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La Tostá

Emigrar ahora, ¿para qué?

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
28 may 2021 / 08:02 h - Actualizado: 28 may 2021 / 08:04 h.
"La Tostá"
  • Emigrar ahora, ¿para qué?

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Hace algún tiempo, unos cinco años, me ofrecieron vivir y trabajar a miles de kilómetros de Sevilla y no fui capaz de aceptar la tentadora oferta. Una nueva oferta me ha llegado estos días desde Cataluña, laboral y sentimental, y también la he rechazado. Emigrar ahora, ¿para qué? Con 16 años sí lo hice para trabajar en lugares como San Pedro de Alcántara (Málaga) y Puertollano (Ciudad Real), pueblo este último, por cierto, donde me eché de novia a la hija de un guardia civil y cuando se enteró que cantaba sevillanas la obligó a dejarme tirado. “No quiero flamencos en la familia”, le dijo. Si viviera aún sería otro buen fichaje para el Instituto Cervantes, si fallara Almudena Negro, la diputada pepera que ha encontrado el acta fundacional del flamenco en la Villa y Corte. Cuarenta y cinco años después me encontré con mi ex novia de Puertollano en el Ave y lloramos como niños al vernos. Vive por cierto en Sevilla y nos vemos de vez en cuando para tomar un café. Se casó con otro guardia civil, que un día se fugó con una peruana de medio metro y la dejó tirada. Nunca me he querido ir de Sevilla porque necesito estar cerca de los míos y del lugar donde nací, Arahal, o donde me crié, Palomares del Río. Ahora vivo en la Puebla del Río y en las mañanas claras puedo ver la torre de la iglesia de Palomares desde lo alto de un cerro que llamo Cuatro Vientos, en honor de la calle de Palomares donde crecí. Desde casa no puedo ver Arahal, que cada día se aleja más de mí. ¿O soy yo el que se aleja? A veces, cuando me acuesto me pongo a pensar en Arahal y veo a mi tía Rosario la Serena camino de la plaza de abastos con su delantal y una cesta de aneas, o a mi tío Antonio jugando al villar al lado de la Corredera con una copa de manzanilla en una mesa cercana. Casi puedo oler el albero mojado de esta plaza y oír la banda de música que solía tocar los jueves por la tarde. Me gustaría que mi pueblo me necesitara, pero no es así y me apena. Estos días se va a celebrar el Festival de El Gurugú, que creé yo mismo hace años, con un homenaje a Antonio Canales y la presentación del primer disco del joven guitarrista David Rodríguez Romero, de enorme futuro. Le ha llamado Mar verde a su ópera prima, un epígrafe precioso, y me gustaría estar en la presentación de la obra, entre otras cosas porque David es un muchacho que merece la pena. Hasta me ha invitado y todo, qué lindura. Le deseo toda la suerte del mundo porque lo demás le va a llegar por su talento y arrojo. Tampoco podré estar en el homenaje a Canales, tan distanciado. Con los años se suelen alejar mucho las personas y cosas queridas. A mi pueblo lo suelo ver ya como se ve la tierra desde el espacio, del tamaño de una lentejuela. Un día desaparecerá como desaparecen las luciérnagas al amanecer y se habrá acabado una historia de amor que comenzó hace más de sesenta años en la calle Óleo, enfrente de la Mazaroca. Ningún amor es eterno, ni quiera Dios que lo sea. Que Dios reparta suerte.


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