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¿Es usted un superhombre, según Nietzsche?

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04 may 2021 / 07:00 h - Actualizado: 03 may 2021 / 16:48 h.
"Opinión"
  • Imagen del cómic sobre Nietzsche firmado por Maximilien Le Roy y Michel Onfray.
    Imagen del cómic sobre Nietzsche firmado por Maximilien Le Roy y Michel Onfray.

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La libertad, dice Nietzsche, no es realmente otra cosa que una posibilidad. Y eso quiere decir que, en la práctica, unos seres humanos son libres y otros, sencillamente, no lo son. ¿Por qué? Porque la libertad, dice Nietzsche, es el privilegio exclusivo de las naturalezas fuertes y nobles. Pero no entendamos esa idea de «fuertes» como duros o violentos físicamente sino mentalmente. Nietzsche dice que lo que hace fuertes y libres a esas naturalezas no es otra cosa que la disciplina, la autoexigencia y el autodominio. Todo lo cual se traduce, para él, en un modo de existencia más elevado y profundo.

Las naturalezas débiles, por el contrario, son las que no quieren ser autónomas ni libres. Y por eso renuncian a esa lucha. Se subordinan entonces a distintos amos a los que obedecen como las ovejas de un rebaño. Dice Nietzsche: «Cuando un hombre siente la necesidad de que se le tengan que dar órdenes entonces es cuando se vuelve un creyente. Y a la inversa: se puede pensar que un espíritu libre y fuerte que se despide de toda creencia, de todo deseo de certeza y seguridad y que se ejercita entonces en bailar hasta el borde de los abismos, ese es el espíritu auténticamente libre».

Esto le hace considerar que hay una lucha entre dos morales enfrentadas: La moral de los señores porque son dueños de sí mismos. Y la moral de los esclavos, que se constituye a partir de la última etapa de la historia de Roma, donde los grupos de la moral opuesta a la de los señores, eran los grupos religiosos cristianos, formados por esclavos. Y en esos grupos, la humillación y la impotencia, dice Nietzsche, habrían generado el odio y el deseo de venganza respecto a los fuertes. Y la interiorización de ese odio habría derivado en resentimiento. De ese caldo de cultivo sería de donde habría nacido la moral ascética (o sea, la moral del sufrimiento y la resignación), que en realidad no habría sido otra cosa sino la estrategia, la inteligente estrategia, con la que los débiles habrían llevado a cabo durante siglos su guerra de aniquilación contra los que hemos dado en llamar señores (señores de sí mismos, gente fuerte mentalmente, como hemos explicado) y su moral, una guerra que terminan ganando. Esa estrategia hace que triunfe y que se generalice como moral europea no la moral de los señores sino la moral de los esclavos. Otra forma de concebir los dos tipos de moral es considerarlas una moral sana frente a una moral enferma. ¿Cuál es la moral sana? Pues la que es capaz de promover el crecimiento y la potenciación de la vida del individuo; mientras que la enferma sería la que produce su disminución, su debilitamiento, su empequeñecimiento y su infelicidad. (Piensen en ejemplos actuales: emprendedores contra parásitos del Estado).

Así pues, frente a la moral ascética tradicional europea que es una moral del rebaño (similar a la de una sociedad Socialista), la vida contiene en sí misma otro tipo de moral distinta: la moral de la autosuperación (más Liberal, entonces), que con el tiempo Nietzsche llamará la de «La voluntad de poder».

De modo que la moral europea (la del Estado del Bienestar) ha sido la moral del esclavo, la moral que se ha venido concretando a lo largo de nuestra historia en una serie de prohibiciones cuyo objetivo no es otro que el de limitar a los individuos en sus iniciativas y en sus acciones. ¿Cómo ha hecho esto? ¿Cómo ha limitado y ha disminuido a los individuos?: pues imponiéndoles reglas uniformadoras y niveladoras. El hombre moral europeo y Occidental es, por tanto, según esta moral, el que obedece escrupulosamente todas esas reglas absolutas, todos esos mandamientos sobrenaturales o estatales, sin preguntar ni rechistar. Es decir, el que está en la actitud propia de un esclavo. Frente a eso, la actitud del hombre libre, es decir la de (en su terminología) el señor (el dueño de sí mismo), sería la de construir él sus propios valores, porque no acepta ser eximido de esa responsabilidad.

