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Viéndolas venir

El zapatito de Amelia

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
03 dic 2019 / 08:33 h - Actualizado: 03 dic 2019 / 08:38 h.
  • El zapatito de Amelia

Viajar con niños es lo que tiene: te faltan huecos y recovecos en el coche, a pesar del maletero suplementario sobre la baca, pero, a la vuelta, traes la sensación de que te has dejado algo. Miras hacia el asiento trasero por si te falta un hijo, suspiras al comprobar que no, pero el moscardón no se te quita de detrás de la oreja. Nos pasó el mes pasado cuando volvimos de echar un fin de semana en un pueblecito encantador de la sierra onubense llamado Alájar.

Ella echó de menos inmediatamente el zapatito de la pequeña. Como es habitual en los bebés, se les ponen zapatos de adorno, aunque no los necesiten para andar, porque no andan, sino que más bien andan todo el rato perdiéndolos. Dos o tres días después, la dueña de la casa rural donde nos alojamos me envió una foto en la que mostraba objetos que nos habíamos dejado allí: un babero, unos cromos, un lazo para el pelo, una camiseta, dos braguitas de la otra hermana, un trompo, un chupete y un bibi de la muñeca, un lápiz, un calcetín, una pulserita, una de esas bolas de nieve de las tiendas de recuerdos y un libro infantil. De todo, menos el zapatito de Amelia. Entonces comprendí que mi sensación de vacío estuvo justificada al volver, pero yo le insistí en el zapatito. El zapato no aparece, me dijo. Y nos olvidamos del tema.

Hace unos días, es decir, como tres semanas después, la casera volvió a enviarme una foto: el zapatito perdido de Amelia había aparecido. Estaba bajo un cojín de un sillón de la entrada. Allí había estado oculto durante casi un mes, sin que a nadie le hubiera dado por levantar el cojín. En la foto me pareció el zapato demasiado pequeño, como de otra época. Y enseguida se me atragantó la certeza de que los bebés crecen demasiado deprisa, sobre todo cuando la casera me dijo que estaba en Alemania y que no volvería hasta dos semanas después...

El zapatito sigue en el bosque de Alájar, en aquel encantamiento al que se retiró el humanista Benito Arias Montano después de haber participado en el Concilio de Trento, de interesarse por el idioma, la medicina, la teología y la poesía y de ser capellán del mismísimo Felipe II, aquel monarca en cuyo imperio no se ponía el sol.

Ahora, embelesado en la evocación, estoy recordando la puesta de sol que disfrutamos desde la impresionante espadaña que corona la peña que lleva el nombre del insigne humanista, mientras unas mujeres vendían allí castañas asadas... Mi otra hija, Marina, me interrumpe para explicarme que, en un cumple del que acaba de venir, le ha cambiado un yoyó rosa a una amiga por un yoyó azul. “¿Y a ti no te gustaba más el rosa?”, le pregunto. “No, papá”, me responde ella desde el fondo traslúcido de sus seis añitos. “¿Tú te crees que a todas las niñas nos gusta siempre el color rosa?”. Y entonces vuelvo a acordarme del zapatito de Amelia, del bosque de Alájar y de que Cenicienta ya no espera a ningún príncipe, por fortuna, sino que es su padre quien confía en que no crezca tan deprisa. Aunque solo sea por recuperar su zapato.


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