Hambre de paz

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08 nov 2022 / 17:35 h - Actualizado: 08 nov 2022 / 17:35 h.
  • Hambre de paz

Son tiempos revueltos donde la sequía nos roba la disponibilidad de agua y la pandemia nos roba la salud, donde la factura eléctrica y del gas nos roban la cartera y los conflictos bélicos nos roban la paz. Precisamente en estos tiempos tan peculiares en que nos ha tocado vivir, la palabra “paz” es la más invocada entre la gente sensata.

No podemos resignarnos ante ningunos de los problemas que nos atenazan y sobre todo ante la injusticia perpetrada por estas aterradoras guerras impulsadas por enfermos de maldad que incendian algunos rincones de nuestro planeta. Por eso, en estos tiempos la buena gente reza, manda ayuda a las víctimas, acoge a refugiados, denuncia los abusos, sufre y espera.

Pero no es la única paz que anhelamos, hay otros tipos de guerras no cruenta que lastiman nuestros ojos, oídos y sensibilidad, privando de paz nuestra democracia con batallas que se combaten en el patio político. Las balas son un sucio crescendo verbal que nos deja atónitos, un cruce de desacreditaciones, un “nosotros contra ellos”, un “o nosotros o el caos”, una ráfaga constante de mentiras y faltas de respeto, un sinfín de despropósitos envueltos en una espesa niebla de invectivas que deja a un lado la necesaria agenda pública de servicio que los ciudadanos reclaman.

Seamos claros: las opiniones disonantes y críticas, incluso las más insospechadas, son la sustancia misma de la democracia, pero con la estricta condición de que permanezcan firmemente unidas a la conciencia de que toda idea en una dirección o en la dirección opuesta debe argumentarse con seriedad, apego a los hechos y respeto a los que piensan diferente.

El espectáculo de reyerta diario que nos ofrecen los telediarios abochorna, porque degrada, porque los contrincantes de la refriega suben el volumen de acusaciones con reconstrucciones difamatorias indignas y juicios de valor y de intenciones sistemáticas, hasta perder el control y cruzar todas las líneas rojas.

Estos combates dialecticos en el ring mediático entre una orilla y la otra, producen desconfianza. Tampoco produce confianza ese “napalm” esparcido con irresponsable desatino desde el gobierno, que a veces parece la oposición de la oposición. Inoportuna postura en momentos en los que todo el país espera en cambio ser tranquilizado y esperanzado en un futuro mejor. Todos estos desatinos contaminan la misma convivencia civil y frenan el progreso.

Las personas se levantan cada mañana queriendo sentirse animadas a construir y no a pelear, ilusionadas en cultivar la esperanza y a no dudar de que alguien desde la política está pensando en el mañana de todos. La gente sensata quiere aportar, trabajar para conseguir grandes objetivos compartidos: familia, trabajo, salud, educación, vida, cultura, medio ambiente.

Es el bien común lo que alimenta la paz: saber reconocerla, buscarla y tejerla. Es el bien común lo que da sentido a la política y la meta hacia la que quiere tender la sociedad civil.

Es necesario escapar de las garras inciviles de la guerra, cualquiera que sea su dimensión, su forma y lugar de librarse, para ser siempre, y en todas partes, capaces de hacer la paz.


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