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Viéndolas venir

La dureza de ser reina

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Álvaro Romero @aromerobernal1
07 oct 2020 / 07:25 h - Actualizado: 07 oct 2020 / 07:27 h.
"Viéndolas venir"
  • La dureza de ser reina

Debe de ser muy duro nacer reina sin que te pregunten si te apetece o no. Debe de ser muy duro casarte con quien debes sin que tampoco te pregunten. Debe de ser duro vivir de lujo a la sombra del lujo sobre el que tampoco te preguntaron. Pero que, a la vejez, después de tanta dureza bien llevada, venga una fulana a ponerte los puntos sobre las íes para disimularlos ella con su lujo, su amante y su vida de plástico debe de ser el colmo de la dureza: la que mantiene al pueblo español en general fiel a su reina no por un sentimiento monárquico, sino por simple sentimiento.

No sé qué ocurriría sin nos preguntaran a los españoles si queremos monarquía o república. Supongo que nadie lo sabe porque nunca se nos ha preguntado, y el simple amago termina siempre a tortazos absurdos porque vivimos en un país donde la simple intención de preguntar incomoda más que cualquiera de las respuestas. Hoy en España parece que preferir la Monarquía te convierte en un ciudadano de derechas, automáticamente, y estar a favor de la República, en un bolivariano. Qué idiotez.

En mi colegio había un retrato de Sus Majestades los Reyes sobre la pizarra. Yo los miraba cuando salía a hacer uno de aquellos ejercicios de mates que no me salían. Recuerdo que miraba la libreta y el maestro me instaba a que la soltara porque para resolver el ejercicio no hacía falta copiar confusamente lo que uno había escrito sin pensar, sino pensar sobre la lógica que el propio ejercicio te iba sugiriendo. Pero lo cierto es que yo me bloqueaba y no veía la lógica por ninguna parte: ni en la libreta, ni en el ejercicio ni en la cara de asombro del maestro con mi torpeza. Recuerdo que entonces alzaba los ojos y los miraba a ellos, tan tiesos, tan jóvenes, tan seguros en su realeza, y alguna vez tuve la tentación de pedirles auxilio como se le pide a un santo. Una de las lecturas la protagonizaba Don Juan Carlos en una gasolinera, donde había parado a repostar y sorprendía al empleado al quitarse brevemente el casco. De la reina nunca leímos nada, pero a mí me infundía más confianza mirarla a ella porque me recordaba a las mujeres a la sombra cálida de mi casa: a mi abuela, a mi madre, resignadas a lo que dispusieran sus maridos. Fuimos una generación criada en la fe de que nuestro rey era muy campechano. Luego nos hicimos mayores, y él también, con sus negocios orientales, sus yernos alegres y sus elefantes en Botsuana.

Ahora, al margen de las posibilidades republicanas que tenga este país, que con la que está cayendo no me importan demasiado, pienso en la próxima reina con la misma conmiseración que pienso en su abuela. Y creo que, como país, merecemos un cambio sustancial en la Constitución, aunque sea de esos que se hacen en un fin de semana, para eliminar ese atávico sinsentido de la inviolabilidad del monarca. Quiero pensar que la vieja reina y su nieta, ya adolescente, están de acuerdo conmigo.



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