miércoles, 12 agosto 2020
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La ciudad y la esperanza

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02 ago 2020 / 16:35 h - Actualizado: 02 ago 2020 / 16:38 h.
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  • Albarracín. / El Correo
    Albarracín. / El Correo

Termino de leer un libro que apasiona y que te hace entrar en una trama muy bien construida, ambientado todo ello en Albarracín, hoy uno de los pueblos más bonitos y pintorescos de España. El título, de la intriga que genera al lector, es La Ciudad y su autor Luis Zueco.

Casualidades de la vida, si miramos hoy a nuestra realidad histórica podremos percatarnos que existen muchas semejanzas entre lo que el autor va desgranando a lo largo de las páginas y lo que sucede en nuestros días. Siempre está presente el poder que intenta apoderarse de la bondad de las personas.

La ciudad es el marco geográfico en el que nos movemos un número infinito de personas y la esperanza es, o debería de ser, el encontrar el camino más adecuado para construir un futuro digno para sus habitantes. Entre el espacio geográfico y el de la voluntad positiva que puede generar la esperanza nos encontramos las personas. Éstas son las verdaderas protagonistas y que son capaces desarrollar proyectos que lleven a la esperanza o a ruptura social, depende de las decisiones que seamos capaces de tomar, si nos mueve la bondad o el rencor.

Las personas, sin distinción, estamos llamadas a construir una ciudad en donde las relaciones entre las mismas miren siempre al bien fomentando confianza. Sin ésta no es posible sostener un proyecto; pero debe ser de tal nivel esta dimensión que la manipulación y la extorsión no tienen cabida en la verdadera esperanza.

La Ciudad de Luis Zueco relata el interés destructivo que las personas pueden llegar a tener por conseguir algo, que se cree debe de pertenecer a quien más poder tenga en la tierra. Para ello, si se tienen que sacrificar a personas inocentes y de buen fondo no importa, por esta razón es preciso hacer lo necesario para que el más vulnerable sea el que tenga que pagar las consecuencias de quien, a toda costa, quiere tener el máximo poder y los privilegios más adecuados a su condición. En definitiva siempre quieren salvaguardar su nivel o estatus social sea de la organización que sea.

En la actualidad nuestras ciudades están construidas con reglas de funcionamiento que, supuestamente, benefician a todos sus habitantes por igual; esto es lo ideal, desde luego que sí; pero, lo que a veces nos encontramos es más bien lo contrario.

Quienes habitamos las ciudades somos personas normales que buscan disponer de espacios que les ayuden a disfrutar y a relacionarse; pero en esta geografía se esconden muchas historias en donde la esperanza ha dejado de tener sentido. El entorno puede ser precioso y disponer de lugares bucólicos y lúdicos de gran nivel; también se pueden hallar infinidad de espacios deprimentes y mugrientos Todo esto configura a las ciudades. Los habitantes, tanto los que disfrutan de la belleza como lo que sufren las consecuencias de lo sucio y caduco, tienen algo es común, buscan un lugar en donde la esperanza sea lo que marque sus vidas.

En el libro al que hago referencia la esperanza es la única vía de salida para quien sufre la injusticia, es igual a la clase social que pueda pertenecer dado que la justicia no aplicada con el espíritu de la verdad hace que muchas personas sufran daños irreparables. La justicia sin la aplicación de la búsqueda de la verdad hace estragos y destruye proyectos; por esta razón el único camino posible es conseguir que la esperanza no quede diluida ni destruida en el devenir de las relaciones que se generan en las ciudades.

La ciudad, precisa, además de una buena planificación para lograr generar espacios adecuados que respondan a las necesidades que las personas podamos demandar, de personas rectas e integras que sirvan con voluntad constructiva. Aquí entran en juego los políticos; pero no todo hay que dejarlo a su responsabilidad; ellos tienen una misión que cumplir y han de ser capaces de lograr un equilibrio coherente entre todos los espacios y rincones de la ciudad. Existe otra misión no menos importante, ésta debe de responder a los distintos roles que las personas que habitamos la ciudad debemos de tener. Entre estos últimos y los servidores públicos - los políticos- debe de generarse un alto nivel de empatía y de comprensión para alcanzar, con voluntad de servicio, un logro: generar esperanza.

