Viéndolas venir

El pan nuestro de cada día

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Álvaro Romero @aromerobernal1
24 mar 2022 / 07:38 h - Actualizado: 24 mar 2022 / 07:40 h.
"Viéndolas venir"
  • El pan nuestro de cada día

Decía aquel célebre cuento de Monterroso que, cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Supongo que ahora nos pasa a todos que amanecemos soñando con que el dinosaurio se haya esfumado. Hasta hace muy poco, el dinosaurio se llamaba Covid, y como la realidad ha tenido históricamente la capacidad de superar a la ficción, ahora la pandemia empieza a parecernos una anécdota histórica, pero el dinosaurio sigue entre nosotros, con otras caras y otro color, como si en vez de un dinosaurio fuera un indeseable camaleón que tuviese el poder de transformarse en un grandísimo hijo de Putin, por decir algo, aunque ya sé que se me entiende todo.

El caso es que, mientras ha estado subiendo la luz, el gas, el combustible y el aceite, hemos sido impotentes espectadores al estilo gubernamental. No es ya que llenar el depósito cueste casi el doble que hace un año, sino que muy poca gente piensa en llenarlo –hasta arriba, quiero decir- y quienes deben llenarlo prefieren dejar de conducir. O prefieren o se ven obligados. La luz anda más por las nubes que nunca. La garrafa de aceite de girasol que comprábamos hace solo unas semanas por ocho euros, está ahora a más del doble, de modo que mucha gente fríe ya con aceite de oliva, o ha dejado de freír porque está literalmente frita. El caso es que nada me ha impactado tanto en los últimos días como la subida del precio del pan nuestro de cada día, aunque sea lo más barato. También su subida, porcentualmente, ha sido una pasada, aunque se entienda porque es otro último eslabón de muchas cadenas.

El pan es un símbolo en sí mismo, porque su propio nombre es una metáfora de alimento. El pan que nos echamos a la boca. El pan de nuestros hijos. El pan nuestro de cada día, dánosle hoy, decíamos cuando el pan era pan de verdad. Al pan, pan; y al vino, vino. El pan que traían los niños debajo del brazo. Las penas con pan son menos penas. Yo he sido siempre incapaz de comer sin pan. No sabría qué hacer con la mano izquierda. Hace ya mucho que el pan dejó de tener buena prensa, como les pasó a la leche y a los huevos, a los que les han crecido los enanos porque hoy parece que todo es malo excepto lo que vendan esas cadenas internacionales de comida rápida, que tienen panes, leches y huevos perfectamente plastificados y deben de ser gloria bendita.

El pan ha subido y era lo último que quedaba por subir. Creo que hasta ahora no nos hemos dado cuenta cabalmente de lo gorda que se presenta la crisis que ya tenemos encima. Y cuando lo hemos hecho, resulta que es demasiado tarde para demasiada gente a la que lo que menos le preocupaba era quedarse sin pan. Será difícil que olvidemos esa canallada de Putin de asesinar a gente que hacía cola para comprar el pan.

Europa recibe hoy al presidente de EEUU para ver si este venerable anciano nos vuelve a sacar las castañas del fuego, o el pan del horno. Por aquí constatamos que lo único que parece ir solucionándose es lo que no depende de nadie. La sequía, por ejemplo. Menos da una piedra. Pero menos mal que no solo de pan vive el hombre.


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