miércoles, 04 diciembre 2019
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Inconsistencia

29 ene 2016 / 20:22 h - Actualizado: 29 ene 2016 / 21:56 h.

Las conclusiones que nos llegan del Foro de Davos no invitan al optimismo. Más bien todo lo contrario. Las previsiones de las elevadas mentes de la economía mundial apuestan por nuevas tendencias bajistas y horizontes de recesión de la mano de los problemas de las economías asiáticas, con China a la cabeza de la tormenta y la debilidad de los países productores de materias primas, que se verán afectados por la epidemia que terminará por extenderse de forma global.

Nos llegan estos tristes augurios en mal momento, cuando parecía que nuestra deprimida economía comenzaba a despegar y que podíamos otear un cierto horizonte de recuperación que rompiese el triste ciclo que padecemos y que ya dura demasiado. Incluso los datos de empleo estaban empezando a cambiar de signo y parecía que se podría comenzar a crear trabajo de una manera más intensa, elevando las raquíticas cifras de la población activa para que fueran motor de los fondos sociales que son una de las bases de nuestro sistema.

Sin llegar a dramatizar, creo que estas advertencias de los sesudos contertulios de Davos deben de llevarnos a realizar un cierto examen de conciencia y analizar la situación de nuestra economía tratando de encontrar elementos de mejora estructural en la misma que nos permitan evaluar la presunta fortaleza de estos datos de crecimiento. Por desgracia, pocos motivos para la ilusión encontramos, y creo que la mayor parte de los males endémicos que existían siguen totalmente latentes, y este repunte de cifras entiendo que obedece más a estímulos externos que movimientos propios al alza.

No parece que los sectores tradicionales hayan despertado de su largo letargo, ni que los sectores más emergentes tengan impulso más allá de la anécdota. Nuestra masa laboral más preparada sigue marchando en masa hacia tierras lejanas y aún es mínima la presencia de técnicas de excelencia, calidad y eficiencia en nuestro empresariado más mayoritario. Solo el turismo, con la gastronomía como bandera, aparenta una salud razonable y sobre todo el consumo interno, que se ha mostrado deseoso de volver a ser estrella principal asomando con una fuerza inesperada. Tantos años de reformas para arreglar poco o nada y un futuro por delante que tampoco invita a esperar grandes alardes en cuanto a actuaciones sobre la estructura económica de nuestro país. Ninguno de los múltiples candidatos que riñen para ganar la Moncloa aporta propuestas o recetas para mejorar de forma estructural nuestro sistema económico o empresarial. Nadie habla de impulsos, incentivos o fórmulas que lleven a nuestra economía hacia el rumbo de la eficacia y el crecimiento saludable. Encima nos podemos ver en un largo proceso constitutivo, electoral, o quién sabe, que solo puede procurar que se pierda más tiempo y se acentúen los ya graves defectos existentes. Demasiada inconsistencia para posibles tiempos difíciles.


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