El regalo de López-Hidalgo

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24 may 2022 / 19:48 h - Actualizado: 24 may 2022 / 19:51 h.
  •  Antonio López-Hidalgo.
    Antonio López-Hidalgo.

-¿Conoces a Reverte?
-No tengo el gusto
-¿Pero sabes quién es?
-Claro, el escritor
-No, pero no Pérez Reverte...
-No, Javier Reverte
-Eso es. ¿Te gustaría conocerlo?
-Claro
-Pues venga, vamos.
-Pero, ¿ahora? ¿De verdad?
-Que sí, de verdad.

Salimos del aula y nos metimos flechados en el ascensor en silencio, rumbo a la cuarta planta de la Facultad. La estampa era curiosa, un señor canoso y con ojos vivos de resplandor celeste, mirando al techo, con cara de espera. La mía era un auténtico poema, una mezcla entre incredulidad y alegría. Lo extraño era que hasta hacía unos minutos yo estaba sentada en la primera fila de la clase de redacción, escribiendo, mientras él corregía trabajos en su mesa e intercambiaba algunos comentarios con nosotros.

Había hablado poco con él, pero me caía bien. Las pocas ocasiones en las que habíamos tenido alguna breve conversación habían sido durante la parte práctica de las clases, cuando escribíamos las piezas que nos iba designando. El primer día se acercó para ver lo que escribía, y me hizo un signo de aprobación con la mirada. Desde entonces solía pasarse al menos una vez por sesión para ver en qué andaba. Me hacía comentarios y sugerencias, pero siempre pensé que le gustaba lo que escribía.

No era del todo desconocido cuando mis compañeros y yo lo vimos subir a la tarima allá por el tercer curso. Cuando escribió su nombre en la pizarra y se presentó todos supimos en seguida que aquel hombre nos había acompañado durante los años anteriores, aunque no lo hubiéramos visto en la vida. “López-Hidalgo” era un continuo en los apuntes de otras asignaturas. “Sí, ese López-Hidalgo”, dijo apoyándose sobre su escritorio al ver nuestras miradas confusas. Se escuchó una voz desde el fondo de la clase: “¿el mismo que tanto sale en los apuntes?”. “El mismo” confirmó él.

El día que me llevó a conocer a Javier Reverte fue uno de los más surrealistas y geniales de mi vida. Sin comerlo ni beberlo me vi en los pasillos de la cuarta planta, junto a mi profesor, esperando a que llegara el escritor. Creo que era el primero que conocía en mi vida, y a mí – como amante de la literatura y estudiante de Periodismo- aquello me hacía especial ilusión.

Reverte llegó y se saludaron con cariño y cercanía. Después de dar la bienvenida a su invitado, López- Hidalgo se giró de nuevo hacia mí y me presentó al periodista. Nos dimos dos besos y hablamos un poco de todo y de nada. Fueron solo unos minutos, pero me dejaron huella. Al poco se fueron y yo volví a mi clase sola. Esta vez bajé por la escalera para prolongar un poco la llegada y reflexionar sobre si lo que había ocurrido era real.

Tenía López-Hidalgo un peculiar sentido del humor, y te decía las cosas medio en serio medio en broma. Nunca sabías si te estaba hablando con total sinceridad o si te estaba tomando el pelo, y a mí aquello me divertía mucho, y otras me dejaba a cuadros.

Con el paso de los años, me enteré por mi padre académico –que lo conocía desde hacía años- de muchas de sus aventuras literarias. Había entrevistado a García Márquez, nada más y nada menos que uno de mis autores favoritos, y se había encontrado con él en otras ocasiones durante sus viajes a América Latina. Siempre quise presentarme en su despacho un día y preguntarle sobre aquello, pero como nunca llegué a tener cercanía con él y habían pasado años sentía reparo. Quizá no se acordara de mí, o puede que no tuviera ninguna gana de perder su tiempo hablándome de sus hazañas con otros literatos. También puede que en cualquiera de los dos casos hubiera optado por hablarme de ello, y yo he perdido la oportunidad de saber muchas cosas.

De su listado de lecturas obligatorias para la asignatura siempre recordaré los títulos que más me maravillaron: Honrarás a tu padre, de Gay Talese, y Música para camaleones, de Truman Capote. Talese fue un auténtico descubrimiento, mientras que Capote fue un dulce ya conocido. De García Márquez nos sugirió –curiosamente- la única obra que no he disfrutado de él: Relato de un náufrago. No obstante, debo decir, que parecía tener un gran gusto literario.

Me gustaría saber qué otras obras recomendaría en estos últimos años, de qué le hablaría a sus alumnos. A nosotros nos contaba anécdotas de su carrera periodística, y nos traía invitados para que dieran charlas y los entrevistáramos. Fue una de las pocas asignaturas en las que al profesor se le veía empeño por transmitirnos el savoir-faire del oficio.

Cuando he sabido de su muerte he pensado en todo aquello y en que las siguientes generaciones se van a perder haber conocido a López-Hidalgo, pero probablemente siga estando muy presente en el mundo académico. La noticia me ha llegado a través de mi gran profesor y buen amigo, Ramón. Al cabo de unos minutos he recibido otro mensaje. Esta vez de la que fue mi profesora de Literatura en el instituto, y es ahora también confidente y amiga. Le había hablado de él y al ver la noticia lo había relacionado con la anécdota del escritor.

Se ha ido, pero yo seguiré recordándolo tal como era, un poco serio y un poco divertido. Será siempre, para mí, el profesor que me presentó a Reverte.

Elena Ruiz Cabezuelo fue redactora de El Correo de Andalucía Digital, es periodista y fue alumna del profesor y periodista Antonio López Hidalgo, fallecido recientemente.


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