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La Tostá

El miedo a morir

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
01 sep 2021 / 07:45 h - Actualizado: 01 sep 2021 / 14:39 h.
"La Tostá"
  • El miedo a morir

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Fue el gran actor neoyorkino Woody Allen quien dijo que no le tenía miedo a la muerte, pero que no quería estar allí cuando sucediera. No soy tan importante, pero pienso igual, aunque no me importaría estar presente cuando suceda. La primera vez que vi a una persona muerta fue en Palomares del Río y tendría 10 o 12 años. Me impactó la funérea escena y estuve meses sin poder quitármela de la cabeza. Cuando moría alguien en el pueblo solía ir a los entierros para ver lápidas en el cementerio. No sé si aquello tendría que ver con la muerte de mi padre cuando no había cumplido aún los tres años. La casa donde vivíamos en Arahal estaba cerca del camposanto, unos cuantos cientos de metros, y recuerdo que alguna vez soñé que me asomaba a la puerta que daba al campo y lo veía venir, pálido, sin vida en los ojos y sin expresión alguna en los labios. Alguien me dijo que es imposible que un niño de solo dos o tres años recordara la muerte de su padre, aunque lo viera muerto en la cama. Creo que sí, que recuerdo algo, flases, el llanto de mi madre junto a la cama y a la gente del pueblo dejando unas monedas en un pañuelo que alguien había puesto encima de la mesita del salón, seguramente porque había que recoger algo para el entierro. Entre lo del pañuelo y la bicicleta vieja que había dejado mi padre se pudo enterrar en el suelo y hacerle una tumba con losas verdes y blancas, que al poco tiempo se acabó hundiendo, supongo que por las fosas de los fusilamientos de la Guerra Civil de 1936. Recuerdo a mi madre hablando un día con el enterrador para que arreglara la tumba, creo que a los dos años de su muerte. Siempre he creído que este era mi primer recuerdo, pero ya sé que el primero fue ver a mi padre muerto, hundido en el colchón de foñico. El pasado mes de abril se cumplieron cinco años de la muerte de mi madre y como hicimos el traslado de sus restos a otro nicho vi desde lejos cómo los metían en una cajita como de zapatos. A eso quedó reducido el cuerpo de la persona más importante de mi vida, en solo cinco años. ¿Cómo le voy a tener miedo alguno a la muerte si he convivido con ella desde muy niño, con la pérdida de tantos seres queridos que se fueron y que no volvieron nunca? No solo no le temo a la muerte, sino tampoco al sufrimiento, a la manera de morir. Si viniera a por mí fuera de compás, con guasa, lo aceptaría como un castigo por lo malo que haya podido hacer en la vida. Un gran amigo artista, que murió hace unos años, se enteró de que tenía un cáncer y que solo se podía salvar sometiéndose a un duro tratamiento de quimioterapia. No lo quiso, prefirió morir sin tratamiento, consciente y con terribles dolores. La última vez que hablamos me dijo, casi sin aliento: “La muerte no es ná, Manué. Lo malo es el miedo a morir y que se te note”.


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