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Desvariando

¿Era Franco un flamenco?

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
12 jul 2020 / 09:52 h - Actualizado: 12 jul 2020 / 09:53 h.
"Desvariando"
  • ¿Era Franco un flamenco?

Ahora les ha dado a algunos por decir que Franco trató de matar al arte flamenco. Todavía no se ha hecho un buen estudio sobre el trato que recibió nuestro arte más genuino, el flamenco, en la dictadura franquista. En la anterior, la de Miguel Primo de Rivera, que duró desde 1923 a 1930, el flamenco tuvo una proyección en la sociedad como no había tenido jamás. En 1926 comenzó la etapa de la Ópera Flamenca, tan denostada por algunos estudiosos, pero de tanta apertura y favorable evolución. Cerrados los cafés cantantes, los artistas comenzaron a actuar en plazas de toros y grandes teatros y reinaron figuras del cante como la Niña de los Peines, Manuel Vallejo, Pepe Marchena, Manolo Caracol, Manuel Centeno o Juanito Valderrama, este ya un poco más adelante.

Grandes empresarios, como Vedrines y su cuñado Monserrat, crearon espectáculos que hicieron historia, como aquel del año 1928 que encabezaba Don Antonio Chacón y que recorrió una buena parte de España, sobre todo de Andalucía. Mil pesetas por actuación cobraba Chacón, ya viejo y enfermo, cantidad sorprendente para aquellos años. Es verdad que la Ópera Flamenca tuvo también aspectos negativos, sobre todo ya en el inicio de los años treinta, porque se teatralizó en exceso el cante y el baile, y el arte andaluz perdió parte de su esencia. Prevalecía el negocio y algunos artistas rizaron el rizo de lo comercial para llenar plazas de toros y teatros.

Con la llegada de la Segunda República, la etapa analizada revitalizó su auge y hubo tantos espectáculos por las ciudades y pueblos del país que la profesión de artista flamenco era la más deseada. Salieron intérpretes flamencos hasta de debajo de las piedras. Se hicieron películas, obras de teatro y discos que quedaron en la historia. Pero el golpe de estado de 1936, acabó con todo. Como era verano, en julio, casi todos los artistas estaban de gira y muchos de ellos no pudieron regresar a sus casas, entre ellos la Niña de los Peines y Pepe Pinto, que prefirieron irse a Madrid por una cuestión de seguridad porque en Sevilla corría la sangre por las calles como el agua por las acequias en primavera.

La vida de los artistas flamencos en la Guerra Civil fue muy dura, como lo fue para actores, tenores o escritores. Refiriéndonos a Sevilla, los que salían cada noche por la Alameda de Hércules para buscarse la vida en La Europa y otros tabancos, corrían el riesgo de ser objeto de bromas pesadas o cosas mucho peores, como vejaciones y hasta agresiones verbales y físicas. Harían falta diez libros para contar tantas anécdotas y vivencias de esa etapa tan triste y atrasada, de artistas como Manuel Vallejo, Antonio Mairena, Antonio Rengel o el hermano menor de Pastora, Tomás Pavón, que llegó a salir de noche a cazar gatos para poder sobrevivir, siendo un genio del cante.

Cuando acabó la contienda civil, en 1939, las compañías empezaron a funcionar de nuevo, pero no era fácil trabajar porque la guerra dejó una España enlutada, hambrienta y con los españoles divididos. Los cantaores que iban en esas compañías, como las de Pepe Pinto o Juanito Valderrama, se esforzaban en mantener un repertorio de cantes clásicos, pero la gente quería alegrías, milongas, fandangos y colombianas.

Me contó Antonio el Chocolate que cantando una noche en Villanueva del Ariscal (Sevilla), mano a mano con Antonio Mairena, al maestro mairenero se le ocurrió decir lo siguiente: “Distinguido público, como aquí hay buena afición y Chocolate y yo somos cantaores gitanos, vamos a terminar con una ronda de martinetes”. Como esperaban una ronda de fandanguillos, que estaban de moda en la posguerra, el público empezó a tirarles zapatos y a insultarlos, y tuvieron que salir corriendo por entre los olivos para salvar el pellejo.

Agotada la Ópera Flamenca, el flamenco entró en una etapa mucho más tranquila e intentando encontrar su centro. En los años cincuenta comenzó un movimiento favorable a ver este arte como una parte esencial de la cultura española, no solo como un género para divertirse o para turistas. Pronto llegarían los concursos nacionales, el nacimiento de la flamencología, las peñas flamencas, los primeros festivales de verano y los tablaos serios. Los intelectuales de la época se acercaron de una manera tímida, pero con determinación porque entendieron que esto era algo más que vino y copla.

El franquismo no intentó matar al flamenco, como se dice. Tampoco es que lo tuviera como la estrella de la cultura patria, pero ahí están las hemerotecas, las obras discográficas, los grandes espectáculos, los Festivales de España, las semanas de estudio, el coqueteo de este arte con la Universidad y la promoción del mejor flamenco en el extranjero. La mayoría de los grandes festivales flamencos de hoy nacieron en la dictadura. No es que los creara Franco, pero tampoco el franquismo impidió que nacieran. Ni siquiera festivales que fueron creados por artistas comunistas, como Francisco Moreno Galván y José Menese, de la Puebla de Cazalla. La famosa Reunión de Cante Jondo.

Está pendiente un minucioso estudio sobre este asunto. Es necesario, sinceramente. No para destacar aspectos positivos de una etapa negra y con muchas cosas negativas de la historia de España, sino para que los jóvenes sepan que los flamencos han sido dignos y libres en todas las épocas de la historia de España.

Y no, Franco no era flamenco. Le gustaba, pero era más de la canción española, lo que no quita que alguna vez se emocionara con Valderrama o Chocolate, quienes alguna vez le cantaron en privado.


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