Esa dualidad de morales, de las que Nietzsche habla, tienen una prolongación muy interesante, como estamos viendo, en el terreno de la política, dando lugar a una confrontación: por un lado, valorar la gregarización, la nivelación, de los individuos como la mejor forma de sojuzgar y de gobernar al rebaño; frente a la hipótesis de un cultivo de la singularidad, de la individualidad, que acepta el riesgo que se seguiría de admitir capacidades de acción nuevas, innovadoras, capaces de hacer crecer y fortalecerse a los individuos, en lugar de disminuirlos y por tanto de disminuir a la sociedad. Lo que se llama entonces virtud en esa moral, en esta nueva opción, sería la fuerza como capacidad de inventarse cada uno a sí mismo, es decir, creatividad y originalidad, en contraposición a esa no voluntad de los esclavos que obedecen el orden establecido y a los patrones estándares en actitud propia de un rebaño. «Esculpirse a sí mismo», propone. Esculpirse a sí mismo con un juicio de gusto sobre el estilo a dar al propio carácter. Esa es la definición que da Nietzsche de la ética, del principal mandamiento ético, que se funda en la responsabilidad individual y en la experiencia del control de uno mismo. Por oposición a una moral de lo general y de lo uniforme en la que el individuo virtuoso realmente es el que obedece sin rechistar las normas y las leyes incontestables dogmáticamente. En relación a esto, y como un modo de explicarlo mejor, Nietzsche utiliza ya en sus últimos escritos uno de los conceptos que más se han tergiversado y malinterpretado de él: el concepto de superhombre, Übermensch. Que no significa «el sobre», «el súper», de hombre superior, sino que significa «mejor», «más», «más allá». Es decir, lo que está más allá o después del hombre esclavo tal como nosotros lo conocemos ahora. De modo que Übermensch sería la imagen, la hipótesis, de ese hombre que habría superado ya la enfermedad de la sumisión y se habría convertido, por tanto, en el exponente de lo que Nietzsche llama “La gran salud”. La que nace como resultado de esa ética de la singularidad, que giraría en torno al concepto de construcción, construcción de uno mismo en función de un gusto por la excelencia y la distinción.

Naturalmente la objeción principal que se ha hecho a esa moral es que en último término, y como poco, es una moral individualista en la que no sería posible articular la sociedad y la convivencia porque eso solo se puede hacer –según quienes no piensan como Nietzsche– con normas imperativamente categóricas y obligatorias que todos deban cumplir (una preocupación tan al orden del día hoy con las normas impuestas por la pandemia). Opino que Nietzsche podría contestar a eso que la universalidad no es obligado entenderla como la unidad, como la generalidad nivelada, sino que se puede entender también como una pluralidad armónica que no reduce necesaria y sistemáticamente lo singular a lo general.

Así pues, la relación del individuo con el Estado no tiene que ser otra que la de un equilibrio de mutuas sesiones y beneficios guiados por el interés pragmático. Por tanto, en este nuevo modelo de organización política que simbolizaría el Súperhombre, es decir, el hombre más allá de la sumisión, de la subordinación o de la pertenencia de los individuos al Estado y a las leyes comunes (porque, efectivamente, él reconoce que tiene que haber leyes comunes y todo individuo tiene que obedecerlas, pero su subordinación ya no está justificada por una visión salvífica, teológica de la historia y las instituciones), para este hombre nuevo de «la gran salud», que se ha librado del servilismo, las leyes políticas, que son lo mismo que las normas morales, no son más que creaciones humanas para hacer posible la convivencia. Y el estado no es otra cosa que el instrumento para que se puedan hacer valer los derechos y las obligaciones en los que se basa la convivencia. Y esa es la razón por la cual Nietzsche critica, también, tan duramente a los nacionalismos y a su fetichización de la nación. Rechaza Nietzsche cualquier tipo de vinculación que no sea esta vinculación puramente pragmática entre el individuo y la nación, por eso arremete contra el concepto nacionalista de pueblo (un concepto metafísico, incluso teológico, como el pueblo de dios o como el de la madre patria). La firme decisión de Nietzsche, por tanto, es la de prescindir de una vez de las instancias teológicas en la moral y mantener en la política un marcado realismo, porque tiene claro que la peor amenaza que tenemos los humanos no es otra que la de nuestro propio impulso interior a la animalidad.


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