El covid19 está marcando a las ciudades al mismo tiempo que genera situaciones dolorosas y trágicas. Pero no todo es coronavirus. Existe en las ciudades ¡qué relato tan impresionante el que hace Luis Zueco en La Ciudad! la tragedia de la voluntad destructiva de unos contra otros; todo por hacer valer el poder, en esta ocasión no me estoy refiriendo a los políticos, lo hago pensando en quien ocupa algún espacio de reconocimiento social por estatus o por cargo social. El texto de este libro relata con acierto de qué personas se trata. Similares ejemplos siguen existiendo todavía en las ciudades. Hemos evolucionado mucho en tecnologías; pero muy poco en perfiles y en sujetos similares a los que aparecen en relato de La Ciudad.

La esperanza, sin embargo, es lo que hace posible que personas sometidas a la presión de las circunstancias puedan salir libres de la maldad de los demás. La esperanza hace posible que la convivencia y la fraternidad sigan existiendo; para ello lo más necesario y preciso es que cada día que pase puedan aparecer personas dispuestas a no dejarse arrastrar por la negatividad. Es esencial que el espíritu constructivo se haga eco entre los habitantes de la ciudad, para ello se precisa una voluntad firme de no dejarse avasallar por quienes, de una manera más moderna o sutil a la existente en la edad media, sigan queriendo tener vasallos y servidores de intereses particulares y políticos, que poco o nada tienen que ver con una ciudad abierta al encuentro y al entendimiento.

Hay quien piensa, dentro de la ciudad, que lo más importante que tiene que hacer es destruir lo construido y lo acordado, aunque lo trabajado genere más futuro y más convivencia que lo encontrado hasta el momento de iniciar el cambio. Su obsesión es destrozar lo alcanzado y logrado, y para ello no hay que escatimar medios, y si hay que mentir se miente. Es esto lo que se da mucho en los círculos de poder existentes en las ciudades. No se dan cuenta, o no quieren percatarse, que quienes actúan con esta voluntad lo único que consiguen es destruirse a ellos mismos, el tiempo se encarga de hacer aplicar de manera implacable esta constatación.

En el texto de La Ciudad ocurre que las intrigas, desprecios e intereses, logran destruir un enclave de convivencia y encuentro. En nuestra realidad histórica, en nuestras actuales ciudades, esto se da con frecuencia. Sus habitantes, es decir quienes las habitamos, no podemos escapar a este entramado y sufrimos de manera diversa las consecuencias de este espíritu destructivo.

Nadie puede escapar a la voluntad de lograr alcanzar una meta. Hay quien busca ayudar a construir una ciudad en donde la esperanza sea el objetivo; pero hay quien pretende ante todo destruir lo que con ilusión y con confianza se ha forjado para mejorar la convivencia y el entendimiento en la ciudad. Lo de destruir comporta tener una visión reducida de la historia, y solamente tiene como punto de mira el entorno más próximo; sin embargo, la construcción comporta el poder desarrollar proyectos que den respuesta a las nuevas necesidades sociales que una ciudad pueda precisar.

El libro de La Ciudad tiene infinidad de enseñanzas, está escrito con el conocimiento histórico del momento; pero, además, con la pasión entregada de quien pretende hacer que nos confrontemos con nosotros mismos y con lo que estamos viviendo en la actualidad.

La ciudad, nuestra ciudad presente necesita a personas que, como Alodia, no dejen de tener esperanza, aunque las circunstancias de la vida hicieron de ella una persona que sufrió la humillación de quienes se creían que estaban muy por encima de cualquier habitante de Albarracín. Cada uno de estos tenía su poder y lo ejercían entrelazando entre ellos intereses que nada tenían que ver con un espíritu de servicio. Para descubrir qué personajes son similares hoy día a los que se relatan en La Ciudad no me queda más remedio que invitaros a leer este libro, de esta manera cada lector sabrá descubrir a las personas que habitamos en la ciudad, nuestra ciudad. Sin embargo, una vez descubiertos, no debemos de perder la esperanza en hallar siempre la verdad. El epílogo del libro es el punto de encuentro entre la ciudad y la confianza. Sin confianza es muy difícil que exista esperanza.


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