El sabio Antonio de Ulloa

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05 jun 2018 / 22:46 h - Actualizado: 05 jun 2018 / 22:47 h.
"La última (historia)"

Yendo el otro día de la plaza de la Magdalena a la del Duque me topé con la casa natal de Antonio de Ulloa, en la calle rotulada como Almirante Ulloa. Parece como si, en España, el título de almirante estuviera condenado a dar pie al despiste y lo mismo sirve para calificar de fascista a alguien que vivió mucho antes de que apareciera el fascismo como para tapar a nuestro gran sabio en el terreno de la radiofonía, Julio Cervera, confundiéndolo con el verdadero almirante de la guerra de Cuba. En el caso de Antonio de Ulloa, nacido junto a la calle de las Armas –hoy Alfonso XII– el grado militar, aunque sea importante, oscurece su verdadera personalidad que fue la de una persona versada en las ciencias, algo común, por otra parte, a los marinos de la mayoría de las naciones europeas en el siglo XVIII.

En España casi nadie ha resaltado –no sé por qué– los logros científicos conseguidos por una pléyade de militares en esa época –la de la Ilustración– que, además, coincide con la de mayor esplendor de la ciudad de Cádiz y de su bahía que era donde se formaban y donde están enterrados la mayoría de ellos. Pero, ¿alguien sabe donde se encuentra el Panteón de Marinos Ilustres aunque quienes allí reposan están más unidos a Minerva que a Marte? Evidentemente no es uno de los lugares de la Bahía gaditana más visitados por nuestros escolares y en ello no tiene nada que ver un supuesto pacificamos: tampoco lo es el Observatorio Astronómico de la misma época.

Muy poco del esplendor de la segunda mitad del setecientos quedó consignado para la posteridad en los libros escolares y en la literatura de divulgación. Nos enterábamos de la expedición del Doctor Livinstone y sabíamos que lo había encontrado Henry Morton Stanley pero, por los mismos años Jorge Juan, José Celestino Mutis, Alejandro Malaspina y, por supuesto, Antonio de Ulloa estaban llevando a cabo aventuras de similar o mayor envergadura y de estas supimos muy poco por no decir nada.

Posiblemente ello se debe a que aquellos marinos tenían ideas racionalistas y empiristas que no casaban con el escolasticismo de nuestras universidades y con las que los frailes difundían en sus predicaciones y también que, el resaltarlos, hubiera dejado al descubierto la alianza de España con la Francia de Rousseau, Voltaire, Diderot... y, ya se sabe, hasta que los franceses comenzaron a venir en masa a nuestras playas en los años sesenta del siglo pasado, ellos fueron nuestros seculares enemigos. Aquí las luces de aquel siglo tan sólo brillaron para algunas minorías.

Aunque en la rotulación de su calle se resalte el título de almirante que, con seguridad, Antonio de Ulloa consiguió con todo merecimiento, su valía estuvo anclada en las ciencias a las que se dedicó apenas salido de la Escuela de Guardiamarinas, de Cádiz.

Siendo un simple teniente de fragata formó parte de la Misión Geodésica que, comandada por Pierre Bouquet, se desplazaría en 1735 a Ecuador para medir un cuadrante de meridiano terrestre, saber con exactitud las dimensiones de la Tierra y sacar de ellas una medida universal: el metro.

En ese viaje –puede que gracias al retraso de los franceses en llegar a Cartagena de Indias– descubrió un nuevo metal, el platino (al que puso el nombre de «platina»). Creo que España no ha tenido nunca un descubridor que, con 25 años, llevara a cabo algo parecido. En aquellos meses de espera ejerció también de ingeniero de puertos para revisar el de El Callao y algunos chilenos.

En el viaje de regreso el navío en el que viajaba fue apresado por los consabidos corsarios británicos que lo condujeron a Londres donde –entonces los oficiales de potencias enfrentadas se trataban mutuamente muy bien cómo podemos ver en cualquier película de las buenas– fue admitido como miembro de la Royal Society, lo que de seguro le sirvió para que, a su vuelta a España, fuera ascendido y enviado en misión científica por toda Europa con la misión de conocer lo que se cocía científicamente en los países del continente.

Debió conocer y ser conocido por muchas personalidades porque Joseph Townsend nos dejó en su libro A journey through Spain in the years 1786 and 1787; with particular attention to agriculture, manufactures, commerce, population, taxes and revenue of that country los pormenores de la visita que le hizo cuando ya estaba jubilado con un minucioso retrato de su persona: «Este gran hombre es de una estatura pequeña... Lo encontré vestido como un campesino y rodeado de sus numerosos hijos... Veíanse allí confusamente dispersos sillas, mesas, baúles, cajas, libros, una prensa, sombrillas, herramientas de carpintero, instrumentos de matemáticas, un barómetro, un péndulo, armas, cuadros, espejos, fósiles, minerales, conchas, una caldera, lebrillos, jarros rotos, antigüedades americanas, monedas y una curiosa momia de las Islas Canarias».

Antes de su retiro Ulloa escribió una pormenorizada relación de los servicios prestados en campos tan distantes como la geografía, la minería, la ingeniería y la medicina. También solicitó la renta fijada a los descubridores de metales preciosos.

No se la dieron pero eso no era extraño. Tampoco dieron importancia al platino que él había descubierto. Ni al libro de Townsend: se tradujo al castellano por primera vez en 1988, gracias a una editorial de andaluces ilustrados.


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