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El señor de la fotografía

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
12 oct 2019 / 08:37 h - Actualizado: 12 oct 2019 / 08:40 h.
  • El señor de la fotografía

Cuando empecé a ir al colegio, en 1963, con 5 años, una de las primeras cosas que me llamaron la atención fue una fotografía de Franco que estaba en el aula cerca de la pizarra y de un crucifijo. Como las fotografías te siguen, desviaba la vista para que el abuelo militar no me mirara con aquella mirada fría de mantequero. No recuerdo que el maestro, don Miguel, nos hablara nunca de él, aunque cada mañana formábamos en el patio antes de entrar al aula y cantábamos el Cara al sol. En casa tampoco se hablaba de Franco. Un día lo vi en la tele y le dije a mi madre que conocía a ese señor de verlo en el colegio, en una fotografía. Mi abuelo se puso muy serio y miró a mi madre con cara de abuelo de aquel tiempo, formal y mal encarado. Total, que hace más de cincuenta años Franco era para mí un señor vestido de soldado que me miraba desde un marco de madera.

Podría decir que lo odiaba, pero no diría la verdad. Tendría 13 ó 14 años cuando, sin estar ya en el colegio, empecé a saber quién era de verdad y a leer algo sobre la Guerra Civil de 1936. En Arahal, mi pueblo, donde la contienda fue especialmente sangrienta, apenas se hablaba tampoco del Caudillo. A mi tío Frasquito Bohórquez Ponce lo mataron en el inicio de la Guerra, aunque no andaba metido en nada. Digamos que se puso delante de alguna bala perdida. Tenía 21 años y llevaba un mes casado. Cuando veía su fotografía en la casa de mis tíos preguntaba que cómo murió y siempre me decían que había muerto en las revueltas del pueblo. Es decir, no me crié en el odio ni en el rencor, sino en el cariño de mi familia.

Nadie me dijo nunca que Franco era un dictador sanguinario o un genocida. Ni escuché jamás la palabra franquismo mientras viví en Palomares del Río, desde 1961 a 1973. Ya viviendo en Sevilla, en la Carretera de Su Eminencia, sí escuchaba hablar a los hijos de los rojos de lo malo que era Franco y de las familias que había vestido de luto en toda España. Cuando murió, en 1975, trabajaba de escayolista en el edificio de apartamentos Resitur, en la calle Salado, en Triana, con 17 años. Me puse muy contento porque aquel día no trabajamos. Mi madre dijo al enterarse por la radio, temprano: “¡La que se va a liar!”.

No entendí muy bien aquello, porque si había sido tan malo y había matado a tantas criaturas, ¿qué se iba a liar? No sabía si era una fiesta o una nueva guerra como la de mi pueblo, que fue la madre de todas las guerras. Por la televisión vi cómo lloraba la gente lamentando su muerte, la de Franco. Seguía sin entender nada. Hasta que dos días después, en la obra, un veterano comunista del Cerro del Águila, yesero, me sentó en un costero y me contó con toda clase de detalles lo que había sido Franco.

Recordaba la fotografía del colegio de Palomares y el Cara al sol en el patio, por las mañanas, mientras el yesero hablaba de él como del ser más ignominioso de la tierra. Recuerdo que decía a mí mismo: “Tengo que odiar a Franco, despreciarlo con todas mis fuerzas, para no desentonar en la obra”. Pero me costaba, porque nadie me había enseñado a odiar. No se odia así por las buenas, de sopetón. Un niño puede odiar, sí, pero si se cría en un ambiente de aborrecimiento y rencor. A lo mejor, si esto sigue así, logramos que los niños de hoy odien a Franco. Es cuestión de poner empeño en la noble causa.

Me cuesta, sinceramente, odiar al dictador, del que, si bien de niño no sabía nada, ahora lo sé todo sobre él. Sé lo suficiente como para querer olvidar una pesadilla que no viví. Pero en España es difícil pasar página porque nos hemos hecho mucho daño los unos a los otros. No somos malos, es solo que nos despreciamos. Solo espero que una vez que hayan sacado al dictador de su tumba y enterrado en otra, si no se cae el helicóptero y se lía parda con la momia, pasemos a otras cosas.

Ya va siendo hora de que le cantemos al sol cada mañana, de cara o de espaldas, con la camisa nueva o sin camisa.


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