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Excelencia Literaria

La alfombra de la vida

08 mar 2019 / 13:45 h - Actualizado: 08 mar 2019 / 13:48 h.
"Excelencia Literaria"
  • La alfombra de la vida

Beatriz estaba maravillada por el encanto de aquel mercadillo. No solo por la nube de idiomas que flotaba en el aire, sino por los vivos colores de los puestos que se sucedían en un desorden abigarrado.

Se despidió de sus amigos, que estaban cansados y querían volver al hotel, y se dejó llevar por el ambiente comercial de aquel bazar indio. Fue llenando el carrete de su cámara con fotografías de los sacos de especias, los curiosos utensilios de cocina, las telas y juguetes de madera. Pero a la media hora se aburrió, pues los productos se repetían. Pero, de pronto, encontró un tenderete que llamó su atención. Como muchos otros, tenía expuestas alfombras de seda, pero con la singularidad de que terminaban su dibujo hacia la mitad de la trama.

Intrigada, se acercó al puesto, que lo regentaba una anciana de piel curtida y arrugada por el sol, adornada con pendientes y otras joyas. Sus ojos negros parecían mirar al infinito de una manera extraña.

─¿Quién eres? ─inquirió la tendera en inglés, sin fijar la vista en Beatriz.

─Una turista española. Me sorprenden tus alfombras; están incompletas -le explicó en el mismo idioma.

─¿Acaso sabes cómo las fabrico?

─La verdad es que no.

─Pues permíteme que confeccione una para ti. Por favor, siéntate en el taburete y acerca tu cabeza a mis manos.

La joven obedeció. Notó las rugosas palmas de la tejedora en su frente. Después, comenzó a pasar los hilos de un lado a otro del telar.

-Beatriz... -murmuró.

La chica se sorprendió:

─¿Cómo es que sabes mi nombre?

─Querida, aunque nací sin el sentido de la vista, en mi interior habita el Ojo de Vishnu.

Beatriz había oído hablar de aquel dios, encargado de conservar el mundo en el equilibrio entre creación y disolución. Vishnu es, para los hindúes, el omnipresente señor de la paz.

Cuando empezó a oscurecer, la anciana dejó su labor, que se quedó a medio terminar. En la alfombra había tejido la vida de Beatriz a grandes rasgos, desde su nacimiento hasta el momento en el que se habían conocido en el mercadillo. Esa última escena aparecía representada a mayor tamaño y con más decoración.

─Ya está; es la alfombra de tu vida.

─Pero no has representado mi futuro. Y, además, has dejado ese gran espacio sin trabajar.

La vieja no aparentó sorpresa alguna, como si le hubieran reprochado lo mismo un sinfín de veces.

─Muchacha, el futuro nadie lo conoce; ni siquiera Vishnu. El futuro se marcará con tus decisiones. Tu vida futura será producto de tus elecciones. Yo solo he representado lo ya escrito.

Beatriz escrutó a aquella mujer ciega, tan llena de sabiduría como de habilidad con el hilo.

─Las piezas que tengo expuestas no están a la venta porque son las alfombras de la vida de otras personas, que se negaron a seguir tejiendo su destino. ¿Sabes coser?

─Más o menos.

─Pues entonces vete con tu alfombra, toma hilo y un telar, y teje tu vida conforme vaya transcurriendo, hasta que llegue el final.

Emocionada, la joven se levantó y aferró con fuerza la alfombra de su vida.

─Gracias ─susurró antes de marcharse.

La tejedora sonrió, se puso en pie y entró en la trastienda, donde guardaba otra tela mucho más larga que las que había cosido. Cogió nuevas agujas, que enhebró con hilo rojo y dorado. Comenzó a tejer su encuentro con aquella muchacha.

Roberto Lannucci
Ganador de la XIV edición
www.excelencialiteraria.com


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