miércoles, 27 mayo 2020
17:51
, última actualización

Iwasaki’s Art

Lo extraño, lo milagroso, lo realmente portentoso es que a los Iwasaki los hijos le hayan salido artistas, tan artistas, que todo el clan es un catálogo de una programación cultural

30 ene 2016 / 23:15 h - Actualizado: 30 ene 2016 / 21:33 h.
"Truco o trato"

Hay cepas que salen buenas pero sobre todo, si me lo permiten, hay educaciones sólidas que se basan en algo tan simple y tan difícil como dar ejemplo. Difícilmente se hará un adicto a los libros quien no haya visto en su casa más que las hojas del diario que hablan de deportes (con excepciones celebres que son, mira por donde, excepcionales) y malamente se atreverá uno con ciertas músicas si en su tierna infancia no aprendió que no eran soporíferas y que incluso se podían tararear en la ducha.

La educación de un niño empieza cien años antes, decía ese iconoclasta maravilloso, comunista y terrateniente, Ignacio Vázquez Parladé no por clasismo, que ninguno, sino por la gran verdad que supone que la educación de una generación ha de prepararse por anticipado. Entendiendo por educación no tanto el manejo y consumo de las llamadas artes cultas (hay altas damas borricas e insensibles que tocan el piano y hablan francés, como las dibujaba Castelao) sino la sabiduría del buen vivir con todos sus matices. Una fusión entre belleza y valores, entre el cebiche y el adobo, si nos acercamos a ese clan que son los Iwasaki-Cordero.

Por tanto si se ha nacido en una casa de la Rinconada, llena de perros y arboles, donde Cabrera Infante tomaba café, Andrés Neuman confesaba sus estragos de adolescente granadino exportado de Argentina, Romero de Solís cruzaba las piernas como un duque o Vicente Tortajada blandía su bastón como Vallina, es probable que uno aprecie la cultura y sobre todo las conversaciones abundantes y nada dogmáticas. Lo extraño, lo milagroso, lo realmente portentoso es que a los Iwasaki los hijos le hayan salido artistas, tan artistas, que todo el clan es un catálogo de una programación cultural.

Podrían haber sido escritores como su padre o escultores como su maravillosa madre (la opción de Marle, que diría ella con esa inteligencia práctica que la convierte en la proa y la popa del barco entero, es menos aconsejable por costosa: escribir es más barato que sacarle arte a un pedazo de granito de media tonelada) pero solamente María Fernanda, aplicada universitaria y poliglota se ha centrado, por el momento, en el estudio literario, aunque seguro que nos dará sorpresas. Paula es una actriz deslumbrante y Andrés un compositor que encima canta como un serafín.

Vaya por delante que mis hijos ( y los suyos querido lector) son los más listos y los más guapos pero como además, en mi caso, son los más buenos participan como yo de la admiración a estos vástagos que, efectivamente, han debido heredar la genialidad como si no fuera bastante ya nacer en una casa tan divertida como hospitalaria. Te puede salir un niño artista pero tres de tres parece claramente desproporcionado. Hasta un abuso, teniendo en cuenta que por muy exótico que sea su adeene, se trata de un clan de la campiña y aunque La Rinco sea mucho como insiste Antonio Muñoz.

Este viernes pasado Iwasaki ha organizado un homenaje a quien es la presidenta de la Fundación que dirige Fernando y por la que pelea como ese japonés protagonista de su «España aparta de mi estos premios». Es otro personaje excepcional la norteamericana Cristina Heeren, que lleva más de 20 años apostando, invirtiendo, comprometiéndose con el flamenco, aquí y allá, en ese Nueva York, Everest de la cultura para tantos. Y, justo es decirlo, Iwasaki, que vino a Sevilla como americanista, que lo es, y que cantaba a los Beatles con insistencia seductora, es el culpable fundamental de ese empeño y esa proeza.

Qué suerte tiene una ciudad que es capaz de hacer suyos a los mejores y convertirse en su Lugar en el Mundo y, ni te cuento, si encima nos fabrica, con Marle, unos cuantos sevillanos de los de presumir.


  • 1