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Pasa la vida

El planeta de las decisiones cotidianas

Juan Luis Pavón juanluispavon1 /
24 sep 2019 / 08:11 h - Actualizado: 24 sep 2019 / 08:15 h.
  • El planeta de las decisiones cotidianas

Hay al menos 7.732.266.427 razones para movilizarse con el objetivo de frenar el agravamiento del desequilibrio medioambiental de nuestro planeta. Esa era la cifra de habitantes de la Tierra cuando comencé a escribir este artículo. Siete mil setecientos treinta y dos millones. Cuando usted lo lea, escasas horas después, la población habrá aumentado con 114.000 personas más, cifra resultante de restar entre los 196.000 nacimientos y las 82.000 defunciones que, como promedio, tienen lugar en un solo día. 114.000 razones más para convencerse de que esos recién nacidos tampoco se merecen soportar un hábitat profundamente degradado por mor del modelo económico, productivo y de consumo de sus congéneres a lo largo de siglos y décadas precedentes, detrayendo los recursos naturales como si fueran infinitos, y regenerables sus excesos como por arte de magia.

Desde que hace medio siglo emerge la fundamentación científica y la conciencia ecológica sobre los perjuicios que se causan al planeta y a nosotros mismos, y sobre el riesgo de que no pudieran revertirse si persistía por inercia el enorme crecimiento de las emisiones contaminantes; y desde que en 1992 la celebración en Río de Janeiro de la Cumbre de la Tierra globalizó el conocimiento sobre lo que estaba en juego, se han llevado a cabo centenares de miles de millones de decisiones que han dado la espalda a esa verdad incómoda y que han contribuido a agrandar el problema, por activa o por pasiva. Lo han hecho gobiernos, instituciones, bancos, empresas, municipios, colectivos, familias, individuos. Obviamente, las culpas no pueden repartirse por igual para responsabilizar sobre el agujero de la capa de ozono o sobre el mar de microplásticos. Pero todos podemos recapitular las grandes y pequeñas decisiones en que hemos incurrido a solas o en comandita para ser correa de transmisión de dinámicas medioambientalmente insostenibles, pese a que teníamos fácil acceso a información para discernir sobre sus consecuencias y sus alternativas.

A mi juicio, la mejor estrategia para forzar a los poderes fácticos a reconvertir de inmediato la producción de energía y de materiales perjudiciales no es mediante una convocatoria de huelga general. Esa es una medida de presión para los conflictos laborales, para la precariedad profesional, para garantizar pensiones dignas. Y no para proponer a los escolares que no vayan los viernes a las aulas. Lo que nos ha abocado a respirar polución y a la desaparición de los glaciares no es la enseñanza, sino la indolencia. La juventud ha de liderar la contestación y la movilización, y tiene cada semana muchos momentos disponibles, sin necesidad de desertar de las clases, para manifestarse en las calles y ante las instituciones, abanderar que otro mundo es posible, rebelarse contra el inmovilismo y protagonizar los telediarios y las redes sociales.

Es mucho más sostenible incorporar a la vida interna de los colegios e institutos en varias asignaturas, y con datos objetivos, la encrucijada que vivimos como civilización. Atañe a geografía, historia, economía, filosofía, biología, física, matemáticas... Es materia idónea para actividad bilingüe. Y para participar en proyectos digitales de sensibilización y aprendizaje en colaboración con centros educativos de otros países, como respalda el programa Erasmus+ de la Comisión Europea a través de convocatorias como los proyectos eTwinning. Y también para plantear en el orden del día de las reuniones con padres y madres de alumnos qué decisiones tomar con el fin de que el microcosmos de un centro educativo, hacia dentro y en relación con su entorno (medios de transporte, alimentación, materiales, instalaciones, consumo energético, climatización, actividades, reutilización, reciclaje,...) evolucione en todas sus vertientes.

El gran cambio de mentalidad, la transición sobre nuestro lugar en el mundo, es aplicar a diario la perspectiva ambiental al planeta de las decisiones cotidianas. Todas las que dependen de nosotros, y son muchísimas, e interiorizarlo con toda naturalidad. En el hogar y en las tiendas. En la oficina y en el ocio. En las urnas parlamentarias y en la elección de proveedores: bancos, seguros, telefonía... En el mercado y en las vacaciones. Comporta depurar el catálogo de comodidades para mantener solo las saludables, y propugnar que no se dejen tirados ni a los conciudadanos más vinculados a sectores empresariales cuya reconversión es tan previsible como inevitable, ni a los países más pobres donde los efectos del cambio climático pueden ser la gota que colme el vaso para desencadenar éxodos de proporciones gigantescas.

El Fondo Monetario Internacional, que no es sospechoso de anticapitalista, estima que el dinero oculto en paraísos fiscales asciende a 6,3 billones de euros. Con esa inmensa cantidad de fondos que eluden el pago de impuestos se puede encarrilar el proceso de descarbonización de nuestro modelo de vida. Ahí está la prueba del algodón sobre la voluntad real o no de rectificación del rumbo en la gobernanza de nuestra civilización.


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