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La vida del revés

El suicidio de mi hermano, el de todos y los juzgados de taberna

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13 sep 2021 / 07:42 h - Actualizado: 13 sep 2021 / 07:44 h.
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  • El suicidio de mi hermano, el de todos y los juzgados de taberna

Durante estas últimas fechas, debido a que el 10 de septiembre fue el Día Internacional de la Prevención del Suicidio, se ha estado hablando mucho sobre este asunto tan espinoso; y los debates y noticias han dejado datos escalofriantes. Por ejemplo, el suicidio se ha convertido en la causa de muerte no natural más importante entre los jóvenes españoles; por ejemplo, cada día más de un millón de personas se suicidan en todo el mundo. En fin, estos son solo un par de ejemplos aunque las cifras resultan tan imponentes como vergonzantes para las sociedades actuales. También se ha puesto sobre la mesa la importancia de una salud mental adecuada y el poco cuidado que estamos teniendo con un problema que, si ya era profundo, con la pandemia se ha multiplicado y agravado de forma alarmante.

Se ha estado hablando de muchas cosas aunque, sobre todo, se ha estado juzgando a las personas. Y si la frialdad de las estadísticas y de las cifras es molesta, el juicio gratuito, prematuro e inconsistente, resulta obsceno y estúpido.

Mi hermano se suicidó hace algo más de 21 años. Todavía hoy, mi madre es incapaz de hablar sobre la forma de morir de mi hermano, le aterra hablar del suicido en general. Mi padre murió tres años después que mi hermano y, seguramente, todo se precipitó porque nunca fue capaz de asimilar lo que sucedió. En mi caso, ocurre todo lo contrario. Si mis hijos han querido hablar sobre ello lo he hecho (alguno se ha hecho el sueco, otros no); procuré verbalizar lo ocurrido y sus consecuencias, en público y desde casi el principio, intenté encontrar formulas que me permitiesen expresar lo que sentía en cada momento. La carga de los porqués infinitos e insoportables y las celdas que se construyen con el reproche es algo que un padre de cuatro hijos no se puede permitir porque eso te impide vivir con normalidad y escapé de ellas como buenamente pude. Solo cuando pasó el enorme enfado con mi hermano y solo cuando dejé de preguntarme por todo aquello que me había golpeado sin compasión, fue cuando logré avanzar. Ya he confesado que ocurrió pronto puesto que no tenía tiempo. Si quieren pueden llamarlo puro egoísmo aunque ya les adelanto que cualquier etiqueta es un error.

Nunca juzgué a mi hermano. Nunca he aspirado a comprender la razón por la que se quitó de en medio. Por supuesto, no he tratado de encontrar explicaciones en el ámbito religioso porque en ese territorio sé que solo se juzga y se trata de castigar con el fuego eterno. Fue su decisión. Eso es todo. Y sigue siendo mi hermano. Le quiero igual que antes de aquel día y sigo siendo capaz de ver las cosas que no me gustaban de él. Nada ha cambiado. Lo único que tengo claro, sea como sea, es que él ya no podía más y necesitaba acabar con un sufrimiento brutal. Mi hermano buscó el descanso.

Me espanta escuchar a los que tachan a los suicidas de cobardes. Creo yo que el suicidio es una forma de enfrentarse a la existencia que es de todo excepto cobarde. En cualquier caso, la falta de empatía de los que señalan de este modo es formidable. Me sobrecoge la falta de empatía de los que envían el alma de los suicidas al infierno, a un fuego eterno que imaginan como purificador (qué forma de ver las cosas, qué falta de conocimiento filosófico y, también, religioso; qué pena pensar así). Me resulta ridículo que se trate un asunto tan delicado en las barras de las tabernas mientras alguien se mete medio litro de alcohol entre pecho y espalda sabiendo que alguien le espera en casa atiborrándose de ansiolíticos (no saben que son carne de cañón). Todos somos candidatos y todavía no lo sabemos.

En mi caso, todos los porqués están bajo tierra. Se los llevó mi hermano sin querer dar explicaciones. Sus razones tendría. Todos los rencores que me sepultaron al principio (sí, no entiendes y lo primero que haces es pensar en que te han jodido la vida sin compasión) se han ido difuminando con el paso del tiempo. Y, ahora, lo único que intento es salvarme de la quema y estar pendiente de los que tengo alrededor por si alguno se coloca al borde del abismo. Si de algo sirve vivir el suicidio de alguien es que aprendes a interpretar actitudes, señales y peticiones de auxilio que no lo parecen. Eso sí, sin juzgar y sin ir de listo; procurando ayudar a los profesionales (psiquiatras y psicólogos, principalmente) y a los familiares de los que se acercan a un territorio desconocido para casi todos.

Se puede opinar sobre si una jugada de un partido es o no fuera de juego; se puede opinar y se puede juzgar con moviolas o el VAR o cómo se llame. Pero al que se suicida... Eso supone un atrevimiento estúpido.

Puedes encontrar ayuda en el Teléfono de la Esperanza: 717 003 717. Si te encuentras mal o crees estar en un callejón sin salida pide ayuda sin miedos y sin vergüenza porque los que te rodean te quieren y pueden ayudarte. Se puede acabar con el sufrimiento de otros modos. No todo son pastillas o una soga. Pide ayuda. Ofrece ayuda. Depende del lugar que ocupes puedes hacer una cosa u otra. Todo menos mirar sin mover un dedo por otros o por uno mismo.


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