a muchos de sus hijos repartidos por todo el mundo, y el grueso de su población migrante se encuentra radicado en los Estados Unidos, donde una amplia mayoría contribuye con su fuerza y el sudor de su frente, en distintos ámbitos, a levantar y consolidar su economía; y lo que está ocurriendo es una incongruencia y una flagrante falta de aprecio y de solidaridad hacia estos llamados “ilegales” que no albergan otra aspiración que abrirse un camino que les permita construir un futuro prometedor. Conviene destacar que mientras los haitianos son deportados, los afganos, por el contrario, están bien considerados y son recibidos por huir de la llegada de los talibanes al poder; situación que en muchos aspectos guarda un enorme parecido con el caso haitiano. Son, incuestionablemente, dos crisis migratorias. Por último, poner el acento sobre el comportamiento, poco frecuente, de un emisario norteamericano: el del consecuente señor Foote, que se ha posicionado en contra de la política de los Estados Unidos, renunciando a su puesto, y tomando partido en su misiva al jefe de la diplomacia norteamericana al declararse

a favor de la no repatriación de estos indocumentados a “un país donde los funcionarios estadounidenses están confinados en instalaciones blindadas debido al peligro que representan las bandas armadas que controlan la vida cotidiana”.

Elevemos nuestra voz para formular nuestra más enérgica condena a estas actuaciones que conculcan de manera punzante e hiriente los más elementales derechos humanos.


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