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Pasa la vida

España, ponte la mascarilla y quítate la careta

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Juan Luis Pavón juanluispavon1
20 jun 2020 / 17:02 h - Actualizado: 20 jun 2020 / 17:03 h.
"Pasa la vida","Desescalada en Sevilla"
  • España, ponte la mascarilla y quítate la careta

En el día más solar del año, 21 de junio, solsticio de verano, transitaremos de nuestro estado de alarma a la alarma de nuestro estado. A partir de ahora, España necesita comportarse continuamente con un máximo grado de civismo. Muy superior al de la ‘normalidad’. Teniendo en mente los cuatro puntos cardinales de la realidad. Hasta el año que viene no habrá vacuna para el coronavirus. Tampoco llegará antes la mayor parte del dinero que la Unión Europea asignará para paliar la emergencia social, empresarial y laboral. Será muy exigua la cifra de extranjeros que saldrá de su país para hacer turismo en el nuestro. La mayor parte del dinero que se gaste en hostelería y ocio va a ser de españoles en su tiempo libre. Sobre todo los que tienen empleo en las administraciones públicas o jubilaciones dignas. Porque otros muchos millones de compatriotas, agobiados por la crisis, no tienen previsto ningún tipo de operación veraneo salvo que dispongan de segundas residencias o acudan invitados unos días a alojamientos de familiares y amigos.

Este es el panorama. Tenemos la libertad y la responsabilidad de contribuir a resolver los problemas o agravarlos. La España que depende de la actividad presencial y de la movilidad ha de soportar la sequía de ingresos con la única baza de la posible clientela nacional. Por ello, preservar la salud y la economía son las dos caras de la misma mascarilla. Personal y patriótica. En cualquier ciudad, en cualquier pueblo, en cualquier urbanización playera, sea cual sea la intensidad del calor estival, ponerse la mascarilla y que se la ponga el prójimo es la medida de impacto económico más trascendental para confinar la amenaza de ruina. Habituarnos a ser escrupulosamente corresponsables de evitar cualquier rebrote, y reconvenir con el ejemplo y con la advertencia a quien incurra en el estúpido pasotismo, es la inversión más barata y fructífera que todos tenemos a nuestro alcance para el sostenimiento general de las empresas, de los empleos, de las pensiones y de las rentas básicas de subsistencia.

Las romerías y fiestas patronales están suspendidas pero el pregón a extender es el lema que coloquialmente se esgrimía a coro en muchos pueblos cuando sus habitantes se movilizaban diariamente en marzo para desinfectar y prevenir: “Aquí no entra el virus”. Esa es la canción del verano, le ponga voz Vetusta Morla, Pasión Vega, Derby Motoreta’s Burrito Kachimba o Pablo Alborán. ‘Aquí no entra el virus’. Y ser capaces de convivir integrando con naturalidad las pautas esenciales para impedir la movilidad de un virus que únicamente puede desarrollarse si pasa de una persona a otra. Ya pueden ponerse las pilas para practicar el ‘Aquí no entra el virus’ los jóvenes que gustan de hacer concurridas ‘botellonas’. Y los carrozas que se ufanan de ser más chulos que un ocho.

Solo saldremos adelante como sociedad de proyecto común de país si somos metódicos e interiorizamos que el cumplimiento de las normas no es una traición identitaria sino una histórica mejora de nuestro bienestar. España no ha dejado de ser España cuando se extinguió la mortífera ‘normalidad’ de fumar en los bares y en las oficinas. Tan español puede ser el tapeo como el carril bici. España ha logrado la proeza de alcanzar y mantenerse en el liderato mundial de los trasplantes de órganos, y para llegar a esa capacidad de trabajo en equipo y eficiencia no se han prohibido ni las verbenas ni los chistes. No hay ninguna maldición que impida a los españoles ser tan disciplinados como los japoneses y considerar tanto o más que los escandinavos el espacio público como un bien que proteger y compartir con el mismo esmero que se dedica al domicilio particular.

Amplios sectores de la población han demostrado durante los cien días precedentes alto grado de madurez, sacrificio, espíritu de superación y solidaridad. Y lo van a seguir haciendo cuando extiendan su cotidiano radio de acción a otros lugares dentro y fuera de sus municipios. Porque, en contra de lo que destilan los agoreros del ‘no tenemos remedio’ o los acomplejados del ‘que inventen ellos’, es falso que tengan denominación de origen extranjero cualidades como la ejemplaridad, la decencia, el talento, el esmero.

En esta encrucijada de civismo o colapso, quienes tienen de modo constante la actitud de aportar soluciones, han de marcar tendencia. Mal que les pese el hartazgo de tener que hacer sobreesfuerzos para prosperar, por culpa de quienes se acomodan a ser un problema crónico en el que retroalimentarse. Pues en el mar de incertidumbres y contradicciones que se otean, sobresale el agravante de que los principales brotes de pésima política se focalizan en Madrid y Barcelona, lo que lastra a toda España. Los consensos a los que llegan los dirigentes de PSOE, PP, Podemos y Ciudadanos en Castilla y León, en Sevilla, en Canarias, etc., se los prohíben a sí mismos sus jefes porque perfilan su carisma social desde el enconamiento. Porque se les da mucho mejor crispar que gestionar, huir de la realidad que decir la verdad. Y, dado que no ejercen bien su liderazgo para orientar a la ciudadanía, porque la prefieren inmadura y polarizada, toca iniciar esta nueva etapa de general desconfinamiento diciendo una verdad crucial para el devenir de la Historia de España: el funcionamiento del país no puede seguir basándose en gastar más que ingresar. Nuestro modelo de bienestar no puede sustentarse en el endeudamiento. En el autoengaño que comporta presumir de calidad de vida cuando se trata de un espejismo: es dinero prestado. La deuda pública asciende a 1,2 billones de euros. Y subiendo como un cohete para superar muy en breve la cuantía equivalente al 100% de toda la riqueza que la sociedad española es capaz de producir en un año.

España, ponte mentalidad de mascarilla y no propicies rebrotes que, además de causar más muertes, hundan la reputación internacional del país. Es el primer paso para quitarnos la careta y decirles a los hijos y nietos que no se merecen legarles una careta de porvenir que esconde un endeudamiento pertinaz y una precariedad cronificada. Y confesarles que en las generaciones de la población activa aún hay demasiada cuota de gente inmovilista y pasiva que presume de ser liberal o progre pero que en realidad está frenando la transformación de la educación, la economía, la burocracia, la gobernanza, la igualdad de oportunidades.

En la sociedad española hay talento y capacidad más que de sobra para ser un país competitivo en la globalización tecnológica y en los nuevos modelos de negocio, cuya sostenibilidad presupuestaria dependa de sí mismo y no de la voluntad ajena para abrirnos o cerrarnos el grifo. Esa es la otra gran pandemia a resolver antes y después de la batalla diplomática en Europa para que nos transfieran 100.000 millones de euros a cuenta de la crisis del coronavirus. Y la vacuna ha de ser española. Porque ni existe una maldición que nos impida dejar de ser el país con más parados (Finlandia, Estonia, Irlanda, Corea y otros países han demostrado que no estaban predeterminados a seguir siendo pobres), ni tenemos garantizado el actual nivel de renta y servicios sociales si nos empeñamos, como sucedió en Argentina, en gobernarnos mal, en estrategias anacrónicas y en fiarnos de que los demás no nos dejarán caer.


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