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Viéndolas venir

El nombre que ahora digo

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
13 jul 2019 / 11:14 h - Actualizado: 13 jul 2019 / 11:18 h.
  • El nombre que ahora digo

Pedía Pedro Salinas en La voz a ti debida, seguramente el más impresionante poemario de amor del siglo XX, que su amada se fuera quitando los nombres, los retratos, todo lo que encima le echaron desde antes de nacer, y que él haría lo mismo, para quedarse frente a frente con ese y ese Yo que los adolescentes solían rayar alrededor de un corazón en la corteza de un árbol. Supongo que ahora los ponen de perfil de algo digital...

El caso es que el nombre parece importar poco al enamorado de veras, algo así como el cuerpo al enamorado platónico. Y, sin embargo, todos sabemos que si nuestra pareja se hubiera llamado de otro modo -todo el mundo tiene en su cabeza unos cuantos ejemplos de los peores modos- lo mismo no era nuestra pareja. Con el nombre, más que llamarnos, nos llaman. A nosotros mismos nos basta con el pronombre, con la íntima sensación de identidad que vamos conformándonos a la par que crecemos. Tal vez nos sorprenden cuando nos llaman por nuestro nombre de la misma manera que nos choca oír nuestra voz grabada. A veces no nos reconocemos. Yo conozco a gente que se ha cambiado el nombre en cuanto ha podido. Porque el nombre es otra de tantas cosas que no elegimos, que nos echan encima desde antes de nacer. Como una gracia o como una maldición. Cuando despertamos a la razón, nuestro nombre ya constaba en el libro de familia, en el registro, en la documentación fundamental, en los papeles de los impuestos.

Cuando alguien pregunta por nosotros, sin conocernos, lo único que conoce es nuestro nombre. Y esa simple palabra, esa etiqueta nominal, ya basta para causar una buena o una mala impresión. Nos juzgan a la mitad solo con oír cómo nos llamamos. ¿O es que a nosotros no nos pasa también? Oímos que alguien se llama así, y pensamos que ya empezamos con mal pie, o nos cae estupendamente sin haber cruzado palabra. El mayor debate familiar a la hora de elegir nombre para nuestros hijos no lo provocaban los tantísimos nombres que nos gustaban, sino sobre todo la cantidad de connotaciones que tenían tantos nombres que no nos gustaban por algo. Ese nombre seguro que no le ponemos. Ese, menos. Ese tampoco. Sí, como fulanita, pordiós.

Hubo una época en que se llevaban los nombres estrambóticos de las telenovelas. Luego llegaron los americanismos. Luego los orientalismos. Todo ello compitiendo con esa norma tradicional de repetir el nombre de generación en generación. Ahora, al cabo de tantas modas, resulta que el nombre de niña que encabeza el ranking es María. Y de los niños, Manuel. María y Manuel, como la mayoría de nuestros abuelos. Como volver a nombres incoloros, inodoros... como el agua. “Llamándote María o Manuel llegas a todas partes. Nadie tiene nada que decir de esos nombres”, diría quien yo me sé. Aunque para decir, solo basta imaginación o mala uva, total.


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