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Pali de Sevilla

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23 jun 2018 / 21:16 h - Actualizado: 24 jun 2018 / 16:09 h.
"La apostilla"

El pasado domingo, en ese trocito de la Sevilla de siempre instalado en el corazón de la barriada de Pío XII que es la parroquia de Santa María de las Flores y San Eugenio, se celebró una eucaristía para dar gracias por una concesión honorífica civil, lo que dice mucho de la fe de aquellos que la han recibido en nombre de uno de los grandes sevillanos de nuestra historia contemporánea: Paco Palacios El Pali, ese trovador que alcanzó la redondez perfecta de saber cantar la fe, la historia, la gracia y el color con más finura que otros más finos y gallardos; porque lo que El Pali hizo fue redondear la cuadratura de un patio y un dintel, de un paso de palio y una carreta romera de Valme, esa Virgen chiquita que ayer llenó de soberana realeza las calles nazarenas de Dos Hermanas.

Tan bendita protectora, la que del cortijo de Cuarto vino para volver solamente por una hora al año, lleva a su Niño Jesús en el regazo, y el Niño en cuestión lleva en la manita un pajarito, como atrapado, como no dejándolo volar, como abrazándolo para que no huya y le prive de su piar y gorjeo juguetón y vivaracho. Como ese pajarito era el alma del Pali: Sevilla la tenía atrapada y no la dejaba huir porque con solo escuchar el quejido de su voz, la ciudad se alegraba, sonreía, bailaba y cantaba sin saber muy bien qué espíritu ni qué fuerza insuflaba sus pulmones y levantaba sus manos bailaoras de bronce y de compás.

El Pali tiene una silla eterna en el Arenal. No precisa renovar su abono, ni en la calle Tomás de Ibarra hay que poner vallas para que pase por ella una Semana Santa que para mí viene vestido de azul Baratillo, de azul Carretería, de las que, siendo hermano y sin serlo, me tienen robado el corazón. El Pali, por todo eso, goza póstumamente de las medallas de la Ciudad de Sevilla, y, por si fuera poco, la de toda la Provincia, concedida por la Diputación. Esa medalla concedida por la federación de municipios fue la que se bendijo en la parroquia de las Flores, de manos de don Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp. Este cura bueno y sensible con lo que toca la piel de la ciudad y la electriza, llevó al Pali hasta Pío XII, y la Inmaculada del altar mayor parecía tocar las palmas bajito mientras se bendecía la medalla para el cantor popular de tantas y tantas Vírgenes.

Ese Pali de Sevilla, por el que tantas veces se inclina uno al pasar por su casa. Paco Palacios, que cantó a la fe sencilla de una ciudad en la que siguen oliendo bien los nardos que se abren por agosto y por septiembre, por Octubre para Valme y por noviembre para que tantas ausencias, como la tuya, Pali, sigan oliendo a fiesta y a hermosura. Pali, redonda palabra, Pali mayor de los palos de los flamencos de Sevilla.


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