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Familia

03 feb 2017 / 23:44 h - Actualizado: 03 feb 2017 / 23:44 h.

Siempre existe la tentación de empezar este tipo de artículo señalando lo mal que está la situación, lo abrumador de los datos que muestran una caída en picado del número de matrimonios y una subida en el número de los que se destruyen.

Sin embargo, no es momento de hablar en negativo, todo lo contrario. Es tiempo de gritar a los cuatro vientos la grandeza y virtud que atesora el modelo tradicional de familia. Sí, esa realidad que está, que siempre ha estado y que siempre estará.

La familia está poniendo amor frente la lacra del individualismo egoísta.

La familia es castillo y amparo frente a la soledad del desconsuelo.

La familia está cuidando a sus miembros, por lo que son, tumbando los muros del utilitarismo dictatorial que mide la dignidad del ser humano por su capacidad productiva.

La familia es la donación del todo sin pedir nada a cambio.

La familia permanece estable, sin fallar, arrinconando la volatilidad de los usos sociales que se mueven por puro interés.

La familia es la base de nuestras vidas, origen de nuestras fuerzas, cohesión para nuestras sociedades. Hemos de transmitir este tesoro a las nuevas generaciones. No permitamos que nadie nos hurte este activo. O peor aún, que se nos imponga desde la ingeniería social y jurídica una ruta hacia su extinción.

Varios son los frentes en los que se puede aportar; En la propia familia, generando conciencia de la importancia que tiene y actuando en consecuencia para que su vocación de estabilidad no sea vencida por los vaivenes de la vida. En el ámbito social, rompiendo lanzas allí donde el discurso ahoga los principios de esta realidad milenaria. Y en la política, países de nuestro entorno defienden a la familia en sus cartas magnas, qué envidia, ¿verdad?


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