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Desvariando

Federico García Lorca y los flamencos

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
17 ago 2019 / 09:30 h - Actualizado: 17 ago 2019 / 09:44 h.
  • Federico García Lorca y los flamencos

De Federico García Lorca se han dicho muchas cosas sobre su afición al flamenco. Incluso que no sabía nada sobre este arte, lo que es una barbaridad. Es verdad que cuando se celebró el Concurso de Cante Jondo de Granada, en 1922, del que fue una pieza fundamental, el poeta tenía 25 años y que con esa edad no se podía saber mucho sobre un arte tan complejo, y mucho menos en aquella época porque no había los medios que hay en la actualidad. Lorca era un ser humano de una sensibilidad extraordinaria, que es lo primero que hay que tener para rozarse siquiera con el arte jondo.

Con 33 años escribió una de las obras cumbres del flamenco y la poesía española, Poema del Cante Jondo (1931), que le acarreó no pocos disgustos con otros poetas que no veían bien su acercamiento al flamenquismo y, sobre todo, al mundo gitano. Pero es que el poeta no concebía el cante jondo sin los gitanos y sus cantaores favoritos lo eran, salvo Chacón. Manuel Torres y la Niña de los Peines eran para Federico dos de sus ídolos en la música, y entre sus discos de pizarra estaban los de Tomás Pavón, el hermano de Pastora. Pero sabía también la importancia de Silverio y Juan Breva, que no eran gitanos, aunque reconocía el magisterio de ambos. Los homenajeó en dos viñetas que aparecen en su citada obra.

Entre italiano y flamenco, ¿cómo cantaría aquel Silverio?

¿Se puede decir algo más sencillo y a la vez tan profundo? De Juan Breva dijo que tenía cuerpo de gigante y voz de niña. Y que era la misma pena cantando, detrás de una sonrisa. En el fondo sabía que los dos colosos del cante andaluz habían sido artistas comerciales, profesionales del teatro, pero quiso inmortalizarlos en su obra. En el concurso granadino, él y Manuel de Falla quisieron alejarse de lo comercial y lo enfocaron para salvar lo que quedaba de lo jondo en el pueblo, que era para ellos un tesoro. Y lo tenían en Chacón, en Pastora Pavón y en Manuel Torres, que los habían llevado allí de invitados, como de floreros.

Es la contradicción de aquel costoso y polémico certamen de cante que, sin embargo, se mostró como una llamada de atención sobre un arte que, según ellos, se estaba perdiendo. Y, curiosamente, a partir del certamen comenzó la época más comercial del flamenco, la llamada Ópera Flamenca, que se mantuvo desde 1925 hasta 1955. Luego llegó otra etapa, la de la recuperación del clasicismo, con los concursos nacionales, la creación de la flamencología y de los festivales de verano, y, con ellos, el reinado de Antonio Mairena y su mairenismo. Por cierto, Mairena no creía en el cante jondo, como Federico, sino en el cante gitano-andaluz. “El cante jondo no existe”, le dijo a Juan de la Plata en 1954, cuando aún no le habían dado la Llave del Cante en Córdoba, que fue ocho años más tarde.

Si Lorca no sabía de flamenco, de cante jondo, gitano o andaluz, la que hubiera formado de haber sabido algo. Porque aquel concurso, a pesar de ser polémico y ruinoso, cambió el rumbo del flamenco. La Ópera Flamenca nació precisamente porque Falla, Lorca y otros intelectuales pusieron de moda el flamenco en toda España. Vedrines y su cuñado Monserrat se dieron cuenta de lo que podía mover un arte que hasta el concurso de Granada era bastante minoritario y apenas salía en los periódicos del país. Pastora Pavón, Manuel Vallejo, el Niño de Marchena y Manolo Caracol –uno de los ganadores del certamen– llenaban plazas de toros y vendían miles de discos de pizarra. Fue como una gran explosión que expandió el flamenco por todo el país y gran parte del mundo.

Mañana se cumplen ochenta y tres años del asesinato del gran poeta de Fuente Vaqueros. Lo fusilaron con 38 años y, curiosamente, sigue más vivo que nunca. Mataron su cuerpo, pero no su obra. Se les olvidó a los fascistas. Los flamencos no olvidaremos jamás su labor en pro de este género, con independencia de si el certamen granadino fue o no positivo para este arte, que hay opiniones para todos los gustos.

Como Homero, cantó ciego.

Su voz tenía algo de mar sin luz

y naranja exprimida.


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