domingo, 31 mayo 2020
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Jugar a los barquitos

06 feb 2016 / 20:36 h - Actualizado: 07 feb 2016 / 19:58 h.
"Truco o trato","Atarazanas"
  • Jugar a los barquitos

Las torponas tenemos cierta tirria a esos juegos que requieren pericia espacial o lo que mis adversarios llamaban pensamiento abstracto (para humillarme y declararme carente absoluta de tal cosa), por eso el famoso tablero de cuadrículas de los barquitos me resulta altamente antipático. Huelga decir que no daba ni una a las flotas ajenas mientras que mi pobre naviera era diezmada en los primeros minutos de la contienda. Gracias a eso prefería atender en clase a jugar a los puñeteros barquitos porque perder, así a lo tonto, no forma carácter sino más bien contribuye a minar la autoestima, dicho sea por una profesional en esto de la derrotas varias.

Y... ¿no estamos practicando el peligroso jueguecito de marras con toda esta historia de las Atarazanas y las urgencias que nos han invadido por unas ruinas que hace bien poco nos importaban concretamente un bledo? Tanto que alguno no se ha enterado, incluso, que se han podido visitar libremente durante años. Me conmueve la alarma (si se leen o escuchan algunas cosas) que provoca la hasta hace bien poco magnífica intervención de Vázquez Consuegra, en un lugar que siendo del ministerio de Defensa (adornado por intervenciones asesinas, súbanse a una azotea próxima y los comprueban) no parecía importar en absoluto. Corríjanme por favor si es que he olvidado manifestaciones masivas en la calle Infanta, o junto a la Caridad, o reivindicaciones solemnes por alguno que entonces ocupaba lugares prominentes en la cosa pública. Siempre ha habido gentes sensibles y enamoradas de esta ciudad, que duda cabe, y entre ellos precisamente Vázquez Consuegra siempre ha sido uno de los más combativos. Eso también pudiera escocer, no digo yo que no.

Tenemos la enorme fortuna de habitar una ciudad que poblaron otros, miles de años antes que nosotros: lo que para muchos aquí no es más que quincalla de la abuela, carne de desván y de trastero, en algunos países, EEUU sin ir más lejos, es arqueología y joya de museo. Me divierten sobremanera esos programas de canales absurdos donde un Flipper es hallado, rescatado y subastado con más fanfarria que un Murillo en Sothebys. Aún recuerdo cuando íbamos a la rivera de Brenes para, con un par de patadas, encontrar trozos de ánforas romanas de esas que se guardan en vitrinas en cualquier museo.

Administrar el patrimonio es cultura, obvio, habitar el patrimonio es, a mi juicio, cultura al cuadrado. La ruina puede parecer monumento funerario si no se vive, con todas las reservas que haya que hacer y todas las protecciones, incluida la genial idea del arquitecto Oscar Tusquest que en su libro Todo es Comparable proponía dar el cambiazo a la Pietá o la Mona Lisa y poner en su lugar réplicas estupendas. Cuando se vive sobre la punta del iceberg de la Historia se anda sobre el alambre de un equilibrio frágil, ni somos sólo fenicios o romanos o judíos o andalusíes ni otras culturas pasaron de balde por nuestra piel, incluida la de ahora mismo, ya saben la piedra de hoy que será nuestra imagen de mañana.

Los consensos en gusto son complicados, seguro que la higiénica y barata costumbre de alicatar las fachadas tenía tantos partidarios como para ganar referéndums por goleada, y es posible que Bach no fuera el ganador de un top ten de grandes éxitos, pero la luz es siempre buena. De hecho al colectivo Sevilla Se Mueve, nada sospechoso de complacencia, las razones del autor del proyecto (o adaptación de aquel que perdimos, por cierto) les ha convencido como han contado públicamente.

Hablar alto es fácil, y gratis, porque interesarse de verdad ya es otra cosa. Que se lo pregunten a Adepa que, al parecer, pidió el expediente completo y no volvió a recogerlo por no pagar el coste. Ay, el dinero.


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