La ciudad inhabitable

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01 oct 2019 / 08:43 h - Actualizado: 01 oct 2019 / 08:48 h.
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  • La ciudad inhabitable

El cierre de los cines Alameda y la apertura del centro comercial Lagoh son dos caras representativas del cuestionable modelo cultural que autoridades políticas y empresariado pretenden marcar en la ciudad hispalense como pautas hegemónicas de supuesto desarrollo económico. Empiezo, por lo que más duele. Soy habitante del casco histórico en el entorno de San Luis-Pumarejo desde hace cinco décadas y me tragué toda la delincuencia, prostitución y degradación de estos barrios en los 70 y 80, hasta el repunte económico de la EXPO 92, que mejoró las condiciones de vida pero abrió la veda de la especulación urbanística hasta el momento presente.

Como toda gran ciudad, se expulsa de estos barrios a sus habitantes tradicionales que eran familias de clase obrera, personas mayores o pequeños comerciantes que hoy ya no pueden pagar el coste de una vivienda, la subida del alquiler o mantener abierta la tienda de barrio. Sevilla es una ciudad hermosa y rica en patrimonio, museos, teatros, cines o espacios naturales, pero se aleja de una cultura estable y serena para arrimarse al folklore de sus fiestas en grado delirante y convertir el centro en un parque temático para el turismo masivo.

Masa social y sesudos periodistas hablan abiertamente de dejar el casco viejo para que duerman y coman los foráneos, mientras que los habitantes propios se deberían ir a urbanizaciones, barrios o adosados en los extrarradios de hipotética calidad de vida. Parecen desconocer el término gentrificación o el llamado Síndrome de Venecia. No saben del hartazgo de barceloneses o lisboetas que están hasta las narices de no poder vivir en su ciudad, y recalco su ciudad como pertenencia primaria.

De esta forma cada solar es un potencial hotel, cada casa de vecinos o piso un posible apartamento turístico, y cada local vacío un bar o restaurante. La plaga bíblica turística se extiende con el modo arrastre de trolley y el navegador-móvil en mano incapaz de orientarse a pelo. Estos invasores y los locales que les imitan necesitan imperiosamente segway, patinete eléctrico o cualquier cacharro para moverse en una ciudad plana y accesible a paso tranquilo o en bicicleta. Llegan en compañías aéreas de maltrato viajero Low Cost, en abarrotados trenes para despedida de solteros de fin de semana o en cruceros fluviales de alto nivel, y todo vale si reporta dinero para el monocultivo de la hostelería. En tiempos de servidores y buscadores de transportes, alojamientos y actividades, todo está ya visto previamente en la web de turno. Sitios típicos para comer, lugares imprescindibles para ver en tres horas o dos días de fast time, souvenir tópico y fotos...muchas fotos para que vean en tiempo real que “estas allí” y recibes likes o tal vez poder convertirse en aspirantes a nuevos dioses de la banalidad: influencer.

En el segundo evento reseñado y casi de reclinatorio festivo, no hablamos de algo puramente local, ni siquiera original. Aparte de la malograda e irónica inauguración-inundación, nos hallamos ante el mismo y viejo modelo de grandes centros comerciales tipo mall USA, o si se prefiere ahora shopping center con unas pinceladas de aparente ecología en forma de jardines y estanques, que siempre vende bien. Porque la base es esa, comprar y consumir...no hay más. Desde la alcaldía y claro está desde la entidad que gestiona y se beneficia del complejo, se habla además impúdicamente de estar orientado a la familia y al niño como protagonista. Es decir y según esta afirmación, el consumo y los espacios estandarizados al efecto son los ejes prioritarios de ocio a iniciar desde la tierna infancia, y evidentemente eso dará un perfil muy concreto de pensamiento futuro colectivo e individual.

Todos somos consumidores en mayor o menor medida, pero es una opción y una actividad que necesita educación y control ético. La mayor parte de los objetos, bienes y experiencias que compramos en masa son efímeros, innecesarios o conducidos por una publicidad persistente. Contemplar como el primer día el público se lanza en masa a la llamada de la tarjeta de crédito con cara de felicidad cumplida, da que pensar. Hace no mucho se inauguraba Torre Sevilla con similares características y marcas comerciales. Creo que hay bastantes espacios, outlet o megatienda especializada en bricolaje, deportes o lo que sea como para saturar voluntades, pero me pregunto si realmente es necesario establecer localizaciones de este tipo en los cuatro puntos cardinales.

Seré un carcamal prematuro e inadaptado al paso del tiempo, pero necesito la gran pantalla y dos horas de olvido mundano frente a un servidor digital en casa que monopoliza la cultura audiovisual. Quiero un libro con un café tras un cristal lloviendo y no un prosumer interconectado tomando aguachirri en vaso encerado a precio de oro en la franquicia internacional de turno. Prefiero la cuenta con tiza mojada en barra, el periódico en mesa, y el catavino impávido en la mano del que solo necesita ver pasar el tiempo. Frente a los veladores en horario continuo de comidas, añoro la plaza pública para el juego infantil y la conversación de banco. Morir de éxito o saber dónde están los límites de la sostenibilidad en los modelos de desarrollo turístico y cultural puede acabar con las ciudades en las que ciertamente mejor se vive. Quizás todo tiempo pasado fue mejor, o seguro que menos falso y más certero en lo auténtico y necesario. Paul Bowles en El cielo protector nos hablaba de la diferencia esencial entre viajero y turista. Bertolucci lo visualizó y Malkovich y Debra Winger lo plasmaron realidad fílmica. El cine es magia sublime.


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