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La Tostá

¿Ha muerto Franco, quizá?

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
21 nov 2021 / 09:22 h - Actualizado: 21 nov 2021 / 09:26 h.
"La Tostá"
  • Imagen de archivo del traslado de la estatua de Franco en Ferrol. / EFE
    Imagen de archivo del traslado de la estatua de Franco en Ferrol. / EFE

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Ayer ni me enteré de que fue el aniversario de la muerte de Franco. Cuarenta y seis años ya, qué manera de correr el tiempo. ¿Se pude ser más despistado? Se habla y escribe tanto de él cada día, que parece como si no hubiera muerto aquel gélido 20 de noviembre de 1975, cuando yo tenía justamente 17 años y ya me dolían los huesos de trabajar sin estar asegurado. Me sorprendió que media España lo llorara. ¿Sabían que esa noche, la de la muerte del dictador, alguien invitó a Felipe González en Paris a brindar por su marcha? Sí, lo invitaron y dijo: “No seré yo quien brinde por la muerte de un español”. Entiendo que millones de personas se alegraran porque la muerte de un dictador es siempre una buena noticia para muchas personas y la libertad. Estoy pensando en las madres que murieron de viejas, enlutadas, sabiendo que los huesos de sus hijos estaban en las cunetas, donde siguen todavía. Pienso a veces en mi abuela paterna, Dolores Ponce García, que murió del corazón con la pena de haber perdido a un hijo de 26 años en aquella maldita guerra, que parece no acabar nunca.

En mi casa no hubo lágrimas, pero no recuerdo que tampoco hubiera festejo, porque Franco no solía ser nunca un tema de conversación. Mi abuelo y mi madre eran de Arahal y en el pueblo fue muy dura la Guerra Civil de 1936. Mi tío Frasquito, el hermano mayor de mi padre, murió cuando Arahal fue tomada por las tropas del alzamiento. Siempre me habían dicho que murió accidentalmente, por una bala perdida, pero aparece en una lista de fusilados. Tenía 26 años y llevaba un mes casado. Supongo que mis tíos paternos nunca me contaron la verdad porque no querían que creciera en el odio. Uno de ellos, Antonio, solía ir diariamente al Centro de Día y cuando lo visitaba lo veía jugando a las cartas o al dominó con personas del pueblo que, según él, eran del “bando criminal”. Me decía que había que vivir y eso me gustaba, aunque en el fondo me dolía algo, porque había escuchado historias horribles en el pueblo, de personas que denunciaban a los rojos por siete pesetas y cómo sacaban a los hombres de sus casas para no regresar más.

Mi madre, que tenía 11 años cuando estalló la contienda, se murió sin sacarse de la cabeza los gritos que oyó en su misma calle, San Pedro, cuando las mujeres iban al Ayuntamiento y volvían con la manta, lo que significaba que el cabeza de familia había sido fusilado en el cementerio local. Entiendo que no se hablara apenas en casa de aquel horror. Cuando le preguntaba algo, porque necesitaba saber cosas, siempre me decía: “Aquello ya pasó, vive el presente y piensa en el futuro”. Pero un día cayó en mis manos el libro clandestino El hombre del saco, de mi paisano Antonio García Gallego, lo leí con el alma rota y algo cambió en mí. Ese libro hizo que me interesara bastante todo lo referente a la guerra, que tuviera que ver con el pueblo. Pero tampoco su lectura, dura, logró que sintiera odio y sed de venganza. Más bien el deseo de que un día pudiéramos pasar página de una maldita vez y que los españoles, todos y de todas las ideas políticas respetables fuéramos capaces de abrazarnos y respetarnos para que nunca más volviera a pasar algo así en nuestro país.

Cada mañana abro los periódicos, escucho la radio y veo la televisión sin faltar ni un solo día del año, y se me parte el alma cuando sale el tema de Franco, el fascismo, la guerra española o el comunismo, hoy en el Gobierno, por cierto, representado por dos ministros. Sobre todo porque detrás de ello hay un interés claramente electoralista y una España que, de nuevo, quiere hacer daño a la otra. Confío en que la mayoría de los españoles impongan la sensatez y defiendan los valores de la Transición, el deseo de nuestros padres o abuelos y la paz y la armonía que nunca debimos perder, si es que alguna vez existió en nuestro país.

Ayer ni me enteré de que era el aniversario de la muerte de Franco, al que yo sí enterré hace cuarenta y seis años, sencillamente porque era un adolescente que quería disfrutar de la libertad que no tuvieron mis padres. La izquierda y La Sexta no lo han enterrado aún. La misma izquierda que pidió la Ley de Amnistía que ahora quieren echar abajo, cuando ya no hay ningún franquista al que ajustarle las cuentas. Franco y Carrillo murieron de viejos en sus camas, sin ánimo de comparar. Que aún haya españoles en cunetas y fosas comunes es una puta vergüenza, una más de un país, el nuestro, sin mucho arreglo. Arreglemos eso y disfrutemos en paz y sin odio de un país tan hermoso.


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