lunes, 09 diciembre 2019
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, última actualización
Pareja de escoltas

Jesús Niño

22 dic 2018 / 10:22 h - Actualizado: 22 dic 2018 / 10:25 h.

El camino que conduce a Belén entre ramas de tuya, serrín de carpintero y torrentes de papel de aluminio también nos lleva –cogidos de la mano- a aquella espera ilusionante que se nutría de los villancicos que ahora resuenan en boca de nuestros hijo recuperando ayeres. Todo cambia pero todo permanece y la memoria, que es caprichosa, vuelve a volar a un tiempo que ya no existe. El aula gélida se adornaba a duras penas con espumillón de colores. En la pizarra se pintaba un nacimiento de aire naif. Todo conducía al día de la lotería que ponía la frontera entre las ansiadas vacaciones y la finalización del largo trimestre.

No faltarían las tareas siempre demoradas pero la promesa de una nueva Navidad –que pulverizaba la rutina cotidiana- llenaba de ilusión la última vuelta del colegio en un año que otra vez estaba a punto de pedir la cuenta. En la televisión resonaban las pedreas -125.000 pesetas, que tampoco estaba mal- mientras la casa era un hervidero de preparativos. El nacimiento aún exhibía el músculo de la larga colección de figuritas de barro. Se había ultimado rebanando el mullido y fresco musgo de la huerta familiar, rebosante de naranjas nuevas que empezaban a caer en el agua verde e inquietante de la alberca.

Todo acababa allí. O volvía a empezar. En torno a la mesa repleta, las caras de los que tanto nos quisieron y la ilusión -¿por qué no?- de esa noche fría que entregaría la magia de Oriente a cinco niños. Ha pasado mucho tiempo y cuesta trabajo encontrar entre las prisas y las obligaciones de hoy aquel mundo hermoso –un tiempo detenido- que nos hizo amar la Navidad. Pero la Navidad es y será el tacto de las manos de los nos enseñaron ese camino que conduce a una única certeza: en la noche del 24 nace Jesús Niño. Que sean felices con los suyos.


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