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Jan Fabre, la escatología y la denuncia

Lo que veo en la Cartuja me recuerda a Goya, lo que haría tal vez de ser nuestro. Lo veo en la representación explícita de la violencia, aunque la ejerza contra sí mismo y no contra los espectadores

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04 feb 2018 / 22:24 h - Actualizado: 01 abr 2018 / 22:12 h.
"Tribuna"

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Conozco a Jan Fabre por lo que me llega a través de la prensa (comentarios, fotos de algunas obras suyas y poco más como su edad, su país de origen, sus facciones –algunas intervenidas por él mismo al ser parte de ellas– y catálogos de colectivas). Esto es: no sabía absolutamente nada o en el mejor de los casos una tangencialidad equívoca que lo metía en el grupo de los autores performativos. Hasta hoy no había visto ninguna obra en directo, en su tamaño natural, con sus dimensiones, fuerza, atracción y repulsa, no había entendido sus discursos ni la aparente autopublicidad de los mismos coreografiada por sus ayudantes mediáticos.

Las veo hoy en la mañana lluviosa de marzo en la lejanía de la Cartuja y me recuerda a Goya, lo que haría tal vez de ser nuestro coetáneo. Lo veo en la medida que se erige en símbolo colectivo de la sociedad que le ha tocado vivir. Lo veo en la representación explícita de la violencia aunque para manifestarla la ejerza contra sí mismo y no contra los espectadores (como suele ocurrir en raperos, outsiders, exhibicionistas, ególatras, falsarios, trepadores y oportunistas al servicio del mercado). Acabo de dejar prácticamente hace unas horas atrás a Murillo y su mundo celeste, sus personajes divinos, y me topo con este radical del arte, este extorsionador de los límites al que parece que no le importan cuestiones básicas como la belleza.

Ni siquiera considero que es provocación lo que hace, porque esta suele requerir para empezar una falta de respeto, una cierta situación de humillación del otro o de superioridad hacia él, un insulto (camuflado bajo la denostada libertad de expresión), y lo que él nos propone es justo lo contrario: la empatía –o no– con la protesta, con la denuncia ante cualquier tipo de poder (sobre todo el económico, el racial, bélico, antropocéntrico,...), un contrapoder que en este caso, por encima de todo, tenga en cuenta la dignidad del ser humano.

Kafka, el sado-masoquismo, la escatología o el feísmo, también están aquí, forman parte de su corolario, una especie de anti-arte que en el fondo lo es y con mayúsculas. No por la emoción, la conmoción y demás chorradas interpretativas psueudorrománticas ya anticuadas para este tipo de obras o asuntos, ni siquiera por los componentes freudianos que cada quién quiera ver en ellas, porque no se exige la identificación ni el que se compartan sus llamémosle obsesiones.

Pero hay otra lectura tal vez subliminal en este drama físico, psíquico, matérico, fílmico, fotográfico, textual... otro punto de vista que no está exento de un humor negrísimo, de ese que mezcla la desazón de los hechos que interpreta, con la ficción a la que nos transportan las imágenes. Imágenes que sabemos de dolor real, pero provocado por él mismo, un dolor infringido pues, que no deviene de una enfermedad o accidente fortuito.

La sangre, las heridas, la ridiculización, las herramientas mostradas en el gabinete del Dr. Fabre, en sus metamorfosis entomológicas, su fascinación por los artrópodos, insectos, gusanos, forman parte de ese bestiario personal, de ese martirologio profano que tantas facetas tiene y tantas lecturas, sobre todo de la libertad y sinceridad del artista. Por eso va a ese más allá que nos define.


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