El mensaje de Nausica

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17 jul 2018 / 20:34 h - Actualizado: 17 jul 2018 / 22:05 h.
"La última (historia)"

Los periódicos nos traen cada día noticias de esas que van contra la Razón que comenzó a nacer antes de que el ser humano entrara en la Historia y fructificara más tarde en una Ética tan primaria como la que sólo tenía un enunciado: «No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti».

La simplicidad y limpieza de esa regla contrasta, por un lado, con la dureza con la que, por un lado, se trata en los países ricos de Europa y América a las personas que intentan llegan a sus costas y fronteras en busca de un mundo distinto al de las tierras donde nacieron y vivieron hasta conseguir a duras penas salir de ellas y, por otro, la suavidad manifestada en la convivencia con gamberros indeseables de naciones de alrededor, dedicados a actividades como la del puenting o a borracheras colectivas, prácticas aceptadas dado que dejan dinero en los lugares donde las llevan a cabo. La ganancia es lo que hace poner tanto énfasis en buscar medidas para dejar fuera a los primeros mientras se hace gala de laxismo y permisividad con los segundos. Las páginas de cada día nos muestran, incluso, que en esos países nórdicos a los que siempre tuvimos como ejemplos de lo que debía ser el bienestar y la convivencia se está deteniendo a los mendigos extranjeros mientras se deja libres a aquellos que son de la tierra. Así de simples y de crueles son los hechos con los nos desayunamos.

Puede que, a fuerza de creernos superiores a quienes vivieron en épocas pasadas hayamos olvidado caminos de conducta mostrados hace milenios, puede que el déficit masivo en el conocimiento de esos a los que antes se llamaba clásicos nos esté conduciendo de nuevo a las cavernas de otro neolítico aunque nos veamos a nosotros mismos como muy modernos al estár rodeados de leyes, normas y decretos urdidos para hacer prevalecer por encima de cualquier razón la intocabilidad de aquello que se considera propio.

Pero hubo quien, hace miles de años, al odio, la xenofobia y al rechazo de los que llegan, no opuso las leyes de una moral cínica y relativa ni las leyes de la exclusividad nacional. A estos males opuso solamente el mensaje de una simple muchacha, la norma de conducta de unos personajes que, instalados en la nuebla del mito, continúan sin embargo señalando una senda.

Hace aproximadamente dos mil setecientos años Homero, al narrar el viaje de Ulises desde Troya a su patria y contarnos que naufragó quedando exhausto en la playa de un país desconocido para él, Feacia, una una tierra feraz y ordenada, gobernada con justicia y prudencia por Alcinoo. Es allí donde lo encuentran desmayado Nausica –la hija del rey– y sus amigas y donde esta, reprende a sus compañeras que se resisten a prestarle cuidados.

Desde entonces hasta hoy el viaje de Ulises ha dado miles de veces la vuelta al mundo mental de los seres humanos y ha irrumpido de tanto en tanto en la literatura casi siempre relacionando al personaje con el esfuerzo por volver a Ítaca y a los valores que crecían al lado del hogar. A fuerza de buscar esa meta, se convirtió lo que no es más que una pequeña isla del Mar Jónico, junto a Cefalonia, en una metáfora que, en el fondo, imponía el concepto de Patria sobre los demás y hacía del viaje las experiencia vital más placentera:

«Si vas a emprender el viaje a Ítaca / pide que tu camino sea largo, / rico en experiencias, en conocimiento», escibía el poeta Cavafis pero el viaje de los miles de desheredados y perseguidos de nuestro siglo no es voluntariamente prolongado ni está cargado de experiencias de las que crean plenitud.

Su periplo se parece mucho más al que llevó a Odiseo a esa playa en la que lo había rrojado la tempestad y en la que lo encontró Nausica. Esta no lo ayuda porque sea un compatriota, uno de los suyos sino porque «no puede haber ser humano que llegue con ánimo hostil a la tierra de los feacios porque somos muy queridos de los dioses y habitamos lejos (de los conflictos)... Este ha llegado aquí como un desdichado después de andar errante y ahora es preciso atenderlo ya que los que buscan asilo y los pobres son de Zeus».

Las razones de la muchacha no provienen del comercio o el consumo, no parten de un bien que no es por ser conveniente, ni mucho menos provienen de las razones de una paz que se ofrece como necesaria para preparar la guerra. Las dicta la convicción de que el recién llegado es necesario para que el país siga siendo una tierra alejada de los intereses particulares.

Es esa la razón por la que los pobres y los que buscan asilo están protegidos no por un dios menor sino por la deidad suprema del Olimpo, por el padre hacedor de todo cuanto existe.

Después de más de dos milenios y medio deberíamos saber que podemos releer a Homero poniendo nuestra nave no rumbo a Ítaca que, al fin y al cabo y por muchos colores con los que se la pinte, no ha dado de sí más que el concepto de Patria engendradora de todas las contiendas sino teniendo en la proa como estrella Polar la Feacia de Nausica, la tierra con el Futuro de un mundo feliz y abierto a todos.


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